Llora, pero no olvides

Cuando uno le ha metido a la música y a la poesía toda la vida y en los tiempos estudiantiles, fue militante de un movimiento político y hasta dirigente estudiantil, es inevitable que los acontecimientos te enlacen con los recuerdos, especialmente si tienen forma de poema hecho canción.

En esta oportunidad, desde que secuestraron a los hermanos Requesens y más después de que soltaron a Rafaela para ensañarse e incriminar a Juan, tengo como sonido de fondo, como una especie de hilo musical mental, la versión del poema “Hombre preso que mira a su hijo”, de Mario Benedetti, tal como la cantara Pablo Milanés.

Confieso que nunca, ni cuando era estudiante, he podido cantar esa canción completa, sin que se me haga un nudo en la garganta, pero en esta última década, no he podido cantarla sin llorar y cada vez se me comienzan a aguar los ojos antes.

“Realmente no sabían un corno
pobrecitos creían que libertad
era tan solo una palabra aguda
que muerte era tan solo grave o llana
y cárceles por suerte una palabra esdrújula.

Olvidaban poner el acento en el hombre.”

Hoy (realmente ayer empatado con esta madrugada), que ha sido un día largo, me preguntaba cómo hubiera escrito Benedetti este poema, si hubiera vivido, o conocido, la Venezuela actual y qué le cambiaría Pablo, para poder cantarla desde su flanco, seguramente crítico, a lo que aquí llaman “revolución”.

Estoy segura que, desde los primeros años de este despropósito, el poema-canción hubiese sido diferente, aunque probablemente, hubieran tenido que modificarla, algunas veces a lo largo de estas dos décadas.

De hecho, por el tipo de tortura que describe, ese poema, tal como fue escrito, quizás se podría haber aplicado a mi amigo Germán, un militante de Acción Democrática, al que quiero y respeto muchísimo, que estuvo preso y luego exilado, durante el gobierno de Pérez Jiménez.

Botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.

Por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones
todas estas llagas, hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre

Sin embargo, quizás hubiera quedado algo fuerte para cantarla en mi época de estudiante, en la que también había perseguidos políticos y estudiantes detenidos, entre los que, por cierto, predominaban los que secuestraban y saqueaban camiones, quemaban cauchos y tiraban piedras en las protestas. Sí, los que creían y practicaban la lucha armada, buena parte de ellos, eran los que se levantaban religiosamente los jueves, a tiempo, para trancar las entradas de la Central a las 11 am, en su rutina de protesta. Entre ellos estaban, como ya saben, los que hoy nos des-gobiernan.

Pero aunque, hubiese podido quedar algo fuerte, nunca hubiese estado de más cantarla, porque era una forma de denunciar la tortura como práctica que, en aquel momento, como ahora, nos llenaba de indignación, así fueran muchos menos los casos, y las “técnicas” resultaran diferentes.

Y así como no es la primera vez que lloro cuando la canto, tampoco es la primera que la tengo como hilo musical mental. De hecho desde los primeros presos políticos de este gobierno, me refiero a los policías de abril del 2002, entre otros, cada vez que meten a alguien preso, lo secuestran, o lo desaparecen, recuerdo mis tiempos de estudiante y como nos horrorizaban los relatos de los amigos detenidos, que, honestamente, no son ni la sombra de los que hoy conocemos, mientras los versos: “uno no siempre hace lo que quiere, uno no siempre puede…” suenan como música de fondo, en mi cabeza.

Si en los 80’s sentimos indignación, cuando supimos que a Tony lo habían golpeado en la cabeza, con una guía telefónica para que hablara, a pesar, por cierto, de que no tenía nada que decir; y nos indignamos cuando vimos a un par de ex-presos denunciando torturas ante el Congreso de la República, con partes de su abdomen moradas por los golpes recibidos, no hay manera de que no sintamos una indignación mayor escuchando los relatos y conociendo los casos de los presos políticos de esta última década y media.

