Frente a la provocación como política de Estado, hay que tomar partido

El país se ha convertido en una avalancha de noticias, desde hace 17 años.

La estrategia

Sí, no se trata de una novedad de este momento. Recuerdo que cuando todo ésto comenzaba, lo señalábamos en los análisis que hacíamos en la Red de Veedores, como parte de la estrategia del gobierno para disipar fuerzas, dispersar las iniciativas de organización y protesta y, en consecuencia, debilitar todo esfuerzo por articular grupos que hicieran oposición al modelo que trataba de instalarse desde el gobierno.

Sin embargo, ahora, la sensación de bombardeo, con la consecuente asfixia asociada, es más fuerte. Todos nos sentimos más agobiados, porque las noticias se tornan cada vez más espantosas y dolorosas, por el efecto acumulativo que nos indica que no se trata de hechos fortuitos y pasajeros, sino que forman parte de nuestra cotidianidad; y también porque nos llegan mucho más cerca o nos tocan directamente.

Las reacciones

La desesperación lleva a algunos a paralizarse y deprimirse, mientras que otros se aferran a sus creencias y rezan; a otros les da por solo quejarse y también están los que les da por reaccionar peleándose con todo el mundo, así como los que deciden convertirse en jueces y sólo se enfocan en buscar culpables; por otra parte, encontramos a los que deprimidos o no, buscan nuevas opciones de vida y emigran, y los que, por el contrario, deciden quedarse; algunos se organizan para para actuar, mientras que otros actúan sin organizarse; pero también nos encontramos con aquellos que no se dejan llevar por la desesperación y se enfocan en construir, aunque entre ellos están los que lo hacen sólo para garantizar su bienestar, los que lo hacen poniendo el énfasis en el bienestar colectivo y también los que combinan ambos en su empeño.

Seguramente quien lea, podrá identificar su estado de ánimo y tipo de acción, entre estas categorías y reconocer en ellas las de muchas personas de su entorno. Incluso, podrán sentir que se identifican a veces con una y otras veces con otras, pero todos nos podemos sentir retratados en este rompecabezas de emociones y acciones en que se ha convertido actualmente Venezuela.

La estrategia y sus tácticas

Pero más allá de la categoría con la que cada quién se identifique, lo importante es entender que el bombardeo de temas de agenda, de noticias y de asuntos, es una estrategia política con la que hemos convivido durante 17 años y con la que aún, no hemos podido lidiar exitosamente, a pesar de algunos esfuerzos -así sea de una parte del liderazgo y a veces puntuales-, por enfocarnos en fijar y mantener un abanico específico de temas de agenda y una ruta de trabajo.

Pero dentro de esa estrategia, hay varias tácticas. Una es la mentira, el falseamiento de la realidad para hacer creer que los reclamos del otro son sin fundamento. Otra táctica es banalización de temas y situaciones, intentando hacerlos, para los que no son críticos o los desconocen, irrelevantes y lograr así el mismo efecto. Una tercera es el amedrentamiento que está dirigido a demostrar poderío, mientras se trata de generar temor y en consecuencia impotencia. Y una cuarta, es el ataque directo que también está dirigido a demostrar poderío, abusando de mecanismos legales o modificándolos para justificar la acción, con lo que además, de generar indefensión en la población, se construye una institucionalidad paralela que permite y justifica acciones y abuso de poder posteriores.

A veces las acciones son directas y frontales, pero otras, se realizan desde el mundo de la contrainformación, en forma de rumor.

Todas ellas constituyen formas de provocación que tienen como propósitos: sacar de foco al otro, convertir respuestas políticas en emocionales, generar miedo e indefensión, a la vez que ganar espacio en control y reconstrucción institucional.

¿Por qué sigue siendo exitosa?

Pero esta estrategia sigue siendo exitosa, en nuestro caso, por un par de características de la ciudadanía y el liderazgo, que aún están demasiado extendidas y que nos hacen una sociedad poco madura cívica y políticamente.

La primera de ellas es la tendencia a aferrarse a un salvador como única forma de mantener la esperanza de cambio. Esta tendencia es una de las formas en las que se manifiesta el locus de control externo. En nuestro caso, por salvador se debe entender a una variedad de figuras que incluyen las religiosas.

En efecto, ante la adversidad política, algunos apuestan por la intervención de Dios y la Virgen, en el mejor de los casos encarnada en líderes de la iglesia que incluyen al Papa; otros encarnan su esperanza en un líder político específico -aunque en la mayoría de los casos no tengan idea de sus propuestas políticas-, o en la figura popular de turno que, aunque no pertenezca al ámbito político, consideran que pudiera salvarnos; otros siguen esperando que los militares –preferiblemente “institucionales”- aparezcan; y otros le asignan ese poder superior a instancias como la Asamblea Nacional o a mecanismos como la Carta Democrática.

La otra característica, es la manía de poner la reconstrucción del país en “stand by” y en panorámica, como si en lo que nos hemos convertido como país, no fuera nuestro reflejo como personas y producto de la dinámica de nuestras acciones y omisiones, de nuestra conducta ciudadana cotidiana, la de todos, todos los días, por lo que pareciera que estamos esperando que las cosas cambien, para que llegue el momento de reconstruir al país, donde sí vamos a participar.

Cuando Venezuela cambie, por ejemplo:

  • dejaremos de mirar con asco y menosprecio a la gente que no nos gusta porque es pobre o rica o porque tiene costumbres diferentes, por tanto, se acabará el resentimiento como forma de relación entre los venezolanos;
  • dejaremos de ver como enemigo al que piensa diferente y ante un espacio de debate, en lugar de pelear sin escuchar, trataremos de escucharnos e identificando los naturales desacuerdos, construiremos en común a partir de los acuerdos;
  • dejaremos de desconfiar del otro porque consideraremos que todos los intereses, salvo que violen los derechos humanos, son legítimos y que el arte de la convivencia y de la política, está en lograr construir acuerdos incluyéndolos;
  • dejaremos de comernos los semáforos, colearnos, utilizar nuestras redes para saltar procedimientos y requisitos, de pagar soborno o matraca para evitar una multa, hacer un trámite más rápido o tener un privilegio o beneficio fuera de las normas o la ley;
  • dejaremos de hacernos la vista gorda ante las arbitrariedades gubernamentales, sea cual sea la tendencia política del gobernante, o de si circunstancialmente nos “beneficia” o nos “conviene”; pero también dejaremos de hacernos la vista gorda ante la violación de derechos de terceros, así como, ante la violación de las normas por terceros, pensando que “eso no es problema nuestro”;
  • cumpliremos con nuestros deberes ciudadanos y reclamaremos cuando se nos violen nuestros derechos y los de los otros.

Estos, son sólo algunos ejemplos de conductas, que, de asumirlas en la cotidianidad, nos ayudarían a tener desde ahora, una Venezuela diferente, porque el país lo reconstruimos todos, en cada acción ciudadana, y en cada minuto de cada día.

Cada acción ciudadana incide en el cambio institucional y político del país

Pero hay otro nivel de cambio también necesario que, aunque no lo parezca, se construye cada día y al que, como ciudadanos podemos contribuir en primer lugar comprendiéndolo y en segundo lugar, sumando acciones concretas para abonarlo.

Se trata del cambio institucional y político que garantice que el país también tendrá un gobierno diferente y de evitar que el que venga, en lugar de seguir destruyendo, reconstruya institucional, económica y políticamente a Venezuela.

Muchas de las acciones necesarias que están en nuestras manos, como ciudadanos, son las descritas arriba, pero ellas deben estar acompañadas, al menos de otra: tomar partido. Sí, aunque a muchos les suene extraño o les pueda parecer contradictorio con lo dicho hasta el momento, les invito a que piensen que sólo a partir de reconocer las diferencias, podemos trabajar tomando como base las coincidencias y para ello, tenemos que definir, como ciudadanos, cuál es la Venezuela que queremos.

¿Ya tomaste partido?

