¿Para la libertad o para la sumisión?

Cuando estaba terminando mi formación como urbanista en la USB, asistí a un foro en el marco de la semana de la carrera que marcaría mi vida. Los expositores urbanistas en ejercicio, reflexionando sobre su gestión. Una de ellos era María Nuria de Cesaris (@mdecesaris), gran amiga y de las mejores urbanistas que he conocido en todos los tiempos. Ella arrancó su reflexión con la pregunta que orientaba su dinámica de gestión pública: ¿gobernar para la libertad o para la sumisión?

En aquel momento, en el que ser urbanista era equivalente a escribir grandes libracos y dibujar hermosos planos de colores como instrumentos para la ordenación del territorio o la planificación urbana, una pregunta de ese tipo era como un corrientazo que te colocaba en un plano desconocido del ejercicio profesional: la planificación participativa.

Que las personas participaran en planificación urbana, era algo realmente abstracto que difícilmente podría ilustrarse con algún ejercicio realizado en clase y que lucía poco sensato y viable. Afortunadamente, la universidad organizó una visita a Ciudad Guayana, la primera ciudad realmente planificada desde sus inicios en Venezuela, en la que pude ver a María Nuria y el equipo con el que ella trabajaba para la Gobernación del Estado Bolívar y para la Alcaldía de Caroní, en plena acción. Fue algo realmente inspirador y estimulante.

Asistimos a dos tipos de ejercicios de planificación participativa, uno de diseño urbano en Ciudad Bolívar y otro de presupuesto participativo en una parroquia de AlmaCaroní. Si era posible ponernos de acuerdo, técnicos y ciudadanos, en un ejercicio de construcción colectiva sobre el diseño y la distribución de un mercado, si era posible hacerlo sobre la distribución del presupuesto de una parroquia y un municipio, la gestión participativa era factible y era un gran reto para la sociedad. Reto en el que debía existir una convergencia armónica entre intereses, visiones y criterios de ciudadanos, actuando como tales y algunos haciéndolo también como funcionarios y técnicos.

En aquel momento, las instituciones, como reglas del juego establecidas en la Constitución y las leyes, que podía favorecer, impulsar y regular este tipo de ejercicios, eran precarias. Pero la voluntad política de quiénes dirigían la Gobernación y la Alcaldía y también la de las personas que, como María Nuria y su equipo, los organizaban, garantizaban su buen desarrollo y éxito. Eso que en aquel momento, se caía de maduro, no era tan claro a nuestros ojos, como cuando lo vemos en retrospectiva.

De hecho, hoy, 12 años después de tener una Constitución que consagra la democracia participativa como forma de gobierno e institucionaliza la participación ciudadana en todos los momentos de la gestión pública, tal como reza, especialmente en su artículo 62, tenemos más claro que nunca que, la democracia tiene espacios y reglas que dependiendo de cómo sean utilizadas pueden ser efectivamente democráticas o convertirse en antidemocráticas. Cuando la democracia o la participación se convierten en etiquetas, pueden esconder y a veces, solo intentar ocultar torpemente, ejercicios de totalitarismo puro y duro.

Hoy seguimos con instituciones muy precarias para sustentar y regular el desarrollo de una democracia participativa, por lo que tenemos que preguntarnos frente a lo que estamos viviendo en la mayoría de nuestros espacios de ciudadanía: ¿qué pasa cuando un ejercicio de planificación o de gestión participativa, deja se realizarse en un espacio de convergencia de ciudadanos diversos y comienza a realizarse en un espacio escindido y con fuertes pugnas por el poder, se relacionen o no con el tema de debate? Obviamente, se distorsiona el ejercicio. Ya no se tratará de una dinámica de exposiciones y debate de argumentos que permitan la construcción colectiva de una propuesta que conjugue visiones e intereses, sino en un espacio de reagrupación de visiones en torno a intereses específicos, de exposición de las mismas y de conteo para ver cuál se impone sobre la otra.

Sin la institucionalidad necesaria y con ausencia de voluntad política para la construcción a partir de las diferencias, desaparece el diálogo, la construcción colectiva, la convergencia posible y se impone una visión sobre las otras, se hace un ejercicio de poder a mano alzada, o en la intimidad del voto secreto, y una minoría, convertida en mayoría relativa, resulta triunfante.

Sin reglas de juego y voluntad política, un ejercicio con pretensiones de libertad, se convierte en derroche de poder para la sumisión.

¿Cuántos de los eventos político-participativos, de cualquier signo, en este momento en Venezuela, sólo constituyen un derroche de poder para la sumisión?

Creo que tenemos que reflexionar profundamente sobre ello.

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