Nuestro sino: ¿el resentimiento?

“Una existencia sentida como injustamente inferior, trágica, sin salida, termina creando una conciencia que puede ser en todo o en parte y, a veces, grandiosa, racionalización del resentimiento”

Manuel García-Pelayo

¿Cómo pasamos de una sociedad de gente “buena nota” a convertirnos en una pila de resentidos?

Comencé a leer sobre el resentimiento hace algunos años para tratar de entender mejor el material del que, como sociedad, estábamos hechos, porque aunque lo que voy a decir no tenga una acogida muy popular, tenemos que asumir, de una vez por todas, que esa pretendida tolerancia, ese don de gente que nos caracterizaba a los venezolanos, tenía como telón de fondo rasgos de clasismo, racismo y resentimiento que se han exacerbado en las dos últimas décadas. Y no se imaginan como me encantaría decir que se trata de algo que sucede a una parte y no a la mayoría de los venezolanos, pero no puedo, porque de alguna manera y con diversas intensidades, todos tenemos un poco de ello. Creo que es una especie de enfermedad social que padecemos y que reconocerla, aunque nos resulte incómodo, es un paso necesario para poder superarla.

Comenta García-Pelayo(1), que el resentimiento se produce cuando media un acto ofensivo y humillante reiterado ante el cual siempre se inhiben las respuestas o, más allá de un estímulo de esa naturaleza, cuando se siente impotencia para ser de determinada manera o para poseer ciertos valores que se estiman. El acto ofensivo reiterado, o la comparación con otros, producen la necesidad de expresar una emoción, o en su defecto, un impulso de venganza que en ninguno de los dos casos se puede satisfacer por la conciencia de la propia impotencia que termina frenando o inhibiendo la reacción.(2)

Estímulo-reacción interna-impotencia-resentimiento o comparación-reacción interna-impotencia-resentimiento, son dos cadenas de eventos que pueden originar resentimiento como actitud psíquica.

Así es que, si le echamos un vistazo a nuestra historia contemporánea, podemos encontrar, con creces, causas para padecerla, comenzando por la marcada desigualdad y exclusión social que maceramos por décadas y que nos batió en la cara su existencia, de manera contundente, por primera vez, en 1989 el denominado “caracazo”.

Pero, aunque comienzo preguntándome cómo fue que nos convertimos, no es el propósito de estas líneas responder a ello, entre otras cosas porque sería muy extenso y pretencioso hacer aquí una “antología” de causas y razones -para tener una visión al respecto, les sugiero revisar “El libro rojo del resentimiento” escrito por la querida Ruth Capriles y publicado por el Grupo Editorial Random House en el 2008.

No es el cómo llegamos, es precisamente que llegamos, lo que aquí quiero resaltar.

En el fondo de todo resentimiento, hay una relación desigual con el otro, se sobrestima su poder, se subestima o simplemente se desconoce; nos sentimos impotentes, nos creemos mejores o peores que el que es diferente.

En situaciones como la nuestra, cuando los efectos del resentimiento nos han escindido socialmente, podemos pasar de una situación a la contraria con facilidad, podemos ser las víctimas de los reiterados actos ofensivos y al momento, ser quien los causa, así sea de forma aparente. De hecho, dice Scheler que cuando el sentimiento de venganza se afianza, se comienzan a buscar “intensiones ofensivas en todos los actos y manifestaciones posibles de los demás”, esta búsqueda desesperada de razones se expresa en una exagerada susceptibilidad, pero también en una tendencia al autoengaño, al identificar intenciones ofensivas donde no existen, es decir, se comienza a suponer siempre sobre las intenciones y las acciones de los demás. Es la hora de los fantasmas que nos impiden ver al otro como es, valorar en justa medida sus acciones y entrar en un franco diálogo constructivo.

Sin darnos cuenta, o sin querer asumirlo, en el afán de hacernos visibles ante el otro, estamos alimentando una idea de inclusión basada en su desconocimiento, en abrir un espacio para expresarnos y para poner nuestros sueños sobre la mesa, en contraposición a la expresión y los sueños del otro, cerrando, en consecuencia, su espacio y poniendo de lado sus sueños.