No se trata de enunciar un par de frases con lugares comunes o vacías, sino de pensar en qué tipo de sociedad queremos vivir. ¿Qué tanto Estado y cuánto libre juego o mercado? ¿Estado para qué? ¿Qué tantos impuestos? ¿Cómo y en qué se deberían invertir? ¿Quién debe decidir qué y cómo relacionarnos con los que toman las decisiones? ¿Qué tipo de educación obligatoria y común queremos como ciudadanos? ¿Cuáles son nuestros derechos y nuestros deberes? ¿Hasta dónde llegan? (ésto por no hacer una larga lista)

Tomar partido nos permite saber qué queremos de nuestro liderazgo político y qué proyectos y prácticas son realmente compatibles y nos acercan a esa visión, y cuáles, por atractivas que nos parezcan en un momento, nos alejan de ella. Pero también, tomar partido nos permite identificar coincidencias y diferencias con nuestros familiares, vecinos y concuidadanos, para poder construir con ellos, a partir de acuerdos, una Venezuela en la que efectivamente nos veamos reflejados todos.

Pero, así como “salir de esto” o cambiar de gobierno, no son eventos mágicos o de efecto inmediato, tampoco lo son tomar partido, identificar acuerdos y diferencias con el otro, así como tampoco construir una Venezuela en la que efectivamente nos veamos reflejados todos.

Tomar partido es un evento personalísimo que requiere de la reflexión e investigación de cada quien, en el que puede ayudar conversar y discutir con otras personas para escuchar puntos de vista y aclarar y afinar ideas. También sirve acercarse a los partidos políticos existentes y aunque no se tenga como pretensión inscribirse en ellos para militar en sus filas (cosa que nos haría mucho bien al país, a los partidos y a los ciudadanos), puede ser de utilidad conocer a sus políticos y planteamientos para enriquecer las ideas propias y definirse.

Pero tomar partido, no es sinónimo de volvernos iluminados y portadores de la verdad, y como ya sabemos la Venezuela que queremos, y es fantástica, nos dedicaremos a convencer a los otros de que tenemos la razón. Es decir, tomar partido no significa que podamos cambiar la fórmula de “lograr el éxito por arte de magia”, por la imposición como forma de acción política y ciudadana. Eso, de lo que deberíamos estar cansados por las prácticas de estas últimas décadas, nos impediría pasar a construir con otros. Tampoco es sinónimo de desarrollar y presentar una excelente batería de argumentos que nos suenen convincentes para lograr el apoyo de otros.

Y construir viabilidad

La visión de construcción o reconstrucción política y ciudadana tiene que incluir la noción de viabilidad política que para muchos no es familiar y a otros tiende a sonarle a chanchullo.

Toda acción política debe ser viable para ser exitosa, toda estrategia y visión a largo plazo, también. Pero la viabilidad no es una propiedad de las acciones, estrategias o visiones, es una condición del momento y contexto en el que se plantea que se construye y que implica manejo del poder y entendimiento, y toma tiempo, depende de los actores y su capacidad de acción y de negociación, así como de su credibilidad y el apoyo con el que cuenten.

Analizar la viabilidad de nuestras propias acciones políticas, nos permite entender y diseñar estrategias para modificarlas, modificar la acción y las condiciones en las que se da para incrementar su viabilidad. Analizar las de otros actores, nos permite comprender y actuar en consecuencia.

Pero lo más importante, dejar de esperar al “salvador”, tomar partido y comenzar a actuar como nos imaginamos que lo haríamos en esa Venezuela en la que efectivamente nos veamos todos reflejados, nos aclara cómo analizar e incidir en la viabilidad política de las acciones de cambio que, como sociedad nos proponemos.

Dejar de volar ¿vértigo o comodidad?

Viendo cantar a Nina, mejor dicho, viendo como Nina se vacilaba la canción, la energía y significado que con cada frase expresaba y quería comunicar y como asomaba reiteradamente esa sonrisa irreverente y retadora; no podía dejar de recordar a San Feliz ayer, lo sucedido y las diversas explicaciones y pronósticos asociados, recordar las miles de quejas y llamados a la acción y reacción de otros de todos los días, los innumerables mensajes en torno al tema de moda en nuestra “apropiada” dinámica de polarización “¿es más valiente o responsable o patriota o útil, el que se va o el que se queda?”

Veía a Nina, recordaba que vivimos todo eso sobre una cama de horas de colas, de miradas de desconfianza, de caras de terror y paranoia y de llantos de desesperación y muertes, y me preguntaba:

¿en verdad, como país y como ciudadanos, queremos ser libres, o es demasiada la responsabilidad de asumir las riendas de nuestras vidas, de producir para afrontar nuestros gastos, de elegir probidad a la viveza?

¿Querremos descubrir que podemos volar y hacerlo, sin esperar que alguien nos cuente como se ve el mar desde el cielo o mueva las alas por nostros, para garantizar que no nos vayamos a pique?

Volar alto puede dar vértigo, pero a veces no se deja de volar por vértigo, sino por comodidad.

Vean a Nina Simone…

(Tomado en préstamo del muro de Kelly)

¡Menos mal, regresó la normalidad!

Leo algunos mensajes en twitter y facebook que advierten el peligro, o plantean el temor, de que la gente deje las calles y el país vuelva a la “normalidad“. También leo mensajes de algunos oficialistas que celebran, con la llamada “toma militar de Altamira“, el regreso a ella.

Quienes tienen ese temor, o esa satisfacción, dependiendo del caso, creo que no entienden que ésta, la dinámica de protestas y represión que vivimos, es la nueva normalidad” que tenemos y tendremos, es la única “normalidad” posible en la Venezuela “revolucionaria”, la única “normalidad” viable para garantizar la supervivencia de quién excluye y desconoce al que piensa diferente y sólo sobrevive cuando logra asfixiar, hasta desaparecer, toda disidencia.

Si cesaran las protestas o cediéramos la calle, lo que vendría no sería jamás una vuelta a una “normalidad” precedente. Ni a la pasada reciente que esperan algunos oficialistas, ni a la pasada remota que añoran y desean algunos opositores.

Lo que vendría sería una evolución de la “normalidad” que vivimos, que obviamente, representaría una involución mayor en nuestra vida republicana.

En esa “normalidad” seguiría profundizándose la crisis económica, las empresas seguirían quebrando, los anaqueles estarían más vacíos, las colas se harían más incómodas y recurrentes y la gente se pelearía por agarrar el pollo que le corresponde esa semana, de acuerdo a lo que dice su tarjeta de racionamiento.

Nuestros jóvenes seguirían emigrando, pero lo harían por tierra, ya que sería más difícil conseguir pasaje en los pocos vuelos que entren y salgan de Venezuela. Mientras tanto, los “enchufaos” de turno pasearían por el mundo con dólares preferenciales o haciendo derroche de recursos mal habidos.

La delincuencia seguiría desatada, pero sentiría el reimpulso de la impunidad renovada, que le daría haber sido protagonista y artífice del éxito oficialista, a puños y tiros, en algunas de las batallas de esta guerra que el gobierno tiene con el pueblo. La Guardia Nacional y la Policía Nacional seguirían en las calles, en las salidas de los metros, en las paradas de buses, en las puertas de las universidades y en las esquinas, “sembrando paz“, requisando a todo el que circula y susurrando temor a sus oídos para que no se le ocurra pensar diferente.

Las cárceles seguirían en franco deterioro y los presos, políticos y no políticos, hacinados y con sus derechos humanos violados, frente al descarado y creciente privilegio que seguirían teniendo los pranes y sus mafias.

Las escuelas seguirían, algunas en terribles condiciones y otras remachadas y retocadas, pero en todas los docentes se verían obligados a aprender y replicar la religión-política, que coloca a Hugo Chavez a la derecha de Dios Padre, o en su lugar, según sea la tendencia.

Los hospitales seguirían sin insumos y las colas de enfermos esperando tratamiento u operaciones, crecería en medida inversamente proporcional a sus esperanzas.

En su esfuerzo por apagar toda opinión libre y disonante, veríamos más intentos de borrar la presencia de las voces disidentes en la Asamblea, allanando la inmunidad parlamentaria de nuestros diputados e imputándoles cargos de traición a la patria por defender nuestros derechos; también seríamos testigos todos los días, de esfuerzos para anular la acción de las personas y organizaciones encargadas de defender los derechos humanos; seguiría la confiscación del poder de las instancias de gobierno de los Estados y Municipios donde no ganó el oficialismo, a través de la reducción de sus presupuestos y de la instrumentación de mecanismos inconstitucionales de “gobierno” paralelo; y continuaría la expansión del monopolio gubernamental de los medios de comunicación, aumentarían las horas de amenazas e insultos en cadena nacional y se incrementaría la mordaza que se impone a periodistas y medios que se atreven a contar al país o al mundo, algo de lo que aquí realmente sucede.

