Frente a la provocación como política de Estado, hay que tomar partido

El país se ha convertido en una avalancha de noticias, desde hace 17 años.

La estrategia

Sí, no se trata de una novedad de este momento. Recuerdo que cuando todo ésto comenzaba, lo señalábamos en los análisis que hacíamos en la Red de Veedores, como parte de la estrategia del gobierno para disipar fuerzas, dispersar las iniciativas de organización y protesta y, en consecuencia, debilitar todo esfuerzo por articular grupos que hicieran oposición al modelo que trataba de instalarse desde el gobierno.

Sin embargo, ahora, la sensación de bombardeo, con la consecuente asfixia asociada, es más fuerte. Todos nos sentimos más agobiados, porque las noticias se tornan cada vez más espantosas y dolorosas, por el efecto acumulativo que nos indica que no se trata de hechos fortuitos y pasajeros, sino que forman parte de nuestra cotidianidad; y también porque nos llegan mucho más cerca o nos tocan directamente.

Las reacciones

La desesperación lleva a algunos a paralizarse y deprimirse, mientras que otros se aferran a sus creencias y rezan; a otros les da por solo quejarse y también están los que les da por reaccionar peleándose con todo el mundo, así como los que deciden convertirse en jueces y sólo se enfocan en buscar culpables; por otra parte, encontramos a los que deprimidos o no, buscan nuevas opciones de vida y emigran, y los que, por el contrario, deciden quedarse; algunos se organizan para para actuar, mientras que otros actúan sin organizarse; pero también nos encontramos con aquellos que no se dejan llevar por la desesperación y se enfocan en construir, aunque entre ellos están los que lo hacen sólo para garantizar su bienestar, los que lo hacen poniendo el énfasis en el bienestar colectivo y también los que combinan ambos en su empeño.

Seguramente quien lea, podrá identificar su estado de ánimo y tipo de acción, entre estas categorías y reconocer en ellas las de muchas personas de su entorno. Incluso, podrán sentir que se identifican a veces con una y otras veces con otras, pero todos nos podemos sentir retratados en este rompecabezas de emociones y acciones en que se ha convertido actualmente Venezuela.

La estrategia y sus tácticas

Pero más allá de la categoría con la que cada quién se identifique, lo importante es entender que el bombardeo de temas de agenda, de noticias y de asuntos, es una estrategia política con la que hemos convivido durante 17 años y con la que aún, no hemos podido lidiar exitosamente, a pesar de algunos esfuerzos -así sea de una parte del liderazgo y a veces puntuales-, por enfocarnos en fijar y mantener un abanico específico de temas de agenda y una ruta de trabajo.

Pero dentro de esa estrategia, hay varias tácticas. Una es la mentira, el falseamiento de la realidad para hacer creer que los reclamos del otro son sin fundamento. Otra táctica es banalización de temas y situaciones, intentando hacerlos, para los que no son críticos o los desconocen, irrelevantes y lograr así el mismo efecto. Una tercera es el amedrentamiento que está dirigido a demostrar poderío, mientras se trata de generar temor y en consecuencia impotencia. Y una cuarta, es el ataque directo que también está dirigido a demostrar poderío, abusando de mecanismos legales o modificándolos para justificar la acción, con lo que además, de generar indefensión en la población, se construye una institucionalidad paralela que permite y justifica acciones y abuso de poder posteriores.

A veces las acciones son directas y frontales, pero otras, se realizan desde el mundo de la contrainformación, en forma de rumor.

Todas ellas constituyen formas de provocación que tienen como propósitos: sacar de foco al otro, convertir respuestas políticas en emocionales, generar miedo e indefensión, a la vez que ganar espacio en control y reconstrucción institucional.

¿Por qué sigue siendo exitosa?

Pero esta estrategia sigue siendo exitosa, en nuestro caso, por un par de características de la ciudadanía y el liderazgo, que aún están demasiado extendidas y que nos hacen una sociedad poco madura cívica y políticamente.

La primera de ellas es la tendencia a aferrarse a un salvador como única forma de mantener la esperanza de cambio. Esta tendencia es una de las formas en las que se manifiesta el locus de control externo. En nuestro caso, por salvador se debe entender a una variedad de figuras que incluyen las religiosas.

En efecto, ante la adversidad política, algunos apuestan por la intervención de Dios y la Virgen, en el mejor de los casos encarnada en líderes de la iglesia que incluyen al Papa; otros encarnan su esperanza en un líder político específico -aunque en la mayoría de los casos no tengan idea de sus propuestas políticas-, o en la figura popular de turno que, aunque no pertenezca al ámbito político, consideran que pudiera salvarnos; otros siguen esperando que los militares –preferiblemente “institucionales”- aparezcan; y otros le asignan ese poder superior a instancias como la Asamblea Nacional o a mecanismos como la Carta Democrática.

La otra característica, es la manía de poner la reconstrucción del país en “stand by” y en panorámica, como si en lo que nos hemos convertido como país, no fuera nuestro reflejo como personas y producto de la dinámica de nuestras acciones y omisiones, de nuestra conducta ciudadana cotidiana, la de todos, todos los días, por lo que pareciera que estamos esperando que las cosas cambien, para que llegue el momento de reconstruir al país, donde sí vamos a participar.

Cuando Venezuela cambie, por ejemplo:

  • dejaremos de mirar con asco y menosprecio a la gente que no nos gusta porque es pobre o rica o porque tiene costumbres diferentes, por tanto, se acabará el resentimiento como forma de relación entre los venezolanos;
  • dejaremos de ver como enemigo al que piensa diferente y ante un espacio de debate, en lugar de pelear sin escuchar, trataremos de escucharnos e identificando los naturales desacuerdos, construiremos en común a partir de los acuerdos;
  • dejaremos de desconfiar del otro porque consideraremos que todos los intereses, salvo que violen los derechos humanos, son legítimos y que el arte de la convivencia y de la política, está en lograr construir acuerdos incluyéndolos;
  • dejaremos de comernos los semáforos, colearnos, utilizar nuestras redes para saltar procedimientos y requisitos, de pagar soborno o matraca para evitar una multa, hacer un trámite más rápido o tener un privilegio o beneficio fuera de las normas o la ley;
  • dejaremos de hacernos la vista gorda ante las arbitrariedades gubernamentales, sea cual sea la tendencia política del gobernante, o de si circunstancialmente nos “beneficia” o nos “conviene”; pero también dejaremos de hacernos la vista gorda ante la violación de derechos de terceros, así como, ante la violación de las normas por terceros, pensando que “eso no es problema nuestro”;
  • cumpliremos con nuestros deberes ciudadanos y reclamaremos cuando se nos violen nuestros derechos y los de los otros.