Pero además de sentir indignación, protestar la arbitrariedad cometida y exigir la liberación de Juan, así como del resto de los presos políticos que existen en Venezuela, tenemos que mirar lo que está sucediendo en todas sus dimensiones e integrar elementos que muchos están dejando fuera de la ecuación, a la hora de analizar, bueno, para una buena parte, a la hora de reaccionar.

“Y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías.

Y jugué por ejemplo a la escondida
si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre.”

Con esta gente en el poder, todos deberíamos saber hoy, que no es necesario golpear para torturar y que la tortura, es uno más de los mecanismos utilizados para fortalecer su control social y político por la vía de la sumisión.

Hay toda una estrategia comunicacional, muy eficazmente orquestada, dirigida a ello.

También deberíamos saber que hay una serie de mecanismos dirigidos a quebrar la dignidad de las personas, con el mismo fin, y para los que no se necesita detener a nadie.

Y como complemento, hay una serie de mecanismos para mantenernos divididos y enfrentados, minando la confianza que es necesaria para la convivencia, como condición ideal para garantizar el éxito de la sumisión, como norma de relación de las personas con el Estado. Esta condición es especialmente útil, para quienes cultivan y se manejan en una lógica de guerra permanente.

Esto, lo deberíamos saber todos después de tantos años, sobre todo, porque lo saben muy bien, quiénes lo usan como método para el control y la sumisión.

En este escrito, no voy a tocar ni el tema de los videos, ni a especular sobre lo sucedido con Juan, en su lugar, voy a sugerir que se lean este artículo de Fernando Mires sobre la tortura: Preso Político.

“demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre”

Lo que sí voy a hacer, es llamar, en este momento, la atención sobre una parte de lo que nos está sucediendo y es que estamos fracturados y en un “atajaperros” permanente. Estamos atrapados en la confrontación múltiple y desbandada.

En lugar de ponernos en los zapatos del otro y comprender, debatir con argumentos, es mucho más fácil atacar e insultar al otro. Parece que es más importante drenar que pensar, descargar que actuar, como si ello nos condujera a una salida. Tenemos quebrada la ciudadanía, especialmente la ciudadanía política y es imperativo, enfocarnos y hacer esfuerzos por reconstruirla.

De hecho, en lugar de escucharnos y comunicarnos, para tratar de construir una salida conjunta, porque cada quien por su lado, no lo podrá lograr, ante el tremendo abuso de poder del que somos sujetos cotidianamente; vivimos pugnando por el poder inútil, el de controlar lo que no tiene impacto, el control del rebaño que está, una parte paralizado por la desesperanza y la otra sumiso por el control y el clientelismo. Una estéril pelea por el poder de controlar el desarticulado espacio de los críticos a este des-gobierno.

Así difícilmente derrotaremos la exitosa campaña propagandística y comunicacional del des-gobierno y podremos llegar más allá de los críticos activos, para ampliar la base ciudadana que garantice una real reconstrucción de esto que hoy llamamos, erróneamente, Venezuela.

Tenemos que asumir que el pluralismo se construye sobre la base de las diferencias. ¿Estamos preparados para ello?

Personal y políticamente, tengo diferencias con mucha gente, pero no puedo apalancarme en las diferencias para profundizar la fractura, ni puedo escudarme en ellas, para que, en lugar de debatir con argumentos, me dedique a insultarlos sin ton ni son, solamente basada en supuestos, o incluso, aunque estuviera basada, legítimamente, en algunos hechos.

(Voy con un ejemplo sencillo, para ilustrar a lo que me refiero: desde hace muchos meses tengo diferencias con las posiciones que Fernando Mires ha asumido, con respecto a lo que está sucediendo en Venezuela, y especialmente con la forma de tratar algunas posiciones críticas entre el liderazgo opositor, sin embargo, lo leo y lo recomiendo, cuando considero que lo que escribe puede ser un buen aporte para entender mejor lo que estamos viviendo).

A esta altura, creo que las últimas estrofas del poema, están embadurnadas del romanticismo de la resistencia, de la época en la que fue escrito, aunque, hoy, ni nunca, hayan sido muy realistas.