Los empleados públicos seguirían siendo obligados a bajar la cabeza, a vestirse de rojo y a profesar lealtad a la “revolución” apoyando sus actos públicos y privados; terminaríamos de entregar la soberanía y el petróleo a Cuba y tendríamos comisarios políticos y soplones, cubanos y venezolanos, por todos lados. Crecería el número de “beneficiados” por las misiones, pero, por falta de recursos, su instrumentación apelaría a un método de asignación intermitente que dejaría a todos con la esperanza de que su cheque o su beneficio, saliera efectivamente en la tanda siguiente.

En esa evolución de la “normalidad” revolucionaria, se seguiría tejiendo, con la práctica, una instrumentación de la Constitución a la medida, que terminaría violando toda letra que resultara incómoda a la “revolución“; la renovación de los poderes públicos se haría con la señal de costumbre, dejando en los cargos de confianza a los que corresponda, según lo largo del enroque, o a nuevos militantes, tan leales a la “revolución” o más, que sus ocupantes precedentes.

En ella, el odio y la división se profundizarían y el enfrentamiento sería convenientemente callado, por el terror de las armas.

Aparentemente, nada cambiaría, pero todo sería progresivamente diferente.

Así que con la normalidad que tenemos o con la que le seguiría, en la lógica “revolucionaria“, sería imposible volver a algo que se le pareciera a la “normalidad” que unos desean o la que otros recordamos, con o sin nostalgia, porque el pasado, es pasado y ya no vuelve y porque la única “normalidad” posible con esta “revolución” es una que esté alineada a sus ideas y alineada con la sumisión.

Sin embargo, si asumimos al presente y al pasado como oportunidades de aprendizaje, hay una “normalidad” diferente, que sería posible y que, entre todos, podemos construir y hacer viable.

Una “normalidad” en la que Venezuela sean en efecto una República, con ciudadanos responsables y gobernantes, eficaces, eficientes, probos y éticos; con una institucionalidad, en teoría y práctica democrática; un país productor, próspero y creativo, con un Estado que garantice los derechos de todos, sin distingo, que trabaje a fondo por eliminar las desigualdades y la división social y que se encargue de promover una elevada calidad de vida para todos.

Construir esa “normalidad” requiere tiempo, dedicación y esfuerzo, entrega y sacrificios; requiere mantener nuestra voz de protesta, y simultáneamente, reconocer, respetar y aceptar al otro, para iniciar un cambio profundo juntos; requiere, en la intimidad, revisarnos en detalle y dejar los viejos hábitos que constituyen la “viveza del venezolano“; requiere salir a la calle día tras día a ser y construir un país diferente.

Que tengamos una u otra “normalidad“, de nosotros depende.

¡Nos vemos en la calle!

PS: Tal como dicta la “normalidad” y por sugerencia de algunos lectores, hice unos cambios en la “vista” del blog, pero las limitaciones de las plantillas disponibles, no dieron los resultados esperados, así que seguiré buscando opciones y mientras, disculpen el grotesco tamaño del encabezado y de las letras.

Guerra asimétrica como política de Estado

Cuando dos grupos están en conflicto y uno de ellos utiliza estrategias de guerra para la confrontación, estamos en guerra.

En nuestro caso, aunque no queramos asumirlo, el gobierno nos tiene sumidos en una descarnada guerra, una salvaje guerra asimétrica: Paramilitares, GNB y PNB, contra ciudadanos en protesta pacífica.

Opositores al gobierno convocan una manifestación y el gobierno convoca otra. Los opositores anuncian que se trata de una marcha con un objetivo y una ruta determinada, el gobierno, haciendo alarde de su total abuso de poder, no sólo niega el permiso para transitar por esa ruta, sino que convoca su manifestación hacia el mismo punto, o hacia uno que resulte más emblemático para demostrar que sus partidarios tienen pase de cortesía hasta para Miraflores, mientras que todo el que se le oponga tendrá el paso restringido o bloqueado.

Para “neutralizar” la capacidad de movilización de la oposición, el gobierno anuncia la toma de espacios públicos y realización de conciertos, pero también dice, sin que medie pudor alguno, que para manifestar, un municipio caraqueño gobernado por un alcalde de su tolda política, es espacio vedado para la oposición.

Cuanto más restricciones se imponen desde el poder, más manifestaciones convocan y realizan los opositores. El gobierno, para completar su cerco, decide sin motivo, cerrar buena parte de las estaciones del metro para evitar el traslado “inconveniente” de quién quiere protestar en estos momentos.

Pero esta dimensión de la guerra asimétrica tiene otra terrible cara. En las manifestaciones pacíficas de los opositores, ante cualquier excusa y sin previo aviso, la GNB desata una lluvia de gases lacrimógenos de diverso tipo.

Si, ante la lluvia de gases, a los opositores no les da por salir corriendo, les salen también sus dosis de perdigones, aderezados con metras o a disparados a quemarropa.

Pero como la represión no es sólo labor de la GNB o de la PNB, es muy común que las manifestaciones sean agredidas por los grupos paramilitares afectos al gobierno, que hemos visto en innumerables oportunidades protegidos y escoltados por la GNB.

En los enfrentamientos resultantes de la represión a las manifestaciones, muchos periodistas son agredidos y su material es decomisado, para que ni el país ni el mundo se enteren, de primera mano y de buena fuente, lo que aquí ocurre. Algunos han sido detenidos y otros están amenazados por la violencia de los grupos paramilitares.

Estos periodistas, por cierto, como parte de esa guerra asimétrica, tienen restringida también su libertad para informar, ya que la mayoría de los medios de comunicación han pasado a estar controlados por el Gobierno, algunos de los que no están totalmente controlados, se aplican autocensura, y porque las restricciones, como la de no otorgar los dólares para la compra de papel con el que se imprimen los periódicos, ha hecho que varios medios hayan tenido que cerrar y otros, disminuir a su mínima expresión sus versiones impresas.

Pero como si eso no fuera poco, los medios también son acusados de conspiración por el gobierno, y en más de una oportunidad han tenido que enfrentar denuncias ante los tribunales.

Como colofón de la guerra asimétrica en su dimensión comunicacional, es importante recordar que mientras la oposición hace maromas para poder comunicar lo que aquí sucede, utilizando fundamentalmente, SMS, internet y las redes sociales, el gobierno, haciendo alarde de todo su poder y control, realiza interminables cadenas de radio y televisión en las que presenta, no sólo su lectura de la historia, sino su versión de lo que sucede en la cotidianidad, a modo de “historia contemporánea oficial“, aprovechando para insultar y amenazar, para no perder la costumbre, a todo el que ose manifestar o pensar diferente.

En las últimas semanas, tal como sucediera el 11 de abril de 2002, esas cadenas casualmente coinciden con una fuerte embestida de los grupos paramilitares o de la GNB y la PNB a algún grupo de manifestantes, de los que se mantienen a toda hora en las calle haciendo ejercicio de sus derechos políticos.

Esta guerra asimétrica, hasta la fecha, ha tenido cientos de heridos, más de dos decenas de muertos -varios de ellos por tiros en la cabeza-, y muchos detenidos, de los cuales, muchos también han sido torturados. Las cifras con detalle y precisión las llevan actualizadas las organizaciones de defensa de los derechos humanos que han hecho un magnífico y duro trabajo en estos difíciles años y especialmente en estas últimas semanas.

A los jóvenes que protagonizan las protestas, se les persigue, golpea y detiene.

Cuando cae la noche y hasta la madrugada, los grupos paramilitares y la GNB arremeten contra diversos espacios en los que los manifestantes se mantienen haciendo resistencia y como consecuencia del uso ilegal y desmedido de la fuerza, muchos niños y ancianos son afectados, así como todos los ciudadanos que se encuentran resguardados en sus hogares y no están participando de ninguna forma en la protesta. En estas arremetidas se practican allanamientos sin orden judicial, que son ilegales y también violan los derechos humanos de los ciudadanos.

