Perdida y postrada: la reina del desamor

Preludio

Una de las cosas que me apasiona del teatro es la proximidad de la historia, esa sensación de que si estiras la mano, puedes tocar una vida, un relato, una anécdota. Una vez en la sala, apuesto porque lo que allí suceda, en respuesta a mis pretensiones, estire la mano, toque mi alma, e independientemente de las emociones que me arranque, me estremezca, me deje pensando, afecte mi vida.

Ir al teatro, como un gran amor o como una buena conversa, carece de sentido si no desata la magia de cambiarme algo, una apreciación, una vivencia, una interpretación, una óptica, algo que contribuya a enriquecer, a transformar mi vida.

Otra de las cosas que me apasiona del teatro, del buen teatro, es poder estar frente a frente con el personaje. Y esto puede parecer sutil, extraño o hasta redundante, pero es con el personaje, no con un actor interpretándolo, por muy bien que parezca que lo haga, sino con el personaje, ese que emerge cuando el actor se desvanece para traspasar el umbral y entrar a escena. Obviamente, cuanto mejor construido esté el personaje, mayor verosimilitud le da a la historia y a su presencia en escena. Pero sólo si se produce el desvanecimiento del uno por la emergencia del otro, puedo tenerlo frente a frente y dialogar con él.

Es por ello que anoche, pude hablar con La Lupe.

De la Lupe tenía recuerdos vagos por haberla visto en mi infancia en alguna edición del Show de Renny o de Renny Presenta, por un par de anécdotas de su vida que leí algún momento, cuando trataba de conocer el espíritu detrás de la voz impactante y estilo irreverente de una cantante cubana que lograba conmoverme con sus canciones. Y no tan vagos de las canciones que me atraparon y que me han acompañado en muchos momentos en la vida.

Esos recuerdos, que me encantan los musicales, mi pasión por el teatro y mi gusto por un desgarrador bolero, me llevaron al Trasnocho a ver La Lupe. La reina del desamor un musical dirigido por Gabriel Díaz con Mariaca Sempún como La Lupe.

Una vez en la sala

La magia se asoma desde la atmósfera que la música comienza a construir en el preludio, se perfila en la delicada iluminación que la acompaña, se cuela entre los detalles esculpidos en la escenografía, pero estalla en todo su apogeo, cuando irrumpe la Yi Yi Yi.

(Y me perdonan que reitere, pero yo fui a ver una obra con Mariaca Sempún y por más que me esforcé y busqué, no logré encontrarla en escena, no era su energía sino la de Guadalupe Victoria la que atravesaba el escenario, no era su voz, sino la de la Lupe la que se escuchaba cantando. Todo mi respeto y admiración por Gabriel Díaz, su equipo de producción y los músicos, que fueron parte determinante de la calidad de la obra, pero especialmente, a Mariaca, quién fue la artífice del mágico milagro que separa “teatro” de “Buen Teatro”. Por ello, mil gracias.)

Perdida y postrada

Mi encuentro con Guadalupe estuvo signado por una mezcla de euforia y nostalgia. Desde su entrada, la podía ver como una maraña de frescura, inocencia y terquedad, mezclada con una combinación de empeño, determinación y esperanza, pero descansando sobre una cama de dificultades, rabia, rechazo y desesperanza. Ese entramado de adjetivos que definían su personalidad, se manifestaban con diversas intensidades a lo largo de su vida, dando lugar a arreglos de personalidad tan distantes como congruentes.

Sin embargo, era la conexión con la nostalgia como telón de fondo de su vida y de la obra, lo que me tenía atrapada.

Creo que esa conexión con la nostalgia que emanaba de la historia de la Lupe, nos tocó a todos los presentes, como señalaba Meña en la silenciosa conversa que tuvimos en el intermedio.

Por momentos, que incluyeron los transcurridos en Trasnocho terminada la obra, pensé que se derivaba de las sutiles alusiones políticas que el autor dejó caer al momento de narrar el destierro de la Lupe de Cuba y su visita a Venezuela, del riesgo de pasar por algo similar a lo vivido en Cuba o a no recuperar el espíritu y la dinámica democrática y libertaria que era cotidiana de Venezuela, incluso de la alusión al desarraigo, que recorre toda la obra.

No, no era eso, ni tampoco el crescendo sostenuto de tragedia y decadencia que se apoderaba de su vida, haciéndole perder un pretendido control que, obviamente, nunca tuvo nadie, ni la propia Lupe, sobre ella.

No, fue algo que entendí mientras manejaba camino a casa:

La inevitable sensación de estar mirándonos en un espejo, el desagradable paralelismo entre la decadencia de su vida y la de la vida de la adolescente Venezuela.

Y es que todos admiramos el espíritu libertario e indomable de la Lupe, pero ese, desde la euforia juvenil con la que asumía su vida, su pasión por el canto y la forma en que manejaba, o mejor dicho, se dejaba llevar por sus impulsos, siempre estuvo acompañado por su empeño en apalancarse en el afecto de otros, por su incapacidad para vivir la vida con mesura, para no dejarse llevar por su ego y su petulancia, para no reconocer lo decisivo del apoyo de algunos y el valor de las oportunidades que le brindó la vida, para asimilar la vida y las consecuencias de la fama.

Esa mezcla de cosas, que era explosiva por naturaleza, expresaba su desarraigo, pero no sólo el desarraigo por el destierro al que fue sometida en Cuba, o el que se derivó del constante transitar por nuevas tierras. En su caso, a ese lo profundizaba el desarraigo de sí, esa incapacidad de buscarse y encontrarse, de apalancarse en el Yo para relacionarse con el mundo.

Ese desarraigo, esa desconexión con el propio espíritu, le facilitaron su tránsito por el alcohol, las drogas y los cultos, en los que, sin éxito, intentaba rescatar y dar sentido a lo que pasaba en su vida.

En nuestro caso, el desarraigo se profundiza con la escisión de ser expresiones contradictorias de nuestro arreglo de “personalidad” a la vez. De ser simultáneamente lo que más odiamos y lo que más amamos, lo que admiramos y repudiamos, todo vibrando en diversas frecuencias, pero encerrado el mismo territorio.

Compartimos con la Lupe la pasión desmesurada y efervescente con la que transitamos por la vida, el empeño en poner en manos de otros la responsabilidad sobre lo que nos sucede, la incapacidad para conectarnos entre nosotros y con nuestra esencia, para tomar pausa, procesar y cambiar.

Nos mantenemos embistiendo el espejo en el que nos reflejamos, culpándolo por las heridas que nos producimos al estrellarnos y en cada caída, asiéndonos a esperanzas externas que, como por arte de magia, nos resolverán el problema, mientras, sólo rodamos más.

Al llegar a casa, pasé parte de la noche escribiendo, revelando unas fotos y preguntándome si seremos capaces de encontrarnos, levantarnos y revertir esta rodada, o si nuestra vida terminará como la de la Lupe sumida en la pobreza, la tristeza y la nostalgia de lo que se fue y por no haber podido desarrollar todo nuestro potencial.

Aquí les dejo este espejo:

La Lupe, la reina del desamor

 

(*) La fotografía captura una escena de “La Lupe. La reina del desamor” que se está presentando hasta finales de febrero en el Teatro Trasnocho, en Paseo Las Mercedes,  Caracas.

 

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2 comentarios en “Perdida y postrada: la reina del desamor

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