¿Cuántos de nosotros, opositores u oficialistas, pensamos que el otro, el que piensa diferente, es sincero en sus planteamientos y puede tener argumentos válidos y de peso? ¿Cuántos nos interesamos por conocer el sueño de país de los otros y estamos dispuestos a poner de lado parte de nuestro sueño para poder construir uno en conjunto con ellos? ¿Cuántos de los que se autodenominan ni-ni están desencantados porque ninguno los convence o “representa” sus sueños, en lugar de sentarse con los otros a identificar coincidencias que sirvan de punto de partida para una construcción del sueño posible entre todos? Esto sin entrar en las descalificaciones y menosprecios, hechos de forma pública o en la intimidad, que definen nuestra apreciación sobre el otro y que en muchos casos cuestionan hasta su derecho a participar en la toma de decisiones política como si el grado de instrucción o la extracción socioeconómica, de todos los signos, los invalidara, por alguna razón, como ciudadanos.

¿Y es que todavía no hemos aprendido que la pretensión de inclusión desde el resentimiento sólo conduce a una mayor exclusión?

La coexistencia del afianzamiento de la identidad y el reconocimiento del otro, de la unidad y la diversidad están en la esencia de la cultura democrática que, al decir de Touraine, se forma a partir de un debate entre elementos que no pueden prescindir el uno del otro. Es por eso que “la cultura democrática no puede existir sin una reconstrucción del espacio político y sin un retorno al debate político”(3). En ese retorno al debate político no podemos apuntalar sólo las diferencias o las coincidencias, porque ambas nos definen, ya que nos definimos en relación con el otro, y la unidad sólo es posible a partir del reconocimiento y de la asimilación de la diversidad, el reconocimiento de los elementos que nos hacen peculiares, que determinan nuestra identidad y que dialogan con la aceptación y la relación con la identidad del otro. De ello depende que no estemos condenados a luchar por imponernos los unos a los otros, a re-editar mecanismos de exclusión, a re-crear causas y convertir en nuestro sino al resentimiento.

___

(1)    En sus notas introductorias al texto de Scheler sobre el resentimiento

(2)    Max Scheler en su texto “Sobre el Resentimiento”, publicado por la Fundación Manuel García-Pelayo en la Colección “Cuadernos de la Fundación” (Número 9, Caracas, 2004)

(3)  Alain Touraine

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13 comentarios en “Nuestro sino: ¿el resentimiento?

  1. Muy bueno tu articulo, y estoy de acuerdo en el planteamiento, y me he preguntado muchas veces si mucho de nuestro resentimiento no empieza porque queremos culpar a los demás de nuestras desgracias, porque es mas fácil que asumir que somos responsables de nuestra vida.

    Te felicito por lo que escribes, siempre te he admirado por tu nivel intelectual. Con tu permiso, voy a enviárselo a algunos amigos que no están en esta red.

    Saludos

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    1. Estimada María, muchas gracias por tu comentario y por tus palabras.

      En efecto, algunas personas, como Angel Oropeza (a quién puedes seguir en twitter como @AngelOropeza182) han reflexionado sobre ese comportamiento. En “Radiografía psicológica de la sumisión política : el fenómeno Venezuela”, publicado por El Nacional en 2007, puedes leer su punto de vista al respecto.

      Muchas gracias nuevamente y con todo gusto compártelo con tus amigos.

      Tamaragua
      Olga Ramos

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      1. Convengo no se puede atacar el antagonismo generado por el resentimiento en nuestra sociedad, -exarcebado con fines políticos e insanos por personajes carentes de moral y de escrúpulos- para lograr la inclusión, llamando a integrarnos si no se buscan, analizan y aclaran la causas originales y añadidas de dicho resentimiento.
        Creo es tarea de la Comisión especializada en Psicología Social y de Propaganda de la MUD descifrar este tema y producir un mensaje inmediato, positivo, que logre un sentimiento de paz interna en el resentido y un deseo de superación y de inclusión en aras de un país que produzca bienestar espiritual y material a todos, sin exclusiones, en el entendido que en el pasado se cometieron muchos errores que habrán de rectificarse en lo sucesivo.