Estos, son sólo algunos ejemplos de conductas, que, de asumirlas en la cotidianidad, nos ayudarían a tener desde ahora, una Venezuela diferente, porque el país lo reconstruimos todos, en cada acción ciudadana, y en cada minuto de cada día.

Cada acción ciudadana incide en el cambio institucional y político del país

Pero hay otro nivel de cambio también necesario que, aunque no lo parezca, se construye cada día y al que, como ciudadanos podemos contribuir en primer lugar comprendiéndolo y en segundo lugar, sumando acciones concretas para abonarlo.

Se trata del cambio institucional y político que garantice que el país también tendrá un gobierno diferente y de evitar que el que venga, en lugar de seguir destruyendo, reconstruya institucional, económica y políticamente a Venezuela.

Muchas de las acciones necesarias que están en nuestras manos, como ciudadanos, son las descritas arriba, pero ellas deben estar acompañadas, al menos de otra: tomar partido. Sí, aunque a muchos les suene extraño o les pueda parecer contradictorio con lo dicho hasta el momento, les invito a que piensen que sólo a partir de reconocer las diferencias, podemos trabajar tomando como base las coincidencias y para ello, tenemos que definir, como ciudadanos, cuál es la Venezuela que queremos.

¿Ya tomaste partido?

No se trata de enunciar un par de frases con lugares comunes o vacías, sino de pensar en qué tipo de sociedad queremos vivir. ¿Qué tanto Estado y cuánto libre juego o mercado? ¿Estado para qué? ¿Qué tantos impuestos? ¿Cómo y en qué se deberían invertir? ¿Quién debe decidir qué y cómo relacionarnos con los que toman las decisiones? ¿Qué tipo de educación obligatoria y común queremos como ciudadanos? ¿Cuáles son nuestros derechos y nuestros deberes? ¿Hasta dónde llegan? (ésto por no hacer una larga lista)

Tomar partido nos permite saber qué queremos de nuestro liderazgo político y qué proyectos y prácticas son realmente compatibles y nos acercan a esa visión, y cuáles, por atractivas que nos parezcan en un momento, nos alejan de ella. Pero también, tomar partido nos permite identificar coincidencias y diferencias con nuestros familiares, vecinos y concuidadanos, para poder construir con ellos, a partir de acuerdos, una Venezuela en la que efectivamente nos veamos reflejados todos.

Pero, así como “salir de esto” o cambiar de gobierno, no son eventos mágicos o de efecto inmediato, tampoco lo son tomar partido, identificar acuerdos y diferencias con el otro, así como tampoco construir una Venezuela en la que efectivamente nos veamos reflejados todos.

Tomar partido es un evento personalísimo que requiere de la reflexión e investigación de cada quien, en el que puede ayudar conversar y discutir con otras personas para escuchar puntos de vista y aclarar y afinar ideas. También sirve acercarse a los partidos políticos existentes y aunque no se tenga como pretensión inscribirse en ellos para militar en sus filas (cosa que nos haría mucho bien al país, a los partidos y a los ciudadanos), puede ser de utilidad conocer a sus políticos y planteamientos para enriquecer las ideas propias y definirse.

Pero tomar partido, no es sinónimo de volvernos iluminados y portadores de la verdad, y como ya sabemos la Venezuela que queremos, y es fantástica, nos dedicaremos a convencer a los otros de que tenemos la razón. Es decir, tomar partido no significa que podamos cambiar la fórmula de “lograr el éxito por arte de magia”, por la imposición como forma de acción política y ciudadana. Eso, de lo que deberíamos estar cansados por las prácticas de estas últimas décadas, nos impediría pasar a construir con otros. Tampoco es sinónimo de desarrollar y presentar una excelente batería de argumentos que nos suenen convincentes para lograr el apoyo de otros.

Y construir viabilidad

La visión de construcción o reconstrucción política y ciudadana tiene que incluir la noción de viabilidad política que para muchos no es familiar y a otros tiende a sonarle a chanchullo.

Toda acción política debe ser viable para ser exitosa, toda estrategia y visión a largo plazo, también. Pero la viabilidad no es una propiedad de las acciones, estrategias o visiones, es una condición del momento y contexto en el que se plantea que se construye y que implica manejo del poder y entendimiento, y toma tiempo, depende de los actores y su capacidad de acción y de negociación, así como de su credibilidad y el apoyo con el que cuenten.

Analizar la viabilidad de nuestras propias acciones políticas, nos permite entender y diseñar estrategias para modificarlas, modificar la acción y las condiciones en las que se da para incrementar su viabilidad. Analizar las de otros actores, nos permite comprender y actuar en consecuencia.

Pero lo más importante, dejar de esperar al “salvador”, tomar partido y comenzar a actuar como nos imaginamos que lo haríamos en esa Venezuela en la que efectivamente nos veamos todos reflejados, nos aclara cómo analizar e incidir en la viabilidad política de las acciones de cambio que, como sociedad nos proponemos.

Dejar de volar ¿vértigo o comodidad?

Viendo cantar a Nina, mejor dicho, viendo como Nina se vacilaba la canción, la energía y significado que con cada frase expresaba y quería comunicar y como asomaba reiteradamente esa sonrisa irreverente y retadora; no podía dejar de recordar a San Feliz ayer, lo sucedido y las diversas explicaciones y pronósticos asociados, recordar las miles de quejas y llamados a la acción y reacción de otros de todos los días, los innumerables mensajes en torno al tema de moda en nuestra “apropiada” dinámica de polarización “¿es más valiente o responsable o patriota o útil, el que se va o el que se queda?”

Veía a Nina, recordaba que vivimos todo eso sobre una cama de horas de colas, de miradas de desconfianza, de caras de terror y paranoia y de llantos de desesperación y muertes, y me preguntaba:

¿en verdad, como país y como ciudadanos, queremos ser libres, o es demasiada la responsabilidad de asumir las riendas de nuestras vidas, de producir para afrontar nuestros gastos, de elegir probidad a la viveza?

¿Querremos descubrir que podemos volar y hacerlo, sin esperar que alguien nos cuente como se ve el mar desde el cielo o mueva las alas por nostros, para garantizar que no nos vayamos a pique?