Es por eso que, en este momento creo que, tanto Mario como Pablo, harían justicia y omitirían o retocarían la penúltima estrofa del poema. Para mi gusto, quedaría así:

“Llora nomás botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.

Gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos

Llorá
pero no olvides”.
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Drenando ando…

“¡Y no, y no, y no me da la gana, una dictadura igualita a la cubana!

Cuando vi la cara eufórico-arrecha de la señora que me gritaba esa consigna como respuesta a mi planteamiento, entendí que estaba perdiendo el tiempo”

Hoy tenía una cita con mi tocaya OlgaK () en los Palos Grandes. Como hacemos desde que nos conocimos, hace tanto tiempo como el que tiene este gobierno en el poder, nos citamos para conversar e intercambiar impresiones sobre lo que está sucediendo. La amistad de OlgaK es una de las grandes adquisiciones que debo a esta etapa política de Venezuela.

Camino a la cita, llegando al distribuidor Altamira, saqué mi celular, a riesgo de un robo o una multa, para fotografiar una cantidad impresionante de vehículos oficiales, identificados como “Unidades de Patrullaje Inteligente” que estaban estacionados en la zona del módulo en el distribuidor y en la esquina del Banco del Libro, subiendo hacia Altamira. Un poco más adelante, en la cola que estaba armada antes de llegar a la Plaza Francia, las monté directamente en twitter. (Fueron 3 tuits, aunque sólo dos llegaron a salir, y los podrán ver, con fotos, en mi TL @olgaramos)

Estando estacionada en la cola, se me acercó un muchacho a entregarme un volante sobre la protesta que estaba adelante. Bajé el vidrio y me fijé, en la distancia, que una camionetica por puesto que tenía rato viendo, parada en la Francisco de Miranda, aún no había cruzado la protesta, por lo que le comenté al muchacho, que entendía la protesta, pero que era importante pensar en esa gente que iba en la camionetica que, seguramente, mucha de ella se había levantado a las 4 de la mañana para llegar a su trabajo y garantizar la comida de sus hijos ese día, y que a esa hora iba de regreso a su casa, cansada, quizá sin comer bien, parada en esa camionetica con fatiga y que así no les iba a llegar el mensaje que querían comunicar con motivo de su protesta y mucho menos iban a poder ganárselos para la lucha. El chico, muy amablemente, me dijo que entendía, pero que los muchachos que estaban en la intersección estaban haciendo un embudo y decidían cuando pasaba la gente.

El chico siguió haciendo sus entregas y yo seguí estacionada en mi cola.

En eso pasaron dos chamos que parecían estudiantes. Los llamé y les pregunté que si estaban en la protesta. Como me dijeron que sí, comencé a comentarles lo mismo que a su compañero, utilizando de ejemplo la misma camionetica que aún no se había movido. Estos dos me miraron con cara de “¿qué le pasará a la vieja esta?” y cuando insistí en que era importante lograr la empatía con la gente, uno de ellos señaló la trompa de mi carro, vi que el carro de adelante se había movido un metro y me dijo, en tono de burla, “fíjese, Usted está trancando el tránsito, muévase”, se dio media vuelta, chocó los 5 con su amigo y ambos se fueron riendo calle abajo, en dirección a la Torre Británica.

Adelanté un metro, al rato apareció otra chica y un poco más atrás había otro muchacho haciendo lo mismo, repartiendo el mismo volante a los carros, cuando ella se acercó a mi ventana, adivinen lo que hice: le expliqué de nuevo la importancia de generar empatía con el que piensa diferente, les comenté, ya a ambos, porque el otro muchacho también se acercó, que pensaba que muchos de los que no estaban en la lucha no eran precisamente indiferentes y que había que buscar formas más creativas e inteligentes de llegarles. Les propuse que, en lugar de hacer el embudo trancando el paso, que podrían dejar un canal abierto para que pasaran más rápido todos, en especial las camioneticas, autobuses y metrobuses y que ellos podrían irse a 5 cuadras de la plaza, montarse en las unidades de transporte, repartir directamente en las unidades los volantes a las personas y conversar un poco con ellos, para generar acercamiento y bajarse cuando llegaran a la plaza para mantener su punto de protesta. La chica me dijo que era usuaria de las camioneticas y que entendía como se podían sentir esas personas, por lo que le dijo a su compañero que le parecía razonable mi lógica y se fue a la esquina a hablar con otros muchachos.