Para rematar este dantesco panorama, ayer Nicolás Maduro, anunció que emplearía “medidas drásticas” para extinguir las protestas. Así el gobierno asume con firmeza su declaración de guerra a quién ose disentir y reclamar y como debe ser poco asimétrica a sus ojos esta guerra, promete darle mayor intensidad.

Pero es menester recordar que esta guerra asimétrica no comenzó el pasado 12 de febrero, ni el 2 o el 4, en respuesta a las manifestaciones de los estudiantes, esta guerra de los violentos contra el país, tiene ya varios años, ha evolucionado en intensidad y forma y se ha nutrido, por una parte, con el discurso incendiario y de odio que han empleado desde antes del inicio de esta etapa, sus voceros, comenzando por el ex-presidente Chavez que desde su campaña electoral, en 1998, profería amenazas contra los políticos del estatus quo; que posterior a su toma de posesión, desde la presidencia, se encargó de insultar y amenazar al sector con el que se planteara el conflicto de turno, incluyendo a la iglesia, para mantener la efervescencia de su mandato.

También se ha nutrido de la promoción del enfrentamiento permanente utilizado como táctica para fomentar la división nacional. Esta tuvo como uno de sus primeros eventos y seguramente ya olvidado por muchos, cuando por televisión, Chavez increpó a Elías Santana, como representante de las organizaciones de la Sociedad Civil en ese momento, a encontrarse, cada uno y frente a frente con su “Sociedad Civil” en una esquina y así medir sus dimensiones y fuerzas.

Pero uno de los alimentos más funestos de esta guerra, ha sido el visto bueno que el gobierno le dio a sus grupos de choque, de “liberación” o de guerrilla, y ahora autodenominados “colectivos”. A esos grupos, totalmente irregulares en la lógica institucional de un Estado, el gobierno, desde sus diversos frentes, los promovió, armó, apoyó y hasta les ha dado informalmente “competencias”, en cadena nacional, para “resguardar el orden”.

Estos grupos paramilitares, que tienen mucho tiempo operando y organizándose a la sombra y con el visto bueno del gobierno, tuvieron como precedente de anuencia para actuar en la calle, en contra de las manifestaciones opositoras, en el 2002, el día que los grupos armados dirigidos por Lina Ron se apostaron frente a una manifestación opositora que protestaba pacíficamente a las afueras de la sede del TSJ, y ante los ojos de la policía y la guardia, la atacaron para sacarla de allí.

Estos grupos paramilitares, se han convertido en el soporte del gobierno y, cada vez mejor armados y organizados, han sido protagonistas también del incremento de la inseguridad en el país y corresponsables de los más de 200.000 asesinatos que hemos tenido en los últimos 15 años. (*)

Estos grupos gozan de total impunidad, ante la mirada cada día menos incrédula de la población.

Impunidad para los paramilitares, como para los pistoleros de Puente Llaguno en el 2002, mientras quién disiente puede tener garantía de cárcel, a pesar de que no medie, para ello, un juicio justo o apegado a derecho. En algunos casos hemos visto con total indignación, como frente a un abuso de poder y violación de los derechos humanos de algún manifestante, el brazo judicial del gobierno en esta guerra asimétrica, termina incriminando a las víctimas y endilgándoles algún delito para garantizar su juicio y potencial condena.

La criminalización de la protesta es también una táctica empleada en esta guerra asimétrica del poder contra la población.

Actualmente, el brazo judicial del poder, tiene el descaro de ordenar a algunos Alcaldes el desmantelamiento de las barricadas ubicadas en sus municipios, omitiendo la que debería ser una orden, sino previa, simultánea, al gobierno nacional, de desarmar a los grupos paramilitares autodenominados colectivos.

Pero la asimetría de esta guerra, en la dimensión judicial, no se restringe a la impunidad de unos y la incriminación de otros, sino que se extiende al mundo de los privados de libertad.

Ya son conocidas por todos, las precarias condiciones en las que se encuentran las cárceles venezolanas y el terrible hacinamiento de los privados de libertad, pero, esta situación por una parte, contrasta con los privilegios que reciben los pranes que en ella habitan y a los que, en muchos casos, el gobierno ha cedido de hecho el control de las cárceles; y por la otra, se hace peligrosamente grave con el trato vejatorio e inhumano al que son sometidos algunos privados de libertad cuyos casos están vinculados con hechos políticos y que, han tenido como consecuencia el riesgo de la salud y hasta de la vida de los mismos. Esta situación en las prisiones, contraviene a todas luces, lo establecido en las convenciones sobre derechos humanos de los privados de libertad.

Pero la progresión de esta guerra asimétrica, tiene muchas otras dimensiones.

Una de ellas se manifiesta, específicamente en los momentos electorales. En esos casos y a lo largo de todo el proceso electoral, hemos estado en presencia de tácticas de guerra asimétrica en las que el gobierno hace uso descarado de los recursos públicos para garantizar la penetración de su campaña por todos los medios -inclusive utilizando regalos masivos de bienes e insumos con la pretensión de obtener votos- y la movilización de los votantes a los centros el día de las elecciones.

Esta movilización, por cierto, está acompañada de una logística previa y en el momento de la votación, que incluye la ubicación de personas, con nombre y apellido y lugar de residencia, el despliegue de una red de búsqueda y traslado a los centros de votación y el pase de asistencia, con firma del votante incluida en los kioskos denominados “puntos rojos” que se ubican en las cercanías de los centros electorales, y también, la vigilancia del votante en el momento de emitir el voto, para que no se “confunda” en su elección.

Estas tácticas electorales son complementadas con las amenazas de rigor, para que los funcionarios públicos y los beneficiarios de las misiones asistan a los actos de campaña organizados por el gobierno; para que, en el momento de la votación, no se quede ninguno de los de sus listas sin votar; y para los quienes tengan preferencia por opciones diferentes a las del gobierno, no puedan ejercer su voto libremente.

A lo largo del día, estas tácticas electorales son acompañadas por acciones de amedrentamiento protagonizadas por los grupos paramilitares del gobierno, que en sus motos recorren las ciudades y que, en horas de la noche, cuando no se han cerrado las mesas o se comienzan a realizar los escrutinios, se apostan afuera de los centros electorales para atemorizar a votantes, testigos y miembros de mesa.

Otra dimensión en la que se observa la progresión de esta guerra asimétrica, es en desarrollo institucional del Estado. En esta dimensión se conjugan múltiples tácticas que se entrelazan con otras dimensiones. Pero específicamente, es importante mencionar la violación permanente de lo establecido en la legislación que establece las bases y las reglas del juego institucional en Venezuela, comenzando por los convenios sobre derechos humanos y por lo establecido en la propia Constitución.

Si nos ponemos a enunciar las violaciones y distorsiones que hemos presenciado en estos 15 años, la lista sería larga. Pero quizá baste como ejemplo, con citar a una de las más ilustrativas de la distorsión institucional que se deriva de esta nefasta práctica, que es la aprobación de un plan de la nación que, en lugar de constituir un proyecto para un país que debe garantizar inclusión y pluralidad política, tal como se establece en la Constitución, se convierte en un instrumento para desarrollar un proyecto partidista específico, el proyecto del partido que se encuentra ejerciendo el gobierno.

Las violaciones registradas en este campo, son agravadas por una instrumentación recurrente del mecanismo habilitante para dejar en manos del poder ejecutivo la elaboración y modificación de los textos legales, desplazando del debate de los representantes del pueblo, electos en cada Estado, y traspasando al ejecutivo el poder para legislar. Y también por una distorsión de la dinámica natural de los espacios parlamentarios, cuando se trata de neutralizar el trabajo de los diputados de los grupos opositores y de todo diputado que disienta del poder establecido, con prácticas vejatorias y antidemocráticas que han incluido restricciones en el derecho de palabra, insultos, abucheos por parte del público presente en las sesiones de la Asamblea Nacional, amenazas y hasta agresiones violentas por parte de otros parlamentarios o de individuos ajenos al parlamento que entraron con la anuencia de la directiva de turno de ese poder.

En esta dimensión, por cierto, se han dado tácticas que se cruzan con la dimensión comunicacional de esta guerra, cuando se ha limitado la entrada a algunos medios y periodistas para cubrir las sesiones de discusión en la Asamblea Nacional.