Volar alto puede dar vértigo, pero a veces no se deja de volar por vértigo, sino por comodidad.

Vean a Nina Simone…

(Tomado en préstamo del muro de Kelly)

Tendencia Irreversible

Tendencia irreversible, como título, sin estar en época electoral, debe sonar un tanto extraño, pero en diciembre de 2013, fue aprobado y promulgado lo que debería ser -de acuerdo al artículo 187, numeral 8, de la Constitución- un plan de desarrollo económico y social de la nación.

Sin embargo, no fue eso lo que se aprobó, sino algo denominado “Líneas Generales del Plan de la Patria, Proyecto Nacional Simón Bolívar, Segundo Plan Socialista de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2013-2019”, que de acuerdo al decreto publicado en Gaceta Oficial Extraordinaria número 6.118 del 4 de diciembre de 2013, tiene efecto jurídico, y es de obligatorio cumplimiento en todo el territorio nacional.

El texto aprobado, porque tuvo versiones previas en tiempo de campaña, ha sido mi lectura en estos días de Semana Santa. Decidí releerlo, ahora con más detenimiento y detalle, dada la “Consulta Educativa” que adelanta el Ministerio de Educación.

Tal como recordaba, a pesar de que en el cuarto considerando del decreto legislativo con el que se aprueba, dice que el plan “se fundamenta en los principios y valores de la Carta Magna”, hay dos cosas que resaltan en este texto: la primera, es una serie de objetivos que contravienen lo establecido en varios aspectos de la Constitución, por lo que atentan contra la ya precaria  institucionalidad que tenemos; y la segunda, totalmente consustancial con la primera, es que buena parte de este texto, no es más que un plan de trabajo del partido que está en el gobierno para consolidar un modelo político-cultural que pretende imponer a la sociedad.

Y es que como ya sabemos, el modelo de ejercicio de poder que tienen los que hoy están en el gobierno, establece un solapamiento entre Estado, gobierno, partido que hace que, entre muchas cosas, se utilicen tanto los recursos, como las instancias gubernamentales, para beneficio de la parcialidad política que ocupa los cargos públicos. Es la lógica de ejercicio de la hegemonía del Estado-gobierno-partido, sustentada en la legitimidad de origen del gobierno.

Sin embargo, la legitimidad de origen, que no es otra que la que se le confiere a un gobierno, por haber ganado unas elecciones -una o 19, a los efectos del modelo, es la misma cosa- no le da derecho a tomar por asalto el poder violando, de hecho y con cada hecho, lo establecido en la Constitución. Esa legitimidad no lo faculta para cambiar de facto la Constitución a través de leyes, ni de actos legislativos, judiciales y políticos de cualquier índole.

Dicho ésto, volvamos al texto del “plan”.

Desde el lenguaje presuntuoso y rimbombante, con el que este “plan” promete desde consolidar el proceso revolucionario en Venezuela hasta salvar el planeta y a través de sus 5 “objetivos históricos”, -desarrollados en 24 “objetivos nacionales” y éstos a su vez, en múltiples objetivos “estratégicos y generales”- se revela un modelo político-cultural basado, entre otras cosas, en un esquema de “guerra popular prolongada y asimétrica“.

La doctrina de seguridad y defensa nacional, la ética revolucionaria, el control efectivo del Estado, el desarrollo del “poder popular” consustanciado con las milicias, el empleo de las milicias en las funciones de apoyo al desarrollo nacional, el desdibujo de las organizaciones gremiales, la organización del pueblo para su participación en la defensa integral de la nación, la formación de cuadros, la modificación curricular para incluir estrategias de formación de valores socialistas y patrióticos, la irrupción de un “Nuevo Estado Democrático y Social, de Derecho y de Justicia”, la construcción colectiva del nuevo Estado Socialista, bajo el principio de “mandar, obedeciendo”; son elementos que dibujan, a lo largo del texto, un modelo que se sustenta en un enfoque belicoso de relación entre ciudadanos. (Para los resabiados, advierto que también el texto habla de paz y convivencia, pero una paz y convivencia construidas a partir de la identificación con el modelo revolucionario y forjadas en la guerra popular prolongada).

Podría dedicarme a citar punto por punto los elementos que constituyen este modelo y que están expresados en el plan, pero este texto quedaría innecesariamente largo. Además, no hay nada como leerlo de primera mano y descubrirlo de forma progresiva. (*)

Apuesto que, a esta altura, más de uno y con razón, se preguntará ¿qué tiene que ver el título con el texto? ¿por qué hablo del modelo político-cultural que promueve este plan y lo asocio con una tendencia irreversible?

Lo hago, porque creo que, dado el tenor de los acontecimientos que hemos vivido en estos días, hay una peligrosa tendencia que pudiera estar convirtiéndose en irreversible: la muerte de la Política y el predominio de la lógica de guerra como sustento de la dinámica social y de las relaciones de poder entre las personas. Creo que sobre eso tenemos que reflexionar.

Veamos algunos ejemplos:

Un día, los paramilitares del gobierno se meten en una Asamblea en la Facultad de Arquitectura de la UCV y persiguen, amedrentan y vejan a los estudiantes. Días más tarde, los mismos u otros paramilitares más descarados y mejor organizados, se instalan dentro de la UCV a sabotear una manifestación estudiantil y desnudan y vejan a un estudiante, agreden y roban a reporteros, siembran el terror en la Tierra de Nadie.

Al poco tiempo, un grupo de personas obstinadas por la falta de seguridad en Montalbán, agarran, vejan y desnudan a un ladrón, para luego entregarlo a las autoridades. Y algo tan reciente como ayer, un grupo de manifestantes o vecinos o ciudadanos indignados ante el atropello de un borracho oficialista a una señora que manifestaba pacíficamente, deciden tomar la justicia en sus manos, propinarle unos golpes al agresor y destrozarle su camioneta.

Unos con más argumentos que otros, con más indignación que otros, más organizados que otros, más armados que otros, con apoyo del gobierno o sin él, con el beneficio que da la impunidad o con la amenaza de ir presos, en algunos casos protegidos por un escapulario o un rosario y en otros, bajo la protección de la corte malandra; agreden, vejan y toman la justicia, o la venganza en sus manos. Formas muy similares que toma esta guerra popular prolongada, en la que consciente o inconscientemente, hay muchos participando.