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      2. Muchas gracias por tu mensaje Jon! Coincido contigo, pero creo que hay una dimensión muy personal en este proceso que nos toca trabajar a cada uno de nosotros. Sin ello, el efecto de cualquier mensaje sólo será superficial.
        Un abrazo
        Tamaragua
        Olga Ramos

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  2. Querida Olga
    Tan acertado tu discurso como siempre.
    “UBUNTU” yo soy porque tu eres, tal como señalas cada uno de nosotros es porque el otro nos reconoce como igual. En el valor del respeto y la tolerancia podremos reencontrarnos.
    Me permites colocarlo en mi blog?
    Maricarmen

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  3. Apreciada amiga…
    Recibe mis saludos y agradecimiento por compartir tus pensamientos y permitirnos “usarte” para hacer catarsis…
    Para empezar me llamó la atención, me impactó, el fondo negro de tu página… ¿Tiene alguna connotación con TU apreciación de que la inmensa mayoría somos “resentidos”?
    Por otro lado, me parece que alguien con “Una existencia sentida como injustamente inferior, trágica, sin salida…” termina mas temprano que tarde en el cementerio o en el mejor de los casos preso. Bien sea por suicidio u homicidio… ¿Será esa una razón de la sobrepoblación carceleraria? En todo caso, la inmensa mayoría estamos, por ahora, fuera de la cárcel…
    Me uno a tu llamado a la COMPRENSIÓN del otro… Esa es una de las razones por la cual el término “tolerancia” esta dejando de ser usado por los organismos internacionales como la UNESCO.
    TOLERANCIA está asociado a “soportarte aunque yo tengo la razón y esté en desacuerdo contigo…”. En la comprensión hay algo más de “voy a ver en que coincidimos, y en lo que haya discrepancia determinar empáticamente como abordarlo”.
    ¿La solución? ¡Liderizar cambios positivos en la Justicia (como equidad, más que igualdad) y en la Educación (ética y social más que académica y escolar)!.
    Te invito a ti y a tus lectores a disfrutar y transferir a nuestra realidad la conferencia ¿Qué es educar? de Victoria Camps Cervera: http://youtu.be/hAzCcGVegVg. Nos ayuda a entender el papel ejemplar del docente, la familia y los políticos.
    Te reitero mis palabras de aprecio y agradecimiento…
    Un beso,
    Jorge Luis Bolívar

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    1. Estimado Jorge,

      Muchas gracias por tus comentarios y tus palabras de aprecio y agradecimiento, aunque eso de “usarme para hacer catarsis” no sé si me encanta! jajajajaaaaaa!

      El fondo negro de la página es el de la plantilla utilizada en el blog desde el principio y en nada se relaciona con el contenido de este post, aunque sí tiene un sentido estético y óptico (se lee mejor sobre fondo oscuro)

      Hay mucha gente que tiene una “existencia sentida como injustamente inferior, trágica, sin salida…”, vive en nuestro país y compartimos con ellos permanentemente. No siempre terminan en el cementerio o presos, eso supone una valoración previa que no creo que sea posible generalizar y por otra parte, ignorarlos, como hemos hecho, como país, en buena parte durante mucho tiempo, sólo afianza su exclusión y profundiza su impotencia.

      Sin embargo, creo que concuerdo contigo en que hay una inversión de valores que engrosa la población carcelaria.

      También concordamos con lo nociva de esa visión de la tolerancia que menosprecia al otro y que sólo deja como opción la “solidaridad” por la incapacidad de construir o identificar objetivos comunes o que nos beneficien realmente a todos. Mi bienestar depende del tuyo, no es precisamente una máxima que oriente el análisis de nuestros objetivos.

      Muchísimas gracias por compartir ese enlace con la conferencia de Victoria. Ella es una importante referencia en el sector a la que he seguido desde los 90’s. Lástima que no coincidí con la conferencia en Valencia, porque me hubiese encantado conversar largo con ella. Y te reitero profundamente mi agradecimiento por tu comentario y por iniciar este intercambio que me resulta muy interesante.

      Un beso también para ti

      Tamaragua
      Olga Ramos

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    1. Mi queridísima Chelita, un honor para mi que hayas leído el post y que ofrezcas enviarme tu material. Ahora mismo te envío un correo desde mi cuenta para que puedas enviármelo por mail.
      Un gran abrazo también para ti
      Tamaragua
      Olga Ramos

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      1. A continuación les copio las palabras de Graciela Soriano en el bautizo del Libro Rojo del Resentimiento.