Como no tenía otra cosa que hacer, mientras estaba en la cola, me puse a hablar con estudiante, joven y manifestante que tuviera cerca, hasta que finalmente llegué a la intersección. Allí, como me quedé en la mitad sin poder avanzar, comencé a conversar con tres personas de las que estaban en la calle. A ellos les comenté la importancia de la empatía, les dije lo mismo que a los anteriores, pero esta vez no corrí con tanta suerte y los señores, esta vez no eran muchachos, comenzaron a increparme. Les expliqué que tenía muchos años en ésto y que a mi no tenían que convencerme de la importancia de la protesta, pero ellos seguían subiendo el tono y terminamos discutiendo a todo volumen. Uno de los manifestantes argumentaba que si la gente que iba en las camioneticas se paraba a trabajar a las 4 am, y estaba agotada a esa hora, que él se había parado a manifestar a las 5 am. Confieso que aún no entiendo la lógica de su argumento.

En medio de la acalorada discusión, unas mujeres comenzaron a corear, con cara de arrechera y mirándome: ¡Y no, y no, y no me da la gana, una dictadura igualita a la cubana! Como dije al principio de este escrito, cuando les vi la cara, entendí que estaba perdiendo mi tiempo, no era esa la manera, ni el lugar de llegarles, por lo que me monté en el carro para irme. Esperando que se abriera el paso, ellos seguían gritando y me chocó un motorizado, que siguió como si nada. Obviamente, me bajé molesta a ver lo que le había pasado a mi carrito y en ese momento, un grupo de estudiantes se acercó y pedí conversar con ellos de nuevo.

A pesar de que entre ellos seguía el Sr que argumentaba que él estaba ahí desde las 5 am y, en ese momento me dijo que si ya sabe que hay protesta, “no suba a esta hora por aquí”; en esta última conversación dos cosas marcaron la diferencia: la primera de ellas, fue la actitud de uno de los estudiantes que mostró estar abierto a escuchar y me dijo que entendía mi punto de vista, que ellos estaban haciendo las cosas como creían correcto, pero que obviamente que cometían errores, y que estaban trabajando para mejorar. Él, como los muchachos de antes, los estudiantes (salvo los dos resabiados burlones), tenía una actitud respetuosa de las diferencias y la disposición a conversar con argumentos. A él, como a los otros, agradezco muchísimo su actitud.

La otra cosa que marcó la diferencia y que fue la que realmente calmó a los que seguían cayéndome a gritos para tratar de “convencerme” no sé exactamente de qué, fue que una señora de las que estaba en la manifestación, se acercó y me preguntó: ¿Usted es la de educación, verdad? y yo le dije que sí, a lo que ella se volteó al grupo y les dijo, ella es la de educación, y algo así como que ella es de los nuestros y le ha echado muchas bolas. Agradezco muchísimo también a esa señora, por su amabilidad, pero me preocupó notablemente que no fueron los argumentos ni la actitud abierta del estudiante lo que calmó a los eufórico-arrechos. Si no llego a ser “la de educación”, sino cualquier otra persona, los argumentos no hubiesen valido de nada para el resto de los manifestantes y esa persona hubiese tenido que marcharse con los gritos a cuestas y callarse ante la arbitrariedad de los exaltados.

Al llegar a la Plaza de los Palos Grandes, le comenté lo sucedido a mi tocaya y también le narré como el día que se paró el metro por un daño en un riel y tuvieron que prestar el servicio mediante autobuses de PDV y metrobuses, pasó algo similar; aunque esa noche sólo discutí con una amiga que insistía que era suficiente con lo poco que los dejaban pasar, porque, para ella, el gesto era que los dejaran pasar de vez en cuando.