Veamos otro ejemplo:

Un día una conocida y querida amiga, sale de su casa y encuentra una barricada, se baja del carro para quitar los obstáculos que le impiden pasar, es agredida por sus vecinos sin mediar razón, porque ellos se sienten propietarios de la calle y asistidos por la verdad de los nobles objetivos de la lucha. Ella, tan opositora y activa como ellos, pero participante de otra estrategia de lucha, responde con igual indignación que sus vecinos, porque si ellos tienen derecho a obstaculizar, ella tiene derecho a pasar. En todo caso, no medió previamente ningún acuerdo, por tanto, a unos y otros parece asistirlos el derecho, a circular y a protestar, al mismo tiempo. Gritos, insultos, empujones y amenazas mediante, hemos visto y conocido escenas como esa en múltiples ocasiones. El fondo de este desencuentro, revela la poca disposición de unos y otros para debatir y coordinar acciones y el entendido, nos guste o no, de que si creemos que nos asiste la razón, tenemos el derecho de imponerle la misma y sus consecuencias a los otros.

Si seguimos escudriñando cómo afloran los matices de esas premisas y esa conducta y nos trasladamos un rato a las redes sociales, encontramos una de sus mayores y más floridas expresiones de ejemplos, que van desde el “despierta” y “sal de tu indiferencia”, que presume que quién no nos acompaña en las acciones que consideramos adecuadas, son indiferentes o están dormidos y no se enteran de lo que sucede en el país (estas agresiones son simultáneas, por cierto, al uso, con mucha frecuencia, de imágenes de jóvenes mujeres “guerreras” y de estudiantes encapuchados en plena “batalla”, para identificar la conducta heroica y a la calificación de todo aquel que emprende una acción para la que parece imprescindible tener coraje, como alguien que sí tiene bolas); pasando por el “colaboracionista” en múltiples tonos y volumen, por el que se supone que todo el que emprende una acción que otro considera que puede favorecer al gobierno, está actuando en complicidad con el mismo y para obtener beneficios personales; hasta llegar a las múltiples y diversas acusaciones de culpabilidad que explican por qué, después de 15 años, aún seguimos con este gobierno.

Y en esta última variante, hay una expresión que se basa en la defensa de unos, a los que se considera que se están atacando injustamente, mediante el ataque férreo a otros, que alguna vinculación tienen o se presume que tienen con los que consideramos que están atacando a quién defendemos. Parece un trabalenguas, ¿verdad?

Pero no, se trata, entre otras combinaciones posibles, de los que defienden a Capriles o a la MUD, atacando con furia a Leopoldo o a María Corina y viceversa. Ataques que van y vienen, como si alguien tuviera una especie de “legitimidad” otorgada por la “lucha” para desconocer el esfuerzo y sacrificio que todos, con sus errores, garrafales o menores, esporádicos o reiterados, le han dedicado al país hasta este momento.

A esta altura, si aún se mantienen leyendo, es posible que muchos estarán arrechos con mi postura, y se preguntarán cómo se me ocurre comparar una cosa con la otra y meter todo en el mismo saco, pero creo que así debemos verlo, que hemos perdido la capacidad para ver la violencia y la lógica de guerra en nosotros, y por eso nos resulta tan fácil y sin cuestionamiento, jugar el juego del gobierno, el mismo juego que adversamos, el de la “guerra popular prolongada y asimétrica”.

Y antes de que se vayan a arrechar más, no se trata de no reconocer el sacrificio de todos y las vidas que han dado estudiantes y manifestantes, así como tampoco, ignorar que en el país hace tiempo que no hay justicia, que los malandros siempre salen premiados y que si los llegan a agarrar, los sueltan, mientras que a nuestros manifestantes, los agarran, los meten presos, los torturan y hasta los violan; que no tienen miramientos con los médicos y los abogados que sólo hacen su trabajo; que cada día las cosas se ponen más difíciles y que la última medida es que, para evitar que se divulgue lo que aquí está pasando, la orden es quitar los celulares a quienes manifiestan o andan por la zona; que estos tipos violan la Constitución a diestra y siniestra, usan el ventajismo y la impunidad para violar nuestros derechos y para que sus grupos paramilitares y los órganos de seguridad del Estado puedan amedrentarnos.

Tampoco se trata de desconocer que nuestros líderes, dentro y fuera de los partidos, excluidos de la toma de decisión formal en la MUD, o incluidos y aprovechándose de ello, han abusado de la confianza de la gente, y que a falta de espacios de entendimiento, en este tiempo todos, sin ninguna excepción, han participado en una batalla de agendas en los medios y en la calle, porque creen, a la vieja usanza, que quién impone la agenda en la calle, logra imponer los temas y la conducción de la agenda. Unos apuestan a un discurso más racional y otros a una acción más “contundente”, pero todos usan el mismo mecanismo de guerra para dirimir la agenda opositora, para lograr imponer liderazgos y estrategias, pero el resultado es la exclusión, cuando deberíamos estar construyendo un liderazgo colectivo y una estrategia coordinada, que se ha demostrado, son nuestros mejores fuertes.

Teniendo claro de qué se trata y de qué no, tenemos que preguntarnos si en efecto y hasta qué punto, la lógica de guerra nos tiene invadidos, si vamos a avalar a quiénes emulan lo que adversan con sus acciones, si esa es nuestra única posible respuesta.

La lógica mediante la que se lucha y por la que se toma del poder se sustenta en el mismo modelo ético-político con el que se ejerce el poder cuando se tiene. Pensemos si eso es lo que queremos para Venezuela.

Mirémonos en el espejo de aumento que tenemos hoy en el gobierno. Muchos de ellos, hace 3 décadas hacían guerrilla urbana para tomar el poder y hoy, atacan con grupos paramilitares para mantenerse en él; otros conspiraban en los cuarteles para tomar el poder y hoy, reprimen brutalmente a todo el que manifiesta.

Pensemos que ese modelo político-cultural que declara enemigo a todo con el que no estoy de acuerdo, no es exclusivo de los que se encuentran ejerciendo el gobierno en este momento. El odio se expande del que piensa diferente y apoya al gobierno, al que piensa diferente pero apoya a otro dentro de la oposición, que no es al que yo apoyo. El odio se expande en la medida que crece y se internaliza la práctica del maniqueísmo, de dividirnos en buenos y malos.