Son 15 años de una instrumentación progresiva de tácticas y mecanismos que han terminado sumiendo a Venezuela en una terrible guerra asimétrica que tiende a agudizarse en estas últimas semanas con la salida permanente de la población a protestar en las calles y el empeño del gobierno de arremeter contra ellas, en lugar de buscar mecanismos para el entendimiento nacional y la solución a los múltiples problemas que dan origen y sustento a estas protestas.

Frente a eso, por cierto, algunos se preguntarán por la actuación de los otros poderes públicos en los que se debería sustentar la defensa del pueblo y la preparación de los casos en los que se deberían enjuiciar a quiénes comenten delitos y violan los derechos humanos de la población.

Bueno, nuestra historia en esa dimensión está marcada por notable inexistencia de división entre los poderes públicos que hace que la Fiscalía actúe como un instrumento del ejecutivo para dar forma a la criminalización de la protesta y de la disidencia y que la Defensoría pretenda actuar como Fiscalía en algunos casos, pero que termine actuando como Procuraduría en todos, pero en lugar de defender al Estado, se comporte como el abogado defensor del partido de gobierno y sus prácticas de abuso de poder. Para corroborar ésto, basta con escuchar la presentación reciente del informe de la Defensoría del Pueblo sobre las denuncias hechas por las organizaciones que defienden los derechos humanos y ver cómo dedicó gran parte de su intervención a presentar “la historia oficial” de los hechos, y no la información que sustenta los casos de violación de los derechos humanos de los ciudadanos.

Aún faltan por mencionar otras dimensiones en las que se desarrollan y se han desarrollado, durante estos 15 años las tácticas que han sustentado y nos han llevado a este estado de guerra asimétrica. Sin embargo, mencionarlas todas haría demasiado extenso este escrito.

No obstante, hay una dimensión en la que la asimetría de esta guerra, a pesar de estar en su contra, juega a favor de los opositores, esa es la dimensión de las acciones de calle, y aunque parezca paradójico viendo lo que sucede, juega a favor, cuando la ventaja se expresa en otras unidades, porque frente al poderío de las armas del gobierno, frente al constante abuso de poder y la impunidad de los grupos paramilitares, se yergue inteligencia y persistencia incansable de jóvenes estudiantes, liceístas y universitarios; la creatividad de artistas que ponen su grano de arena para promover la reflexión en las calles; la insistencia de los ciudadanos indignados y cansados del descalabro institucional, económico y político en al que se ha llevado el país y el empuje de un liderazgo político que se reconstruye en medio de este proceso, todos ellos, con sus errores y sus aciertos, con sus malas y buenas tácticas, dan un espacio de respiro a la esperanza.

Pero para que este espacio de respiro no se asfixie, requiere revisarse y emprender una ruta de encuentro, desde las bases y con total humildad y reconocimiento del otro, con quiénes, desde otras historias de vida y por razones totalmente valederas, se aproximan a la dinámica del país, desde otra perspectiva, con otras prioridades y otras tácticas.

#SOSVenezuela

(*) Aquí encontrarán una progresión de las cifras de fallecidos por año.

¡Las cartas están echadas!

Cuando, como ahora, las bajas pasiones y nuestros demonios personales y sociales se exhiben, tendemos naturalmente a sentirnos ajenos a lo que sucede y a perder la esperanza.

Sin embargo, eso que puede resultarnos decepcionante, vergonzoso y desesperanzador, es lo mejor que nos pudo haber pasado, porque aunque lo rechacemos, nos resulte ajeno y lo veamos contrario a nuestra naturaleza ciudadana y social, eso, lamentablemente también es parte de la Venezuela que somos. Es nuestra cara oculta, nuestra configuración oscura. Una configuración que, hasta ahora, estaba visible sólo en algunos, pero que,  obviamente, estaba latente en muchos otros. Esa, en estas circunstancias, afloró y lo hizo en magnitudes preocupantes.

Digo que es lo mejor que nos pudo haber pasado, porque las sociedades, esencialmente, muestran su naturaleza de forma engañosa. Manifestan unas creencias, exhiben una cualidades y simultáneamente, ocultan otras. Las que se exhiben forman parte de los rasgos predominantes y socialmente aceptados. Pero a veces, hay unas para las que, la forma en la que se exhiben puede también resultar engañosa, haciendo que sean socialmente aceptadas conductas que encierran o se sustentan en rasgos socialmente cuestionados, por lo que, cuando aflora su naturaleza y se expresan de la forma más burda, resulta altamente esclarecedor sobre lo que tenemos y queremos como sociedad.

Es como la utilidad de los “espejos de aumento”: en ellos se ve magnificado lo que nos gusta y queremos ser y también lo que rechazamos y no queremos en nuestras vidas.

En nuestro caso hay rasgos que siempre estuvieron ahí, lo que sabemos incluso por el uso de algunas costumbres y refranes, que ahora están mostrándose en su peor manifestación.

¿Ejemplos?

“Se acata pero no se cumple” por mencionar el más nombrado, que, a la vez, es el más utilizado por la mayoría, independientemente del color político, cuando se está frente a un desacuerdo. O entre las prácticas, la “viveza del venezolano”, utilizado por muchos también.

Pero ¿qué cosas podemos identificar en lo que nos está sucediendo? Desde mi punto de vista, creo que las más relevantes serían:

1. Falta de probidad.

2. Locus de control externo.

3. Baja estima y desconfianza.

4. Falta de pertenencia.

5. Menosprecio al conocimiento – superficialidad.

6. Menosprecio al trabajo y a la impecabilidad.

Éstas dan origen, entre otras, a la baja cohesión social, al desconocimiento y falta de reconocimiento del otro; a la baja productividad; a la desesperanza aprendida; a la prepotencia y la chapucería; y a esa mezcla de oportunismo, facilismo, miedo, anomia y sumisión que se ha expresado con mucha fuerza últimamente.

Ésta Venezuela que vemos que también somos y que ahora podemos reconocer claramente que no queremos ser, nos da todas las pistas de la tarea pendiente si de verdad apostamos por una Venezuela con la que nos sintamos identificados y en la que queramos vivir.

Y ahora te pregunto:

1. ¿Cuál de los rasgos que rechazas, sientes que puede estar presente o que ha formado parte de tus prácticas ciudadanas en el pasado o en el presente?

2. ¿Crees que Venezuela somos todos? Si es así, ¿Qué crees que tenemos que hacer para constituirnos en una Nación?

3. ¿Crees que para que el país cambie los otros, los que actúan como no te gusta, son ellos, sólo ellos los que deben cambiar?

4. ¿Crees que una Venezuela diferente se construye sólo cambiando de gobernantes? Si no lo crees, ¿con cuáles cambios estás dispuesto a contribuir como ciudadano?

5. ¿Cuánto tiempo crees que nos tomará tener una Venezuela unida, proba, responsable, comprometida y productiva?

6. ¿Ya metiste la acción ciudadana para reconstruir a Venezuela como parte de tu agenda? ¿Cuántas horas pretendes dedicarle y en que piensas emplearlas?

7. ¿Cuántas personas que piensan y actúan diferente forman parte de tu familia y de tu círculo de amigos? ¿Cómo piensas hacer para reconstruir tus relaciones con ellos y para ampliar ese círculo? ¿Cómo piensas hacer para dejar de pelear con ellos y encontrar espacios en los que se pueda restablecer la confianza, el afecto y dónde se puedan comenzar a construir algunos acuerdos?

Hay diferentes dimensiones y niveles en la reconstrucción de Venezuela, pero el cambio no será posible, ni duradero, si no trabajamos la dimensión humana y social cotidianamente, nosotros mismos.

Esa es nuestra responsabilidad.

¡Yo la asumí!

¿Tú estás dispuesto a asumirla?

¡El momento llegó!

Hora de mi receso vespertino, para variar lo uso para ponerme al día con las noticias del momento, veo con tristeza y preocupación que la situación tiene el mismo tenor que ayer, por lo que, para poder volver al trabajo, con la necesaria concentración, uso la escritura para expresarme. Algunos ya leyeron buena parte de ésto mientras lo escribía en twitter, pero para quiénes no lo hayan leído o para quiénes prefieran verlo completo y revisado, publico este post.