Le comentaba a mi tocaya que conversé sobre ello con algunos de los presentes, y que me había puesto en el lugar de los que venían parados en las unidades de transporte para tratar de imaginar lo que podían haber sentido al ver a un pocotón de manifestantes detener el tráfico, pensando en lo cada vez más riesgoso que podría ser atrasar la hora de llegada a su zona y el trayecto entre la estación del metro a su casa, que para muchos de ellos, llegar a pie a sus casas, a partir de cierta hora, literalmente, pone en riesgo sus vidas.

Pensé además, en cómo se sentirían rodeados por un grupo grande de manifestantes que les gritaban consignas y me imaginé que me pasara algo similar pero en medio de una manifestación del oficialismo, que sabiéndome opositora o suponiéndome “indiferente”, trataran de convencerme a pleno grito, de que debía pensar como ellos y bajarme del bus para unirme a su lucha.

Pensé en que una “invitación” eufórica y a gritos, probablemente podría producir miedo en cualquiera y en el mejor de los casos, rechazo.

Hoy, experimenté en carne propia, lo que puede sentirse recibiendo ese tratamiento, pero identificándome como opositora en una manifestación en la que un grupito estaba ganado por ese tenor. No puedo imaginar el temor que pueden sentir los no alineados, los desconfiados, los indiferentes y los oficialistas, experimentando como tales, una situación similar.

Esa noche fue muy reveladora. Tuve también otra imagen que me dejó preocupada, sobre todo porque no era la primera vez que la tenía, aunque esta vez identifiqué algo con lo que poder ilustrarla.

A esa hora, era ya de noche y había mucha gente en la Plaza Francia.

Había una clase de medicina, espectacular, no sólo por el tipo de protesta, sino por el excelente profesor que la daba; había grupos haciendo oración y recordando con respeto a los asesinados durante los largos días de protestas; había gente mirando y había gente manifestando.

La mayoría de los manifestantes estaban congregados en la esquina sureste de la plaza. En ese nutridísimo grupo, me llamó poderosamente la atención la cantidad de personas que estaban con pancartas sólo mostrándoselas a los otros que también estaban mostrando sus pancartas, en algunos casos, los más desafortunados, se las mostraban solamente a las espaldas de las personas que estaban delante de ellos protestando, con o sin pancartas.

Muchos de los manifestantes gritaban consignas, algunos lo hacían eufóricos. Mientras estuve allí, vi con mucho interés cómo había manifestantes que se acercaban a los autobuses y les pintaban SOS Venezuela, entre otras cosas, en las ventanas, debo confesar que se veían especialmente simpáticos los autobuses de PDV con esas pintas.

Tomé una foto de un metrobus luciendo un SOS Venezuela en su parabrisas y la subí a twitter con la leyenda “interesante…”.

Pero como les comenté hace poco, me preocupaba la cantidad de gente parada en los autobuses que estaban atrapados en un tráfico detenido por una protesta.

Pensaba en ellos y también en los eufóricos -los eufóricos-arrechos y los simplemente eufóricos-, pensaba en el encuentro de esas dos realidades y lo que podían estar sintiendo los que pensaban diferente atrapados en un autobús, rodeados de gente gritando consignas a esa hora de la noche, y, por alguna razón, me acordé de los trabajadores de los peajes de las autopistas -cuando existían peajes, se cobraba por transitar y el cobro se mediaba con la entrega de una tarjeta (seguramente muy pocas personas recuerdan los peajes y las tarjetas).