        Presentación de Capriles, Ruth, El libro rojo del resentimiento (Caracas, Random Mondadori, 2009)

        Buenas noches.
        Al tiempo que Ruth tenía la deferencia de pedirme que hiciera la presentación de este libro que hoy nos congrega, escribía su dedicatoria en un ejemplar del mismo en estos términos: “Para Graciela, iniciadora de ésta y otras pesquisas comunes…” Acierta a medias con respecto a “otras pesquisas”. En efecto, cuando caminábamos hombro a hombro tras la búsqueda de los significados y usos de “lo público y lo privado” en aquel inolvidable seminario del mismo nombre que en 1996 nos valió a todos el premio nacional de investigación, nos iniciábamos mutuamente y –por ello- con mayor provecho. Esa afirmación suya como dedicatoria me halaga, pero quiero aclarar que más que iniciadora he sido más bien provocadora o incitadora, que es otra cosa. Aunque dudo que a Ruth haya que provocarla o incitarla mucho para pensar profunda y seriamente en temas espinosos como éste del “resentimiento” que hoy acomete con brío en la circunstancia actual de Venezuela. Pudo más bien iniciarla Manuel García-Pelayo con sus “Notas sobre el resentimiento en su dimensión psico-política” que rescaté inédito para publicarlo en 2004 como “preámbulo” al capítulo I de El Resentimiento en la moral de Scheler en el Cuaderno 9 de la Fundación. Lo que Ruth hace en esta ocasión es, pues, de su entera iniciativa, pero sobre todo, de sus invariables curiosidad intelectual, arrojo y responsabilidad ciudadana. Como expresa Axel Capriles, su prologuista y hermano, “asume el reto sin disimulo”…”con estilo directo, litigioso y franco” y, sobre todo –añado- con la suficiente amplitud de miras para que el panorama bajo enfoque se perciba, no desde un solo lado de la escena sino en toda su amplitud, su magnitud y rudeza.