Mientras tanto, la inseguridad y el desabastecimiento crecen, así como crecen las restricciones y las horas haciendo cola. Aparecen dos muertos en el Guaire desechados en bolsas negras. Cada día caen más estudiantes presos, más tiempo pasa para los presos políticos que tienen meses y años en la cárcel.

Deberíamos estar todos solicitando la nulidad del “plan” por inconstitucional, pero, en su lugar, pareciera que el comportamiento que se desprende del modelo político-cultural que lo sustenta, representa, para muchos, una tendencia irreversible.

(*) Si no se lo ha leído, o se leyó una versión previa a la aprobada, aquí lo tiene para que lo pueda revisar en detalle.

¡Menos mal, regresó la normalidad!

Leo algunos mensajes en twitter y facebook que advierten el peligro, o plantean el temor, de que la gente deje las calles y el país vuelva a la “normalidad“. También leo mensajes de algunos oficialistas que celebran, con la llamada “toma militar de Altamira“, el regreso a ella.

Quienes tienen ese temor, o esa satisfacción, dependiendo del caso, creo que no entienden que ésta, la dinámica de protestas y represión que vivimos, es la nueva normalidad” que tenemos y tendremos, es la única “normalidad” posible en la Venezuela “revolucionaria”, la única “normalidad” viable para garantizar la supervivencia de quién excluye y desconoce al que piensa diferente y sólo sobrevive cuando logra asfixiar, hasta desaparecer, toda disidencia.

Si cesaran las protestas o cediéramos la calle, lo que vendría no sería jamás una vuelta a una “normalidad” precedente. Ni a la pasada reciente que esperan algunos oficialistas, ni a la pasada remota que añoran y desean algunos opositores.

Lo que vendría sería una evolución de la “normalidad” que vivimos, que obviamente, representaría una involución mayor en nuestra vida republicana.

En esa “normalidad” seguiría profundizándose la crisis económica, las empresas seguirían quebrando, los anaqueles estarían más vacíos, las colas se harían más incómodas y recurrentes y la gente se pelearía por agarrar el pollo que le corresponde esa semana, de acuerdo a lo que dice su tarjeta de racionamiento.

Nuestros jóvenes seguirían emigrando, pero lo harían por tierra, ya que sería más difícil conseguir pasaje en los pocos vuelos que entren y salgan de Venezuela. Mientras tanto, los “enchufaos” de turno pasearían por el mundo con dólares preferenciales o haciendo derroche de recursos mal habidos.

La delincuencia seguiría desatada, pero sentiría el reimpulso de la impunidad renovada, que le daría haber sido protagonista y artífice del éxito oficialista, a puños y tiros, en algunas de las batallas de esta guerra que el gobierno tiene con el pueblo. La Guardia Nacional y la Policía Nacional seguirían en las calles, en las salidas de los metros, en las paradas de buses, en las puertas de las universidades y en las esquinas, “sembrando paz“, requisando a todo el que circula y susurrando temor a sus oídos para que no se le ocurra pensar diferente.

Las cárceles seguirían en franco deterioro y los presos, políticos y no políticos, hacinados y con sus derechos humanos violados, frente al descarado y creciente privilegio que seguirían teniendo los pranes y sus mafias.

Las escuelas seguirían, algunas en terribles condiciones y otras remachadas y retocadas, pero en todas los docentes se verían obligados a aprender y replicar la religión-política, que coloca a Hugo Chavez a la derecha de Dios Padre, o en su lugar, según sea la tendencia.

Los hospitales seguirían sin insumos y las colas de enfermos esperando tratamiento u operaciones, crecería en medida inversamente proporcional a sus esperanzas.

En su esfuerzo por apagar toda opinión libre y disonante, veríamos más intentos de borrar la presencia de las voces disidentes en la Asamblea, allanando la inmunidad parlamentaria de nuestros diputados e imputándoles cargos de traición a la patria por defender nuestros derechos; también seríamos testigos todos los días, de esfuerzos para anular la acción de las personas y organizaciones encargadas de defender los derechos humanos; seguiría la confiscación del poder de las instancias de gobierno de los Estados y Municipios donde no ganó el oficialismo, a través de la reducción de sus presupuestos y de la instrumentación de mecanismos inconstitucionales de “gobierno” paralelo; y continuaría la expansión del monopolio gubernamental de los medios de comunicación, aumentarían las horas de amenazas e insultos en cadena nacional y se incrementaría la mordaza que se impone a periodistas y medios que se atreven a contar al país o al mundo, algo de lo que aquí realmente sucede.

Los empleados públicos seguirían siendo obligados a bajar la cabeza, a vestirse de rojo y a profesar lealtad a la “revolución” apoyando sus actos públicos y privados; terminaríamos de entregar la soberanía y el petróleo a Cuba y tendríamos comisarios políticos y soplones, cubanos y venezolanos, por todos lados. Crecería el número de “beneficiados” por las misiones, pero, por falta de recursos, su instrumentación apelaría a un método de asignación intermitente que dejaría a todos con la esperanza de que su cheque o su beneficio, saliera efectivamente en la tanda siguiente.

En esa evolución de la “normalidad” revolucionaria, se seguiría tejiendo, con la práctica, una instrumentación de la Constitución a la medida, que terminaría violando toda letra que resultara incómoda a la “revolución“; la renovación de los poderes públicos se haría con la señal de costumbre, dejando en los cargos de confianza a los que corresponda, según lo largo del enroque, o a nuevos militantes, tan leales a la “revolución” o más, que sus ocupantes precedentes.

En ella, el odio y la división se profundizarían y el enfrentamiento sería convenientemente callado, por el terror de las armas.

Aparentemente, nada cambiaría, pero todo sería progresivamente diferente.

Así que con la normalidad que tenemos o con la que le seguiría, en la lógica “revolucionaria“, sería imposible volver a algo que se le pareciera a la “normalidad” que unos desean o la que otros recordamos, con o sin nostalgia, porque el pasado, es pasado y ya no vuelve y porque la única “normalidad” posible con esta “revolución” es una que esté alineada a sus ideas y alineada con la sumisión.

Sin embargo, si asumimos al presente y al pasado como oportunidades de aprendizaje, hay una “normalidad” diferente, que sería posible y que, entre todos, podemos construir y hacer viable.

Una “normalidad” en la que Venezuela sean en efecto una República, con ciudadanos responsables y gobernantes, eficaces, eficientes, probos y éticos; con una institucionalidad, en teoría y práctica democrática; un país productor, próspero y creativo, con un Estado que garantice los derechos de todos, sin distingo, que trabaje a fondo por eliminar las desigualdades y la división social y que se encargue de promover una elevada calidad de vida para todos.