La imagen que me asaltó desde mis recuerdos, fue la de una de las tantas largas y lentas colas que se formaban en el peaje de salida de Caracas o el de llegada a Valencia, en la que los trabajadores salían de la caseta y comenzaban a abanicar frenéticamente la tarjeta que tenían en la mano, como si con ese sencillo acto, contribuyeran a aligerar y progresivamente eliminar la cola, mientras para cualquier espectador atrapado en la cola sin poder moverse, o avanzando muy lentamente en su carro, se trataba sólo de una imagen inexplicable, una persona blandiendo una tarjeta al viento, derrochando energía inútilmente, drenando adrenalina para sentirse que podía contribuir efectivamente con su trabajo. (Para quiénes no recuerden esa época, basta con que piensen en un fiscal de tránsito, agitando su mano y sonando su pito, en medio de una tranca…)

Y fue justamente esa imagen la que le comentaba a mi tocaya que me impresionó más de aquella noche y que la he visto repetidas veces a lo largo de estas protestas, la imagen de gente que en lugar de enfocar sus energías en acciones creativas, que puedan generar empatía, que tengan un objetivo claro, derrochan sus energías drenando su rabia, su indignación por lo que todos los días sucede y su impotencia ante un gobierno que cada vez hace más derroches de abuso de poder.

Y está bien drenar de vez en cuando, porque somos seres humanos y es sano drenar, pero hay formas y lugares para drenar y la protesta no puede convertirse en uno permanente para ello.

Quiero llamar la atención sobre ésto, porque es importante que se entienda que hay una diferencia abismal entre enfocar la energía en la protesta, pacífica, constructiva, generadora de una salida viable para Venezuela y enfocarse en drenar la rabia y la indignación, corriendo entre otras, el riesgo de echar para atrás a gritos, lo que otros construyen con mucho esfuerzo, que es generar ese espacio de empatía con el que piensa diferente o con el que coincide con nosotros en los motivos, pero no comparte nuestra lucha o nuestra forma de protesta; y también porque tenemos que entender que la lucha es por la democracia, no en contra del que muchos denominan “indiferente”, o de aquel que, por la razón que sea, no nos acompaña en la calle. Tenemos que entender que a todos ellos, nos los tenemos que ganar con perseverancia e inteligencia.

Inteligencia como la que, por ejemplo, se desplegó ayer en la Plaza Brión de Chacaito, con la actividad promovida por los estudiantes y denominada: El que va ganando no tranca la mesa.

Gritarle al otro “despierta”, “reacciona”, “indiferente”, en lugar de sumar, resta.

Generar empatía, construir un espacio de lucha común y superar la tendencia al “drenando ando”, de cada uno de nosotros depende.

Una nota al margen, no tan al margen:

Como dirigente estudiantil que fui en mis tiempos universitarios, creo en los jóvenes de los liceos y de las universidades, creo en su capacidad organizativa, en su capacidad para analizar política y estratégicamente las luchas y trazar rutas creativas, acertadas y empáticas. Creo que son interlocutores válidos y valiosos para cualquier dirigente político de trayectoria, así se lo he hecho saber a algunos amigos que se me han acercado a plantearme la necesidad de “hablar con los muchachos” para “orientarlos”.

Porque creo en ello, cuando converso o discuto con alguno de ellos, los valoro como actores políticos que son y me dirijo a ellos de tú a tú, como pares, como ciudadanos que son, en ejercicio legítimo y valioso de sus derechos políticos y ciudadanos. Espero lo mismo de ellos y de cualquier ciudadano.

Con ellos, como con cualquiera de nuestros representantes electos, o los diversos líderes políticos que hoy tenemos, soy exigente, porque creo en un liderazgo político serio y diferente.

Creo que todos tenemos la responsabilidad y el deber de hacerlo, de tratarlos como líderes y ciudadanos que son, de plantarnos a su lado, de tú a tú, de discutir sobre lo que está sucediendo y la forma que están tomando las acciones de calle, todas, las que nos parecen creativas y las que consideramos pueden convertirse en un error; tenemos la responsabilidad y el deber de hacerles saber que hay muchas muestras de madurez, creatividad e irreverencia en sus acciones de calle, pero también que aún deben discutir más para consolidar la unidad de sus grupos, porque en estos días se aprecian algunas obvias divergencias.

Tenemos la responsabilidad y el deber de debatir con ellos y construir juntos la lógica y el tenor de esta lucha. 

Y tenemos la responsabilidad y el deber de exigirles a ellos, al liderazgo social y al político partidista, que se sienten juntos a debatir y a construir una salida política viable para Venezuela.