¡Buenas tardes #Twitterlandia!

Hoy era un día para amanecer chalequeando a los caraquistas o sólo concentrada en la llegada de mi hermanita que viene a visitarnos después algún tiempo de haber tomado la decisión de establecer su vida en otros predios, donde estuviera garantizado el derecho a la seguridad y a la vida.

Sin embargo, en Venezuela y en estos tiempos, los motivos de felicidad siempre están acompañados por otros que indignan y preocupan: Venta de leche y azúcar por cucharadas; guarimbas y “protestas” montadas artificialmente para impedir la manifestación de otros, acompañadas de amenazas y amedrentamiento, todo ello protegido por quienes tienen el deber de garantizar los #DDHH de todos (que si a ver vamos, si coinciden manifestaciones de protesta, que coincidan y coexistan, que el derecho a la protesta sea ejercido por todos y garantizado por los órganos de seguridad del Estado y no que la protesta sea criminalizada o protegida, dependiendo de a quién beneficie su presencia) y para rematar, la continuación de la guerra del miedo, ahora empapelando del centro de la ciudad con estos afiches, en los que se pretende convertir en “enemigos” de la gente y “culpables” de lo está sucediendo, a los principales líderes de la oposición (@hcapriles, @MariaCorinaYA y @leopoldolopez).

Racionamiento, abuso de poder y amedrentamiento, dibujan un claro ambiente de promoción de la violencia que sólo hace sonreír a los que se valen del miedo para conservar el poder, o a los que se aferran a todo lo que pueda prefigurar una salida mágica que les devuelva el poder perdido o que restablezca un “orden” añorado.

A algunos de ellos, los podemos identificar por sus claros discursos y a otros, porque tienen semanas llamando a la abstención desde el anonimato o haciendo gala de su acostumbrada práctica de sólo reclamo y no acción, en una computadora ubicada en el país o cómodamente en el exterior.

Pero quienes promueven la violencia para justificar o provocar sus salidas deseadas, sólo tendrán éxito si les hacemos el juego, sólo si caemos en la dinámica de la violencia, el miedo, el ensañamiento y la confrontación.

De nosotros depende el camino que tomemos.

Aunque no lo parezca, éste es un momento crucial, el momento de tomar partido, el momento de asumir un rumbo y sostener la decisión; el momento de decidir si le hacemos el juego a los que sólo entienden la violencia y el enfrentamiento como forma de coexistencia, o si optamos por la construcción de una Venezuela diferente, que sea de verdad incluyente, en la que todos, a partir de las diferencias que existen y que tenemos que reconocer y respetar, construyamos un espacio de convivencia.

Venezuela, aunque le disguste a algunos, debe ser hogar para todos, y todos que tenemos el deber y oportunidad de hacerla posible.

¡Este es un momento de definiciones, toma tu decisión y actúa en consecuencia!

La barbarie que nos ha alcanzado

Ayer, Caracas amaneció trancada, para variar.

Esta vez, la causa era una gandola que, ignorando o desconociendo, la regulación de altura del puente de Los Ruices, se empotró y quedó atascada. Esa fue la versión inicial de una de las más terribles noticias que hemos presenciado en nuestra historia contemporánea.

Un poco más tarde, supimos que las autoridades se estaban haciendo cargo de la congestión y estaban organizando la extracción del vehículo atascado. Poco después nos enteramos de que, antes de llegar las autoridades, un grupo de “necesitados” se habían dado a la tarea de “saquear” la carga del camión, mientras un grupo de malandros, se ocupaba de atracar a los carros que quedaron atrapados en la tranca.

Hasta ahí, la noticia era realmente inaceptable e indignante para cualquier persona con un mínimo de espíritu cívico o que se precie de llamarse ciudadano. Pero ahí no quedó la noticia. Posteriormente, nos enteramos que, mientras ocurría el saqueo, el conductor estaba muerto, o aún muriendo, en la cabina.

En esta foto publicada en su cuenta por @dnnymdn podemos ver como los saqueadores tenían que subirse a la cabina para poder robarse la mercancía. Literalmente, tenían que montarse en los hombros del conductor y pisarlo, contribuyendo con la presión de la carga que le ocasionó la muerte.

¿Qué le pasó a esa gente que no fue capaz de conmoverse y tratar de sacar al conductor antes de iniciar su destemplado saqueo? ¿A dónde carajo fue a parar la incondicional solidaridad de los venezolanos?

Muchas fueron las reacciones de indignación ciudadana que pude leer en las redes -no así, por cierto, las de dirigentes políticos y las autoridades-. Muchas, aunque, para la importancia de lo sucedido, absolutamente insuficientes. Finalmente, frente a la parálisis colectiva, nos alcanzó la barbarie.

Mientras trataba de procesar lo sucedido, y comentaba una nota publicada por la actriz Carlota Sosa en su muro de Facebook, se plagó mi memoria de escenas que me permitieron recordar que esa barbarie que vimos expresarse ayer, existía en el país hace más de 20 años. Entonces, era sólo una minúscula partícula de barbarie latente que mostraba su cara todos los jueves en las puertas de la UCV, ante la mirada atónita e indignada de buena parte de la comunidad universitaria, siempre de mano de la capucha que ocultaba a alguno de los que hoy nos gobiernan.

Con frecuencia secuestraba y saqueaba camiones de pollo; amenazaba a transeúntes, policías y estudiantes, por igual; y afortunadamente, no con tanta frecuencia, aunque demasiada para mi gusto, se llevaba la vida o la salud de alguien, en la punta de una bala. A veces se trataba de uno de los suyos que “utilizaba como carne de cañón” y quedaba atrapado en medio del fuego en algún enfrentamiento, otras, las más terribles, se trataba de algún inocente que se atravesaba la trayectoria de las balas, sin querer. Por cierto, uno de los sitios preferidos de “manifestación” de estos bárbaros, era la entrada de la UCV que llevaba al clínico.

Esa minúscula partícula de barbarie, tenía sus réplicas en la UDO, en LUZ y en la ULA -los principales o preferidos espacios del “foquismo” “revolucionario” que vivimos en décadas pasadas- desplegaba llamaradas en sus reiteradas quemas de cauchos y se paseaba por las manifestaciones estudiantiles con sus morrales llenos de bombas molotov, esperando la orden de su “dirigencia” para romper filas, torcer la ruta de la marcha y provocar el tan ansiado y “revolucionario” “enfrentamiento” con la policía.

Todos conocíamos sus intenciones y, por supuesto, su existencia. Algunos se hacían la vista gorda por miedo, otros por complicidad o conveniencia y unos pocos, los confrontábamos sin tapujos en las reuniones nacionales de coordinación de las instancias de representación estudiantil, en las asambleas nacionales, o en las “ocultas” reuniones de “factores políticos” que se daban paralelas a las oficiales, antes de las marchas, en las que siempre la “negociación” se planteaba en los convenientes términos: “si la marcha pasa de tantas personas, seguimos hasta el ministerio”

Esa minúscula partícula de barbarie que se expandía por momentos para luego volver a su acostumbrada latencia, tuvo su máxima expansión en febrero de 1989 cuando presenciamos el horror de la violencia y el saqueo generalizado, pero recibió luz verde desde el inicio del gobierno pasado, cuando el recién electo presidente Hugo Chavez, dijo en los Próceres que estaba bien robar, si se hacía por necesidad y continuó su “oficialización” con el espaldarazo dado a las organizaciones armadas, “frentes liberadores”, colectivos y malandros en general, que hacen vida -“política” y delincuente- a plena luz, bajo la mirada cómplice y alcahueta de los organismos de seguridad del Estado y de las instancias de gobierno con competencia en la materia.

Esa que fue sólo una minúscula partícula de barbarie latente; hoy, expandida, desplegada y apoyada, contamina nuestra cotidianidad y nos resquebraja de tristeza los ojos del alma.