Construir esa “normalidad” requiere tiempo, dedicación y esfuerzo, entrega y sacrificios; requiere mantener nuestra voz de protesta, y simultáneamente, reconocer, respetar y aceptar al otro, para iniciar un cambio profundo juntos; requiere, en la intimidad, revisarnos en detalle y dejar los viejos hábitos que constituyen la “viveza del venezolano“; requiere salir a la calle día tras día a ser y construir un país diferente.

Que tengamos una u otra “normalidad“, de nosotros depende.

¡Nos vemos en la calle!

PS: Tal como dicta la “normalidad” y por sugerencia de algunos lectores, hice unos cambios en la “vista” del blog, pero las limitaciones de las plantillas disponibles, no dieron los resultados esperados, así que seguiré buscando opciones y mientras, disculpen el grotesco tamaño del encabezado y de las letras.

¡El momento llegó!

Hora de mi receso vespertino, para variar lo uso para ponerme al día con las noticias del momento, veo con tristeza y preocupación que la situación tiene el mismo tenor que ayer, por lo que, para poder volver al trabajo, con la necesaria concentración, uso la escritura para expresarme. Algunos ya leyeron buena parte de ésto mientras lo escribía en twitter, pero para quiénes no lo hayan leído o para quiénes prefieran verlo completo y revisado, publico este post.

¡Buenas tardes #Twitterlandia!

Hoy era un día para amanecer chalequeando a los caraquistas o sólo concentrada en la llegada de mi hermanita que viene a visitarnos después algún tiempo de haber tomado la decisión de establecer su vida en otros predios, donde estuviera garantizado el derecho a la seguridad y a la vida.

Sin embargo, en Venezuela y en estos tiempos, los motivos de felicidad siempre están acompañados por otros que indignan y preocupan: Venta de leche y azúcar por cucharadas; guarimbas y “protestas” montadas artificialmente para impedir la manifestación de otros, acompañadas de amenazas y amedrentamiento, todo ello protegido por quienes tienen el deber de garantizar los #DDHH de todos (que si a ver vamos, si coinciden manifestaciones de protesta, que coincidan y coexistan, que el derecho a la protesta sea ejercido por todos y garantizado por los órganos de seguridad del Estado y no que la protesta sea criminalizada o protegida, dependiendo de a quién beneficie su presencia) y para rematar, la continuación de la guerra del miedo, ahora empapelando del centro de la ciudad con estos afiches, en los que se pretende convertir en “enemigos” de la gente y “culpables” de lo está sucediendo, a los principales líderes de la oposición (@hcapriles, @MariaCorinaYA y @leopoldolopez).

Racionamiento, abuso de poder y amedrentamiento, dibujan un claro ambiente de promoción de la violencia que sólo hace sonreír a los que se valen del miedo para conservar el poder, o a los que se aferran a todo lo que pueda prefigurar una salida mágica que les devuelva el poder perdido o que restablezca un “orden” añorado.

A algunos de ellos, los podemos identificar por sus claros discursos y a otros, porque tienen semanas llamando a la abstención desde el anonimato o haciendo gala de su acostumbrada práctica de sólo reclamo y no acción, en una computadora ubicada en el país o cómodamente en el exterior.

Pero quienes promueven la violencia para justificar o provocar sus salidas deseadas, sólo tendrán éxito si les hacemos el juego, sólo si caemos en la dinámica de la violencia, el miedo, el ensañamiento y la confrontación.

De nosotros depende el camino que tomemos.

Aunque no lo parezca, éste es un momento crucial, el momento de tomar partido, el momento de asumir un rumbo y sostener la decisión; el momento de decidir si le hacemos el juego a los que sólo entienden la violencia y el enfrentamiento como forma de coexistencia, o si optamos por la construcción de una Venezuela diferente, que sea de verdad incluyente, en la que todos, a partir de las diferencias que existen y que tenemos que reconocer y respetar, construyamos un espacio de convivencia.

Venezuela, aunque le disguste a algunos, debe ser hogar para todos, y todos que tenemos el deber y oportunidad de hacerla posible.

¡Este es un momento de definiciones, toma tu decisión y actúa en consecuencia!

¡Enemigos del pueblo!

I- Sobre las tablas: Skena

Uno lee en cartelera: “El Grupo Teatral Skena (@SkenaTeatro)  presenta a Jorge Palacios (@JorgePalaciosx)  y Basilio Álvarez (@BasilioAlvarezC) en “Enemigo del pueblo” (@ElEnemigoSkena) de Henrik Ibsen, versión de Ugo Ulive”, y sin duda alguna, compra la entrada, respira profundo y se va al encuentro de ese retrato que, seguro, te restregará en la cara una parte importante de nuestra miseria nacional.

(Aclaratoria para los que no sepan: “En folkefiende” en noruego, o “un enemigo del pueblo” en castellano, es una obra de Henrik Ibsen publicada en el 82, pero en 1882. Esa obra, detalles más, detalles menos, retrata una conducta social y política que, lamentablemente, sigue vigente).

Skena tiene sus funciones en Corpbanca (@cculturalbodcb) hasta mediados de octubre, por lo que están todos a tiempo de ir a verla. (La versión de Ugo Ulive es excelente, cuenta con una tremenda puesta en escena y muy buenas actuaciones, en especial las de Basilio Álvarez y Jorge Palacios. “Un enemigo del pueblo” es del grupo de obras de teatro, presentadas en estos tiempos, que nos invita a reflexionar como sociedad política).

II – por aclamación: Henry y Lázaro

Conocí a Henry Vivas en una marcha, la primera en la que se cruzaban, a la altura de La Hoyada y a dos niveles, manifestantes opositores con simpatizantes del gobierno. Los segundos se dieron cita en respuesta a la convocatoria opositora, también fue una de las primeras puestas en escena de la táctica que podríamos denominar: “en la calle nos medimos

En el cruce, hubo un momento de “lluvia de objetos y botellas” generosamente enviados por los que que circulaban por el piso de abajo. Los que andábamos por el de arriba nos asombramos-asustamos-molestamos y buscamos refugio temporal, para inmediatamente-escampando, continuar la marcha.