        Por eso inicio esta presentación destacando que el primer mérito del libro estriba en que ha centrado su atención en una herida abierta de la existencia atormentada del país, mostrando una ruta explicativa de la Historia reciente de Venezuela desde perspectivas psico-sociales inéditas. Ha sacado a esta historia de la zanja de corto fondo y angustiante inmediatez vivida en tiempo real on line alrededor del militar megalómano obsesivo, “neo-dictador”, “déspota electivo”, líder o como se le quiera llamar, para tomar conciencia de la necesidad de examinar los hechos a la luz de criterios que apuntan, ya no al gobernante, sino al otro término del problema, la sociedad, es decir, al heterogéneo y complejo colectivo de perfiles imprecisos –aunque no se crea- aún poco estudiado en cuyo seno se produce la tragedia. Lo que digo permite constatar que la autora ha caído en la cuenta de que, como señalaba muy bien Carl Schmitt en sus sólidas y profundas conceptualizaciones sobre La dictadura, y Georges Hallgarten en el valioso inventario recogido en su Histoire des Dictatures, para que fenómenos y experiencias como los que hemos vivido y seguimos viviendo tengan lugar es preciso, es más, ineludible la consideración de los dos términos del problema que, dialécticamente relacionados configuran politológicamente al fenómeno. De un lado, el gobernante, de otro, la circunstancia, o como diría Carl Schmitt, “la situación de las cosas” que no radica en ninguna otra parte que en el contexto social que la genera y define. Si recordamos que el resentimiento (objeto de la reflexión de Ruth) emerge sólo o preferentemente- en contextos sociales en los que anidan y se fortalecen desigualdades y diferencias suficientes para generarlo y mantenerlo en un clima propicio, es obligado preguntarse cómo pueden superarse sus implicaciones, tan difíciles de conjurar y asimilar. Así vistas las cosas es claro que para cancelarlo hay que conocer bien las condiciones sociales que generan su existencia para poder diagnosticarlas y transformarlas eficiente y positivamente. El problema radica en que, por lo general muchas cosas se dan por sabidas y no se cuenta con una posición serena y razonable frente a la situación. Se resuelven pensando que en la medida de la intensidad con que el impetus histórico de alguno de los dos términos prive o se desate, tenderá a imponerse uno u otro en el proceso. Así resultará alguna de las dos posibilidades: o bien que sea la irrupción de la desproporcionada voluntad del “hombre político” individual la que se imponga e instale la autocracia “personalista”, o bien que sean las circunstancias las que se impongan para consolidar el impulso hacia el objetivo colectivo compartido en beneficio (en los tiempos que corren) del interés social de todos. En todos los tiempos y por razones sociales análogas son generalmente circunstancias de desorden y desarticulación social las que provocan situaciones de este tipo en la vida de las sociedades. Por lo regular, desde los tiranos griegos del s. VI aC hasta la actualidad, se ha creído que con la irrupción de poderes personales, -únicos capaces de cancelar o de atajar la anomia y el desorden en tales situaciones- es posible reorientar el rumbo perdido de las cosas en beneficio de la recuperación del vivere politico. Pero la explicación de “la situación de las cosas” en la circunstancia venezolana de los últimos tiempos no resulta tan fácil de explicitar ni resolver porque la relación dialéctica entre la sociedad y el gobernante es muy compleja. Sería retadora para Schmitt no menos que para Hallgarten porque, de un lado, ese “desatarse” de los términos que aún perdura ha sido muy complejo y, curiosamente, no ha derivado –con la presencia de un poder personal fuerte- hacia la cancelación o atajo del desorden y la reorientación del vivere politico, sino que -por el contrario- pudiera decirse que al revés, quizá más bien lo ha fomentado y mantenido deliberadamente de modo dolorosa y aparentemente inexplicable. Y aquí es que cobra más importancia el esfuerzo de Ruth, siempre que no se lo mire superficialmente como una simple posición “opositora” en el sentido vulgar de simple “enfrentamiento al régimen”. Se trata, en rigor, de un esfuerzo serio y preocupado por entender, explicar y atender la complicadísima y contradictoria actualidad de Venezuela. Y tanto más importante su esfuerzo cuando se está convencido de que sólo después de precisar, definir, categorizar lo sucedido a la luz de los términos del problema podrá estarse en condiciones de encontrar una salida democrática razonable y perdurable a la terrible circunstancia de los últimos años y de hoy.

        La pesquisa de Ruth se encamina por el campo de la psicología social, y se centra en la observación y examen de una emoción con posibilidad de manifestarse individualmente en cualquier sujeto histórico que experimente o sienta las condiciones de exclusión y subestimación alimentadas en algún desajuste social no superado (coinciden Scheler, García–Pelayo, Marañón, Weber, todos sobre el terrible telón de fondo de Nietszche) Lo grave del problema está en que no es lo mismo que esa emoción sentida como subestimación, inferioridad o exclusión con consecuencias para la personalidad individual y subsidiariamente para la sociedad, se produzca en un individuo común y corriente en el ámbito cotidiano de su vida privada, o se produzca en otro con posiciones públicas relevantes y posibilidades de transferir su propia emoción con toda gravedad a la esfera pública. Como expresa García-Pelayo: es muy distinto que el resentimiento se produzca en Cayo o Ticio, ciudadanos romanos del común, a que se produzca en Tiberio o en Diocleciano hijo adoptivo de Augusto el primero, y cabeza y encarnación del Bajo Imperio el segundo. O, situándonos en contextos actuales diversos, que se produzca en Juan Bimba o en Liborio, a que se produzca en el Presidente de la República o en el Comandante del 26 de julio. Cuando el resentimiento anida y crece en una figura potencial o actualmente importante de la esfera pública, la irradiación y efectos del resentimiento lo invaden todo y lo generalizan en el espectro social hasta afectar incluso a los sectores contrarios y a los que se creían inmunes. Todos terminan enfrentados, terminamos siendo resentidos todos, sintiendo odio, ira,, rabia, ya no quizá frente al otro, sino frente a las situaciones objetivas, la inseguridad, el abuso, la injusticia frente a quienes la propician con lo que la enfermedad se extiende así, a la sociedad entera. Y es allí donde se define la ruta que sigue la reflexión de la autora, para llevarla al examen de la presencia del resentimiento, no sólo en el hombre individual, sino, en la medida en que el ámbito de la acción del político se da en lo público, en todo el espectro social. Así, al poner el foco en uno de los términos, a todas luces demasiado poco estudiado y suficientemente impreciso para lo que merece por las ciencias sociales en general o por la historiografía en particular, Ruth –sin decirlo ni proponérselo- invita, incita o reta a historiadores y sociólogos a ocuparnos del examen del problema. Por eso señala la importancia de prestar atención a la contrapartida del gobernante es decir, a la sociedad contagiada por el líder, enferma e inerme frente a él, protagonista inconforme del desarrollo histórico contemporáneo del país. Dado el curso que han tomado las cosas, añadiría yo que de América, donde condiciones análogas aunque peculiares están provocando situaciones y reacciones latentes desde que Simón Rodríguez escribiera sus inefables enigmas tipográficos e hicieran luego cavilar a Sarmiento en 1883 en los términos de sus Conflictos y armonías de las razas en América. Porque el problema no sólo ha estado incoado en la sociedad, venezolana, sino –como parecen revelar hechos recientes- en las del resto de América. Campo propicio para acoger la agitación événementielle o episódica de los acontecimientos de los últimos años a los que Ruth busca desde Venezuela una acertada explicación contextual. ¿Cómo fue posible que en una sociedad relativamente amable como la venezolana, con diferencias efectivas pero con pacíficos hábitos transacionales; sin acusadas distancias sociales y con rodaje y hábito democrático de cuatro décadas que parecía blindado en las mentalidades, ocurriera tan descarnadamente lo que vemos?