Mientras trataba de procesar lo ocurrido, también leí una publicación en el blog “Panfleto Negro, titulada: “Apuntes sobre la humanidad, o la falta de que desde aquí pueden leer y recordé una publicada en la madrugada del 9 de diciembre de 2009, en mi antiguo blog Ciudadanía Política“, a raíz del asesinato de un estudiante, que a continuación les copio.

miércoles, diciembre 09, 2009

Intentando exorcizar el escalofrío de la violencia

A la memoria de Gonzalo Jaurena y
de Jesús Eduardo Ramírez Bello,
dos caras de una triste moneda

 

Días como hoy hacen presente el escalofrío sentido cuando nos enteramos de la “masacre de tazón” en 1985, el mismo sentido unos años más tarde cuando la policía detuvo manifestando a Gonzalo Jaurena, lo torturó y devolvió a su familia asesinado.

El escalofrío que en esa época sentimos muchos, ante la terrible muerte del “Hippie” quién fue víctima de sus amigos, los encapuchados, que lo entusiasmaron, a quiénes inocente y románticamente acompañó, y quiénes, sin proponérselo, le quitaron, de un tiro, la vida.

El mismo que también sentimos, cuando un salvaje pesado merideño, cegó de un tiro la vida a un estudiante, sólo porque se atrevió a orinar en la esquina de su casa.

O también el sentido cuando fuimos al Congreso Nacional y coincidió nuestra visita con la denuncia de unos torturados por razones políticas, quienes mostraban a Diputados y Senadores sus torsos morados, porque fueron molidos a coñazos en la DISIP.

También fue el mismo escalofrío sentido cuando nos apuntaba una pistola de la DIM a la cabeza, mientras un agente de civil nos pedía la cédula y nos dejaba seguir porque, creemos nosotros, no cabíamos en el Jeep en el que se llevaron detenidos a 4 de nuestros compañeros, que por largas horas no existían para los cuerpos de seguridad y sólo supimos dónde estaban detenidos, gracias a la amable y solidaria intermediación del Rector de la USB y de unos Diputados masistas.

Por cierto, nada diferente al escalofrío sentido cuando metieron preso a Tony y lo golpearon para tratar de que contara algo sobre lo que nada sabía.

Ese escalofrío que sigue grabado en mis recuerdos, también debería estarlo en muchos de los que hoy justifican o taparean salvajadas similares desde el gobierno.

Claro, ese escalofrío, pero más profundo, está también grabado en mis recuerdos del primer día en el que los grupos violentos del oficialismo decidieron que tenían derecho a atacar cualquier manifestación de protesta que en el país se hiciera. Ese día estábamos en el TSJ, acompañando al Sr Merhi en una huelga de hambre y llegó Lina Ron con sus grupos a atacarnos. Era como si pretendieran marcar el territorio y tomarlo por la fuerza. Y de hecho eso hicieron!

Ese día se instauró la violencia en las calles y la ciudad comenzó a fraccionarse en especies de ghettos.

Desde ese día, lo queramos aceptar o no, los violentos, guapos y apoyaos, nos declararon abierta y descaradamente la guerra.

Desde ese día el escalofrío es una sensación casi permanente y mi corazón se declaró de luto porque agonizan la paz y la democracia.

Pero ese día también tiene sus antecedentes en aquellos días de mediados a finales de los años ochenta, cuando el escalofrío lo sentíamos por el abuso de poder de los gobiernos, pero también por las manifestaciones que vaticinaban lo que hoy tenemos, el abuso de la fuerza y de la violencia.

Abuso que nos hizo sentir un profundo escalofrío la noche que estábamos en la FCU de la UCV en una reunión nacional y llegó un compañero con la cabeza reventada gracias a un cachazo que, por arrechera, le propinara uno de los miembros del violento grupo Venceremos que, en ese momento, hacía vida en esa casa de estudios.

O que sentían a diario los estudiantes de la UCV cuando los encapuchados armados caminaban libre y retadoramente por los pasillos o por la tierra de nadie, amedrentándolos sólo para demostrar que ellos eran los que mandaban en esos predios.

O cuando los llamados “los 12 del patíbulo” celebraban sus episodios de “foquismo”, sus capítulos de su “lucha armada”, regularmente los jueves… de ellos, recuerdo con especial escalofrío, el día que hirieron a Ingrid quién, estudiaba en la UCV, pero por precaución y porque no pudo entrar a tiempo, estaba viendo la manifestación desde afuera, detrás de la policía y a quién, desde su alma máter, alcanzó una revolucionaria bala.

Ellos, los que siempre se defendían diciendo que no tenían armas, protagonizaron el evento que, de todos esos, recuerdo con más escalofrío: el día que, en medio de uno de los tristes “capítulos de la lucha armada”, la herida fue una niña de 8 años, a quién la bala le llegó, como a Ingrid, desde dentro de la casa de estudios, pero le pegó por la espalda.

Allí estaba el germen de lo que vivimos en estos días y quizá, algunos no recuerden el escalofrío porque no lo sintieron y también quizá, para muchos otros, el escalofrío que compartimos, sólo lo sintieron porque, en ese momento, estaban de este lado de la cerca.

Olga Ramos
09122009 (en la madrugada)

¡Enemigos del pueblo!

I- Sobre las tablas: Skena

Uno lee en cartelera: “El Grupo Teatral Skena (@SkenaTeatro)  presenta a Jorge Palacios (@JorgePalaciosx)  y Basilio Álvarez (@BasilioAlvarezC) en “Enemigo del pueblo” (@ElEnemigoSkena) de Henrik Ibsen, versión de Ugo Ulive”, y sin duda alguna, compra la entrada, respira profundo y se va al encuentro de ese retrato que, seguro, te restregará en la cara una parte importante de nuestra miseria nacional.

(Aclaratoria para los que no sepan: “En folkefiende” en noruego, o “un enemigo del pueblo” en castellano, es una obra de Henrik Ibsen publicada en el 82, pero en 1882. Esa obra, detalles más, detalles menos, retrata una conducta social y política que, lamentablemente, sigue vigente).

Skena tiene sus funciones en Corpbanca (@cculturalbodcb) hasta mediados de octubre, por lo que están todos a tiempo de ir a verla. (La versión de Ugo Ulive es excelente, cuenta con una tremenda puesta en escena y muy buenas actuaciones, en especial las de Basilio Álvarez y Jorge Palacios. “Un enemigo del pueblo” es del grupo de obras de teatro, presentadas en estos tiempos, que nos invita a reflexionar como sociedad política).

II – por aclamación: Henry y Lázaro

Conocí a Henry Vivas en una marcha, la primera en la que se cruzaban, a la altura de La Hoyada y a dos niveles, manifestantes opositores con simpatizantes del gobierno. Los segundos se dieron cita en respuesta a la convocatoria opositora, también fue una de las primeras puestas en escena de la táctica que podríamos denominar: “en la calle nos medimos

En el cruce, hubo un momento de “lluvia de objetos y botellas” generosamente enviados por los que que circulaban por el piso de abajo. Los que andábamos por el de arriba nos asombramos-asustamos-molestamos y buscamos refugio temporal, para inmediatamente-escampando, continuar la marcha.

A unos cuantos metros, en una esquina y en su moto, estaba Henry Vivas, con su uniforme de Policía Metropolitano, conversando amablemente con todo el que pasaba y escuchando con mucha humildad y paciencia los reclamos de los manifestantes molestos por el ataque inesperado.

Me detuve a conversar con él un rato. Me encantó su mezcla de sencillez y preparación. Siempre recordaré de aquella conversa, como Henry defendía a Lina Ron porque consideraba que era una mujer que sólo luchaba por los ideales en los que creía. –Henry era amigo de Lina, desde su punto de vista la entendía y nunca dudó en defenderla.

Lázaro Forero fue mi alumno en una de las promociones del curso de formación de Líderes Emergentes que hace unos años ofreciera el IESA. En un par de promociones, un pequeño grupo de agentes de la Policía Metropolitana y otro de Bomberos, compartieron ese espacio de formación con miembros de las juventudes de algunos partidos políticos y con jóvenes de diversas organizaciones sociales.

Lázaro, como Henry, tenía esa mezcla de sencillez y preparación que le permitía cumplir con excelencia su trabajo y a la vez tener el espíritu de servicio que se espera de alguien que ejerza esa difícil profesión. Por cierto, Yajaira Castro de Forero, esposa de Lázaro y una aguerrida comisario de la PM e incansable luchadora, también participó en el curso. Ella fue una de las mejores estudiantes de su promoción, en mi materia.