A unos cuantos metros, en una esquina y en su moto, estaba Henry Vivas, con su uniforme de Policía Metropolitano, conversando amablemente con todo el que pasaba y escuchando con mucha humildad y paciencia los reclamos de los manifestantes molestos por el ataque inesperado.

Me detuve a conversar con él un rato. Me encantó su mezcla de sencillez y preparación. Siempre recordaré de aquella conversa, como Henry defendía a Lina Ron porque consideraba que era una mujer que sólo luchaba por los ideales en los que creía. –Henry era amigo de Lina, desde su punto de vista la entendía y nunca dudó en defenderla.

Lázaro Forero fue mi alumno en una de las promociones del curso de formación de Líderes Emergentes que hace unos años ofreciera el IESA. En un par de promociones, un pequeño grupo de agentes de la Policía Metropolitana y otro de Bomberos, compartieron ese espacio de formación con miembros de las juventudes de algunos partidos políticos y con jóvenes de diversas organizaciones sociales.

Lázaro, como Henry, tenía esa mezcla de sencillez y preparación que le permitía cumplir con excelencia su trabajo y a la vez tener el espíritu de servicio que se espera de alguien que ejerza esa difícil profesión. Por cierto, Yajaira Castro de Forero, esposa de Lázaro y una aguerrida comisario de la PM e incansable luchadora, también participó en el curso. Ella fue una de las mejores estudiantes de su promoción, en mi materia.

Forero y Vivas estaban listos para jubilarse y decidieron postergar el trámite, porque sentían que podían dar un poco más, en momentos complicados para el país, en los que, entre otras, apenas se consolidaban los esfuerzos para la profesionalización de la Policía Metropolitana.

En esa extensión de su tiempo de servicio, se produjeron los hechos por los que han pretendido convertirlos, injustamente y por “aclamación popular”, en “enemigos del pueblo”.

III – y… “operadores políticos”, por sus propios méritos

(Sección no apta para todo público)

Cuando se vive en sociedad, llevar a cabo propuestas, políticas públicas, visiones de país, o de comunidad, pasa por el ineludible proceso de construir la “viabilidad política” de lo que se quiere emprender, es decir, lograr la combinación de fuerzas y el apoyo necesario, como para que la iniciativa en cuestión, forme parte de la agenda pública, se apruebe en el proceso de toma de decisiones correspondiente y cuente con los recursos y el apoyo que garantice que se instrumente de manera exitosa.

Muchos son los espacios y dimensiones en los que esta viabilidad se trabaja y se construye, así como diversos son los mecanismos y prácticas que se emplean para ello.

En el ámbito de la ciudadanía política, debatir y manifestar son dos tipos de prácticas de uso común. Sin embargo, como en todo, y ética política mediante, hay prácticas y prácticas.

El enemigo del pueblo” nos ilustra cómo estas dos prácticas, en lugar de ser utilizadas como mecanismos para promover la participación y facilitar la construcción colectiva de acuerdos en torno a una situación o propuesta, pueden convertirse en espacios para forzar “viabilidad política” por encima de toda argumentación y así, complacer a determinados intereses.

El lobby o el cabildeo, es otra práctica política común y corriente. Es cada vez más utilizada como mecanismo para influir en la toma de decisiones, promoviendo que los actores clave en ella, conozcan y apoyen iniciativas concretas. Pero como todos, es un mecanismo que, como nos ilustra “El enemigo del pueblo“, puede ponerse al servicio de algunos haciendo uso del chantaje y la corrupción.

Debatir, manifestar, cabildear, como prácticas, como parte del ejercicio de la ciudadanía política, en democracia, requieren de una ética política que las sustente.

El enemigo del pueblo“, nos recuerda ésto, nos ilustra como pueden cambiar las cosas dependiendo de la “ética política” que se practique. Nos enseña como funciona la “construcción de viabilidad política” en el marco de acción de los que a algunos les ha dado por denominar “operadores políticos“, un ámbito de acción reservado a “entendidos” y habilidosos.

(A partir de aquí que se moleste quién quiera…)

Los “operadores políticos” pululan por los espacios de poder. En algunos casos, los encabezan y hasta los presiden. Para ellos, la “acción política” es como una especie de arte que cultivan, la “dinámica política“, el espacio para “demostrar” su maestría y “la política” el campo de batalla en el que apuestan a vencer, desplegando, a cualquier costo, su capacidad de influencia.

En nuestro país, abundan estos elementos. Tuve la oportunidad de conocer personalmente a muchos de ellos, en los tiempos en los que participaba activamente en la extinta Coordinadora Democrática. Allí pude verlos en plena acción y en primera fila. Los había para todos los gustos, oficialistas, opositores y “ni-ni”; político-partidistas, gremialistas, agentes libres o miembros de grupos diversos de la sociedad organizada; militares y civiles; novatos y experimentados; tejedores finos o de acción torpe y burda. Una gama muy amplia y variopinta que, sin embargo, tenían -aún tienen- en común como propósito “construir a como dé lugar, viabilidad política” -así resultara sólo una construcción mediática- y que comparten el maquiavélico principio de la realpolitik, sobre la utilidad de la ética en la acción política.

En algunos círculos, los “operadores políticos” son aclamados como héroes, o como los grandes artífices de las estrategias, exitosas o fallidas, de la oposición, de los no alineados o del oficialismo. Otros, en cambio, pasan desapercibidos. A algunos, desde mi punto de vista, los más afortunados, los he visto reinventarse, ajustar su ética política y dejar fluir su vena democrática y ciudadana.

Paradójicamente, pocos de ellos corren el riesgo de ser declarados como auténticos “enemigos del pueblo“.

¡Salud!

¡Salud!

Cuando éramos felices…

No hay nada como pasar unos días con argentinos y uruguayos conversando sobre educación e inclusión, o en Virtual Educa en Medellín, sumergida en un debate sobre los retos que tiene la incorporación de las nuevas tecnologías en la educación; o finalmente, nada como estar un par de días en tierra patria, en la UCAB, en el Encuentro Internacional de Educación (#EIE_FT) organizado por la Fundación Telefónica conversando sobre cómo debe ser la educación del siglo XXI, para darnos cuenta de que hay un mundo de retos, discusiones y debates, que, como país, nos estamos perdiendo porque decidimos, por la romana vieja, permanecer en el pasado y enganchados en el círculo del rencor.

La inclusión en educación, en efecto, es un tema álgido y a pesar de todo el tiempo que lleva como parte de la agenda de pendientes, es un tema aún en ciernes a lo largo de Latinoamérica y de buena parte del mundo.