        Para responder a este interrogante, la autora reflexiona, en términos de historia episódica, bien para mostrar en la crónica las expresiones individuales del resentimiento del gobernante, pasando a su repercusión social en las sucesivas etapas del “proceso”, o bien para hacer relación reciente y contemporánea de sucesos que, en la medida en que se han producido en el ámbito público constituyen el drama de una Historia que, al haberse afectado al cuerpo social entero, ha signado la existencia venezolana de los últimos tiempos.

        La caracterización del resentimiento tras cuyo rastro va Ruth, lo concibe como una enfermedad incurable cuyos síntomas se muestran en los individuos de todos los tiempos y todas las culturas como sentimientos de inferioridad, exclusión y rechazo no menos que con los de la impotencia que les es afín. La emoción individual reprimida, entendida por Scheler como “autointoxicación psíquica” se va revelando y se instala, cual enfermedad incurable que, al incubarse y crecer en diferentes sujetos, llega a convertirse en una pasión colectiva, fuerza política que como diría Nietszche afecta a comunidades enteras y se impone con la fuerza que mueve a la “rebelión de los esclavos” tanto como a las valoraciones éticas y relaciones más estables de poder.

        El resentimiento en Venezuela merece dos capítulos enteros del libro cuyo descubrimiento no quiero arrebatarle al lector. Sí destacaría, a los fines de esta presentación y en la medida en que son claves para la explicación y comprensión del problema, la importancia que la autora concede a las orientaciones valorativas de los venezolanos, según se trate de orientarse preferentemente hacia/ y por/ la libertad o hacia/ y por/ la igualdad. En este último caso (el de la igualdad) son más obvias –por la carga de agravio comparativo que conllevan- las razones susceptibles de provocar la emoción y mover a la acción al resentido. De otra parte, destaca la importancia que en el despliegue de todo este fenómeno ha tenido y sigue teniendo la “manipulación simbólica”. Personalmente tengo la convicción de que esta “manipulación simbólica” no ha sido espontánea ni inocentemente improvisada. Si no se ha provocado deliberadamente, se la ha alimentado para generar o fomentar situaciones favorables a los objetivos “revolucionarios” deseados. Una representación aparentemente espontánea tal vez solapa un guión estratégicamente elaborado, calculado y preparado de antemano. Un proyecto concebido en sus líneas generales dejando espacio a la actualización de la estrategia del “según vaya viniendo, iremos viendo” se convierte en el arma decisiva, en manos de un “improvisador” incansable y genial conduciendo a la situación de desinstitucionalización, desastre, anomia, disparate y caos en que hoy nos encontramos. Y así se infiere de la pura observación ingenua pero astuta de lo sucedido en Venezuela, que eso no ha sido obra de un resentido ni de muchos que no hubieran estado sostenidos por una plataforma ideológica, estratégica y mediática hábilmente dispuesta y diseñada de antemano.