Forero y Vivas estaban listos para jubilarse y decidieron postergar el trámite, porque sentían que podían dar un poco más, en momentos complicados para el país, en los que, entre otras, apenas se consolidaban los esfuerzos para la profesionalización de la Policía Metropolitana.

En esa extensión de su tiempo de servicio, se produjeron los hechos por los que han pretendido convertirlos, injustamente y por “aclamación popular”, en “enemigos del pueblo”.

III – y… “operadores políticos”, por sus propios méritos

(Sección no apta para todo público)

Cuando se vive en sociedad, llevar a cabo propuestas, políticas públicas, visiones de país, o de comunidad, pasa por el ineludible proceso de construir la “viabilidad política” de lo que se quiere emprender, es decir, lograr la combinación de fuerzas y el apoyo necesario, como para que la iniciativa en cuestión, forme parte de la agenda pública, se apruebe en el proceso de toma de decisiones correspondiente y cuente con los recursos y el apoyo que garantice que se instrumente de manera exitosa.

Muchos son los espacios y dimensiones en los que esta viabilidad se trabaja y se construye, así como diversos son los mecanismos y prácticas que se emplean para ello.

En el ámbito de la ciudadanía política, debatir y manifestar son dos tipos de prácticas de uso común. Sin embargo, como en todo, y ética política mediante, hay prácticas y prácticas.

El enemigo del pueblo” nos ilustra cómo estas dos prácticas, en lugar de ser utilizadas como mecanismos para promover la participación y facilitar la construcción colectiva de acuerdos en torno a una situación o propuesta, pueden convertirse en espacios para forzar “viabilidad política” por encima de toda argumentación y así, complacer a determinados intereses.

El lobby o el cabildeo, es otra práctica política común y corriente. Es cada vez más utilizada como mecanismo para influir en la toma de decisiones, promoviendo que los actores clave en ella, conozcan y apoyen iniciativas concretas. Pero como todos, es un mecanismo que, como nos ilustra “El enemigo del pueblo“, puede ponerse al servicio de algunos haciendo uso del chantaje y la corrupción.

Debatir, manifestar, cabildear, como prácticas, como parte del ejercicio de la ciudadanía política, en democracia, requieren de una ética política que las sustente.

El enemigo del pueblo“, nos recuerda ésto, nos ilustra como pueden cambiar las cosas dependiendo de la “ética política” que se practique. Nos enseña como funciona la “construcción de viabilidad política” en el marco de acción de los que a algunos les ha dado por denominar “operadores políticos“, un ámbito de acción reservado a “entendidos” y habilidosos.

(A partir de aquí que se moleste quién quiera…)

Los “operadores políticos” pululan por los espacios de poder. En algunos casos, los encabezan y hasta los presiden. Para ellos, la “acción política” es como una especie de arte que cultivan, la “dinámica política“, el espacio para “demostrar” su maestría y “la política” el campo de batalla en el que apuestan a vencer, desplegando, a cualquier costo, su capacidad de influencia.

En nuestro país, abundan estos elementos. Tuve la oportunidad de conocer personalmente a muchos de ellos, en los tiempos en los que participaba activamente en la extinta Coordinadora Democrática. Allí pude verlos en plena acción y en primera fila. Los había para todos los gustos, oficialistas, opositores y “ni-ni”; político-partidistas, gremialistas, agentes libres o miembros de grupos diversos de la sociedad organizada; militares y civiles; novatos y experimentados; tejedores finos o de acción torpe y burda. Una gama muy amplia y variopinta que, sin embargo, tenían -aún tienen- en común como propósito “construir a como dé lugar, viabilidad política” -así resultara sólo una construcción mediática- y que comparten el maquiavélico principio de la realpolitik, sobre la utilidad de la ética en la acción política.

En algunos círculos, los “operadores políticos” son aclamados como héroes, o como los grandes artífices de las estrategias, exitosas o fallidas, de la oposición, de los no alineados o del oficialismo. Otros, en cambio, pasan desapercibidos. A algunos, desde mi punto de vista, los más afortunados, los he visto reinventarse, ajustar su ética política y dejar fluir su vena democrática y ciudadana.

Paradójicamente, pocos de ellos corren el riesgo de ser declarados como auténticos “enemigos del pueblo“.

¡Salud!

¡Salud!

Cuatro minutos…

Cuatro Minutos (Vier Minuten), la película alemana de Chris Kraus del 2006, llegó al país por los caminos verdes como muchas otras. Cuando llegó, mi corredor vegetal de cine, me sugirió verla adelantándome que era la historia de una pianista que estaba presa. (aquí el enlace a la página oficial)

“Pianista” = película con alto componente musical, imaginé; pero “presa” = película ruda y cruda, por lo que pensé que, por mucho que me atraiga lo que se puede lograr en cine con el protagonismo de la música y más piano mediante, no era el momento para verla.

Sin embargo, la semana pasada, conversando con un par de ángeles que estaban en mi camino, volvió a escena la película y, aunque lo único adicional que dejaron salir en la conversa, fue que la consideraban buenísima, me dejé vencer por la curiosidad, la busqué, respiré profundo y me senté a verla.

Casi todas mis suposiciones se cumplieron. Acerté con la música que, en efecto, es una importante protagonista y se revela a través de una muy interesante banda sonora. También acerté, en lo dramáticamente ruda que es. Pero, como combinación está hermosamente lograda, por lo que en lugar de un posible desgarre, me sembró un impactante silencio en el alma.

Lo único que no calzaba con mi suposición previa, o con la presentación inicial de mi corredor vegetal, incluso, con una crítica que me tropecé en la web buscando la banda sonora, es que el centro de la película es la vida de una pianista presa.

Cuatro Minutos es una madeja de historias entretejidas por la cárcel como metáfora, historias que saltan en flashback o que, como destellos, insinúan vidas. Historias atrapadas en hilos, unos hechos con la fibra resultante de la sumisión -como combinación entre el abuso de poder y el miedo-, otros, con la resultante del maltrato -fraguado éste como venganza por una mezcla de odio e impotencia-; todas fibras cuyo sustrato es el prejuicio, el poder descentrado, la autoridad mal entendida y la institucionalidad vejada por la arbitrariedad resultante.

Podría pasearme por los ejemplos con los que la película ilustra cada combinación y cada caso, pero para eso es mejor que cada quién la vea, los encuentre y se interpele frente a ellos, porque Cuatro Minutos puede servirnos de espejo de aumento, de periscopio interior, para identificar nuestros propios demonios, los que cultivamos como sociedad achacándoselos al otro; los que escondemos como personas, sin asumirlo.

Y se me antojaría pensar que lo crucial de esta película es la rebeldía de una reclusa que se las juega torpemente y a ciegas por dar rienda suelta a su expresión, a su salvaje y hermoso espíritu interior, pero eso sería simplificar en extremo la historia, porque Cuatro Minutos es fundamentalmente la historia de un viaje al perdón. Un viaje mediado por el castigo autoinflingido  y la condena perenne; un viaje que nace y se sostiene en la traición, traición al amor de tu vida y a tu esencia simultáneamente; un viaje determinado por los arreglos sociales del momento que, como siempre, indican las razones para considerar quién es lo suficientemente bueno para merecer una vida digna. Un viaje sembrado de prejuicios heredados y adquiridos hasta que quedan tatuados en una conducta que se repite, en acción y en omisión, sin comprenderla, que se asume como “correcta”, aunque te cercene el alma.

Sólo el talento o el esfuerzo merecen atención o compasión, es la excusa que una de las protagonistas asume como premisa de vida; sólo la posesión de un don, entendido como regalo divino o designio superior, le permiten justificar las arbitrariedades que reconoce en su propia existencia.

Cuatro Minutos, nos enseña también, y reiteradamente, como el bien y el mal se traspasan, se trasvasan, se mezclan, cuando se trata de fraguar alianzas que permitan mantener la “línea de mando”, conseguir la atención perdida, o alcanzar un objetivo.

Cuatro Minutos parece una historia lejana, pero bien puede ser una parte de mi historia, de la tuya o de la nuestra, si nos miramos en ella, con detalle, como en un espejo de aumento y descubrimos los matices que, para sobrevivir cotidianamente, ignoramos.

Tomada de la web oficial de la película

Tomada de la web oficial de la película