Las nuevas demandas de la sociedad, las competencias para afrontar las características de ciudadanía y productividad emergentes en el mundo actual, los cambios que estamos experimentando y lo diferentes que somos debido a dichos cambios,  las nuevas formas de relacionarnos, las viejas formas de aprender potenciadas por las nuevas tecnologías, la exigencia de modificar la forma de ver la vida, la educación y los roles que asumimos en ellas, son temas que ocupan a tirios y troyanos a lo largo y ancho del mundo, de América Latina y de nuestros países. En algunos, más intensamente que en otros.

Mientras eso sucede, mientras se da una efervescente dinámica constructiva, o algunos casos no tan constructiva (en otro espacio les contaré a qué me refiero), pero de todas-todas transformadora, una parte de nosotros está estancada mirándose el ombligo y preguntándose ¿por qué a nosotros, si no nos lo merecemos?; o echándole la culpa a alguien, a veces encarnado en una especie de entidad fantástica y superpoderosa que “nos domina” impidiéndonos actuar; o simplemente despotricando del otro, del que piensa y hace diferente, del que sólo por ser diferente se constituye en una amenaza inconmensurable para nuestra cotidianidad.

Cuando éramos felices y no lo sabíamos, es una frase que identifica muchas veces a quiénes encarnan esas actitudes. Sin embargo, cuando “éramos felices”, no todos lo éramos, había discriminación y exclusión de una parte importante de la sociedad venezolana; cuando “éramos felices”, también éramos una sociedad fracturada, aunque con menos odio y enfrentamiento expreso, pero con odio y enfrentamiento latentes; cuando “éramos felices” vivíamos en otra época en la que, como humanidad, éramos menos conscientes de nuestra responsabilidad ciudadana y comprendíamos menos el impacto de nuestras acciones y omisiones sobre el bienestar común; cuando “éramos felices” muchos pensaban que el bienestar común se lograba con la sumatoria del bienestar de cada ciudadano, sin tomar en cuenta que muchas veces el bienestar de unos se construye a costa del de los otros; cuando algunos “éramos felices” como individuos, no “éramos felices” como sociedad. Ahora, otros son felices como individuos y seguimos siendo infelices como sociedad.

En Medellín conversé con mucha gente, gente adorable por cierto, la mayoría colombiana, pero también de otros países de Latinoamérica. Muchos me abordaban para saber ¿qué nos había pasado como sociedad? ¿hasta cuándo nos duraría esto? ¿por qué nos dejamos impregnar de una mediocridad que, a los ojos de ellos, no nos pertenece? Estas, formuladas de diversas maneras, eran las preguntas que me hacían en casi la totalidad de las conversas.

Al principio me sorprendía lo informados que estaban los amigos de Venezuela sobre lo que nos sucede, ya sea desde una óptica crítica, neutral o hasta desde la óptica del gobierno. Luego entendí que, en efecto, las fronteras, como buenas construcciones sociales, no separan comunidades, familias, ni afectos. Hay más cosas que nos unen y nos identifican, que las que nos separan y si así es con gente que tiene una realidad nacional propia y diferente a la nuestra, debe ser más intenso para los que compartimos un territorio y una red de historias (porque no compartimos exactamente la misma historia, sino una red imbridacada de ellas)

Reflexionando mucho, desde la distancia, entiendo que lo que Dolors Reig (@dreig) dijo en Virtual Educa, aplicado a la ciudadanía y la educación, nos aplica como sociedad, “no nos hemos dado cuenta de lo diferentes que somos”, de lo cambiados que estamos como sociedad y como ciudadanos. Pero no, solamente desde la óptica de quiénes se sienten ajenos en su país, sino más profundamente en cómo nos entendemos y comportamos como ciudadanos, cuan conscientes estamos de lo que somos, de la responsabilidad que tenemos sobre la forma que ha tomado nuestra Venezuela y de lo que tenemos y debemos hacer para transformarla en una Venezuela con la que muchos más nos sintamos felices e identificados.

Si queremos responder a las preguntas que me formularon los amigos latinoamericanos, ¿qué nos había pasado como sociedad? ¿hasta cuándo nos duraría esto? ¿por qué nos dejamos impregnar de una mediocridad que, a los ojos de ellos, no nos pertenece? Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos y aunque suene fuerte y a algunos les resulte injusto o antipático: que “nos pasamos nosotros”, que erradicaremos la mediocridad cuando deje de ser nuestra y eso sucederá cuando asumamos la determinación, como ciudadanos y como país, de cambiar de verdad.

Pero además, podemos decir con propiedad, que las semillas de esa Venezuela, el país con el muchos nos sentiremos felices e identificados, están germinando por muchas partes y no somos capaces de verlas o apreciarlas porque estamos obnubilados por el espiral del fracaso, de la derrota y del resentimiento.

Para ver esas semillas, sólo tenemos que cambiar el foco y mirar a los ojos de nuestros jóvenes, los que emplean su tiempo “libre” para acompañar a otros en su proceso de crecimiento. La gente de la juventud de algunos de nuestros partidos, la gente que participa formándose en experiencias como VIMUN (@VIMUN)  o la gente que se las juega con maravillosas experiencias como las de la Fundación Embajadores Comunitarios (@EmbComunitarios) en la Vega. Nombro tres, por nombrar a algunos con los que tuve el placer de compartir un rato un domingo en la mañana recién llegando de Medellín, pero como ellos hay mucha gente haciendo, construyendo, formándose, incidiendo, a la que deberíamos voltear a ver.

Sin embargo, no sólo se trata de cambiar el foco y ponerlo en esas experiencias para sentirnos felices de vivir en una Venezuela constructiva y creativa. No, también tenemos que voltear la mirada hacia adentro, preguntarnos qué sentimos por el país y por el otro, el que es diferente, el que hace cosas que probablemente no nos gusten o nos generen miedo, qué tan diferentes somos ahora, qué tanto hemos cambiado y en qué sentido, qué sentimos por nosotros mismos y sobre todo qué estamos dispuestos a cambiar en nosotros y en qué estamos dispuestos a invertir nuestro tiempo para participar en la construcción de la Venezuela que queremos; en definitiva, cómo estamos dispuestos a vivir para que en un futuro podamos mirar atrás y decir: “cuando éramos felices, como ahora y estábamos conscientes de ello”.