        Resentimientos aparte o resentimientos incluidos (y ya esto no constituye objeto de la reflexión de Ruth aunque ella resulte indispensable para el cometido), el examen meticuloso de lo que los promotores y protagonistas de los hechos han dado por llamar “el proceso” muestra las líneas de un plan de destrucción indetenible e invariable –que aún vemos “en pleno desarrollo”-, como dice un cronista oficial. Imaginado y calculado, revela la influencia de todas las teorías de la acción revolucionaria que, -acuñadas durante el siglo XX y no menos inspiradas en su momento por el resentimiento- están tras la estrategia y las tácticas instrumentadas que mueven hacia el objetivo del “reino feliz de los tiempos finales” del “socialismo del siglo XXI”. Fenómenos que ingenuamente se han considerado cotidianos en el suceder no han tenido un origen espontáneo en esta farsa de la realidad que ha presidido la Constitución de 1999 y que –con todo y violaciones- es hoy el único asidero del alma democrática. Hemos vivido –y seguimos viviendo- .sin saberlo ni quererlo en una realidad forjada. Cuando se la observa con atención, salta a la vista la intención y el guión que la delata, que incluye la provocación de situaciones ya denunciadas por Hannah Arendt como la proliferación de issues, la cascada indetenible de escándalos, la distorsión de la realidad, la instrumentalización del lenguaje, etc que no pasan despercibidos a los ojos de Ruth, quien lo registra oportunamente en su desarrollo del tema. En la medida en que han sido tácticas sostenidas y reiteradas, vale la pena destacar con la autora algunas constantemente usadas por todos los protagonistas del “proceso”: la manipulación del adversario con técnicas como la “reversión del discurso”, y el uso constante de la manipulación de “lo inverosímil” frente al adversario han constituido instrumentos útiles para el logro del cometido.

        Pensando obsesivamente en Venezuela, al leer a Ruth no me he podido desprender de la sombra intangible de una culpa imprecisa debida a una suerte de irresponsabilidad histórica, y de la necesidad de una expiación nacional colectiva. Tal vez fuera esa culpa difusa la que desató el resentimiento en toda la sociedad y la que ha provocado la necesidad de la expiación. Pero una vez pasada la crisis “revolucionaria” cierta o provocada, auténtica o ficticia, (pienso en la analogía patológica desde la que Crane Brinton reflexiona sobre la revolución) lo mismo da, porque sus consecuencias han sido igualmente dolorosas y graves. Pasados así la fiebre y el delirio, la recuperación de la conciencia en la convalecencia nacional que es de esperarse también exige una expiación; una expiación eficaz con buen auxilio terapéutico. Afortunadamente las manifestaciones del alma nacional no siempre han sido tan trágicamente perniciosas y la sociedad posee recursos invalorables a los cuales recurrir en cualquier propuesta de sanación. El humor, la música, el baile, el deporte, la fuerza espiritual, las reservas de orden cultural en las artes plásticas y escénicas son denominadores comunes en una sociedad de temperamento libre, capaz de ser sanamente tolerante y cercana. Afortunadamente creo que existe en cada uno y todos la fortaleza intuitiva que busca –sin saberlo quizá- la redención social en esas expresiones espontáneas del temperamento nacional en todos los estratos. Su ejercicio deliberado y voluntario como camino de sanación que sigue a la expiación, podrá llevar a la necesaria redención del alma nacional. Y cuando lo digo pienso en afirmaciones que yo misma he suscrito, cuando pensaba que este era un país “desalmado”, sin alma. Ello así, porque no se manifestaba la presencia de la memoria, del entendimiento y de la voluntad. ¿Y qué son estos tres componentes? San Agustín los conceptuó en su momento como “facultades del alma”. Pues, al cabo de tantos siglos y tanta agitación nacional reciente, el shock del “proceso” ha tocado el alma para que las tres facultades, ya activadas, permitan la sanación de esta sociedad y de otras que hubieran sido azotadas en este hemisferio por el mismo mal.

        A Ruth y a todos, muchas gracias.

        Graciela Soriano

        Caracas, 9 de julio de 2009.

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