Desesperanza, animación y empoderamiento

En los últimos tiempos, años, en Venezuela, hay una tendencia muy generalizada a asumir todo problema propio, pero especialmente de otros, como algo superable a través de una estrategia de animación: pensar positivo, conectarte con lo positivo, ver lo positivo de las situaciones; el énfasis está en aferrarte o promocionar, todo lo que parezca sinónimo de tener buen ánimo y “empoderarte”.

Conseguirte con alguien que hable de sus problemas, incluso desahogarte, con frecuencia es considerado una especie de estigma que te puede agregar la etiqueta social de “tóxico”. Conocer y comprender, no parece ser parte del paquete, sino que con suponer y “animar”, basta. En el mejor de los casos, la receta incluye suponer, y animar sugiriendo lo que estás seguro que te funcionó a ti o a algún conocido, sin analizar si las situaciones y los contextos, las herramientas y las historias, son equiparables.

Con el país y lo que nos acontece, podemos identificar un comportamiento similar, aunque el ancla no está en ver lo positivo solamente, sino en esperar que la gente se dé cuenta, se organice y “reaccione”. En este caso, la suposición parte de la idea de que cuando la gente se dé cuenta, y comprenda su propio poder, reaccionará y pondrá fin a la dictadura.

Claro, en la dimensión socio-política de la situación, el problema se agudiza por una de las consecuencias de locus del control externo, que hace que mucha gente se la pase peleando con cualquier otro con el que no coincida, achacándole la “culpa” de lo que nos sucede o de haber impedido con sus decisiones, y hasta con sus opiniones en un tuit, que hayamos logrado vencer a esta dictadura que nos agobia. La relación con el otro, especialmente con los que han asumido posiciones de liderazgo, rara vez pasa por ponerse en sus zapatos y tratar de imaginarse qué hubieras hecho tú, en una situación similar, o con tamaña responsabilidad.

Pero, en términos generales, con nuestros pares ciudadanos, organizarse y luchar, es el mandato, pero sin conocer y comprender la realidad y los detalles del mundo del otro, para poder saber cómo lograr una comunicación y una organización efectiva.

Pareciera que en lo personal y en lo social, se esperan fórmulas mágicas que conecten a la gente con la acción y el éxito, sin conocer, comprender y, en consecuencia, trabajar para superar el problema de fondo.

(OJO: No me voy a referir en este escrito a las tendencias mágico-religiosas que esperan que los problemas económicos, sociales y políticos, así como las enfermedades se resuelvan por la gracia divina, por lo que basta con creer, rezar y esperar que todo cambie).

Esa fórmula mágica, parece apalancarse en la premisa que dice que el primer paso para empoderarte, es creerte que puedes hacer lo que te propones. Y, en efecto, creer que puedes, es una parte esencial del empoderamiento, pero si para poder actuar necesitas comprender la realidad y tener habilidades comunicacionales determinadas y no las tienes, en la acción a emprender, es altamente probable que te frustres porque, a pesar de que crees que puedes, no tienes las competencias para lograr lo que  te propones.

Lo mismo sucede con emprender, si crees que puedes, pero no tienes los conocimientos técnicos y económicos mínimos para analizar la capacidad de producción y determinar estrategias de venta, es altamente probable que fracases y por tanto, el empoderamiento muere en manos de una nueva frustración.

Esas referencias al inicio del empoderamiento, se derivan de asumir tu capacidad de acción en una actividad específica. En ese contexto, para poder empoderarte requieres creer que puedes, pero también conocerte lo suficientemente bien como para saber qué competencias y saberes tienes, cuáles te faltan, y trabajar para aprender y desarrollar los que no tienes, de manera de que el empoderamiento, no se quede en un deseo, o en un decreto de poder, que se desvanezca frente al fracaso del primer intento.

¿Pero qué pasa cuando hablamos de un contexto personal de depresión o social signado por la desesperanza aprendida? ¿Aplica la animación como estrategia? ¿Aplica creer que se puede y trabajar para lograrlo desarrollando los conocimientos y competencias necesarias?

Cuando las personas están en procesos depresivos o cuando las sociedades pasan por episodios de desesperanza aprendida, el primer problema es que no crees que puedes y que alguien venga y te diga lo contrario, puede ser irrelevante o contraproducente. Hay contextos y situaciones en las que no sólo la intención no basta, sino que hasta ahuyenta o aplasta.

En situaciones como esas, puedes saber que crees que no puedes, o sencillamente, no saberlo. Puedes estar consciente de tu problema de depresión o ignorarlo. Puedes estar consciente de que estás experimentando desesperanza aprendida o no.

En esos casos, lo primero que se requiere es que estés consciente de que hay un problema y conocerlo para poder abordarlo y trabajar por superarlo. Sin eso, todo lo que alguien te diga, así sea un profesional en el área, puede sonar fuera de lugar y hasta considerarse una afrenta o un insulto.

¿Pero no funcionará algo de animación?

Si no aceptas que estás deprimido, no vas a tomar acciones para superar la depresión y todo lo que hagas, podrá ser un paliativo temporal que, al chocar con una recaída, te llevará a profundizar el estado depresivo.

(Por cierto, hay factores químicos en el funcionamiento del organismo que están presentes en un cuadro depresivo, que no se pueden sencillamente ignorar).

De manera similar, si no aceptamos que el país está atravesando por una situación bastante generalizada de desesperanza aprendida y que nos toca comprender qué es eso, cómo reconocerla en nosotros, y cómo asumirla para trabajar en su superación, no basta con los intentos por resaltar las noticias positivas, o por minimizar las negativas, en algunos casos, disminuyendo la denuncia. Cualquier intento por creer que estamos avanzando, se va a tropezar con una visita de Zapatero, con un decreto presidencial, con una detención arbitraria, con un asalto, o con un simple aumento de precios, y la frustración nos va a retrotraer y a sumir más en nuestra propia desesperanza.

Por cierto, en situaciones como ésta, aun cuando la población atraviesa por un cuadro casi generalizado de desesperanza, la denuncia es imprescindible. Es importante que la ciudadanía pase, de pensar “eso no me va a pasar a mí”, a asumirse vulnerable por el abuso de poder del gobierno, y a ejercer su derecho a denunciar lo que está sucediendo. Eso, aunque implique trabajar para evitar que el miedo paralice, es parte importante de ubicarse en el contexto real de tu vida.

Ante lo que estamos viviendo, hay muchas preguntas que hacerse:

1. ¿El liderazgo político y social sabe y está consciente de lo que significa la desesperanza aprendida?

¿Está consciente de su relación personal con esa situación, y se identifica, así sea ocasionalmente, con algunos de sus síntomas?

¿Ha desarrollado herramientas y estrategias para ejercer su función en un contexto de este tipo?

¿Sabe cómo conversar y construir con el otro, respetando su condición de desesperanza y tratando de ayudarlo a conocerla, comprenderla y ver como juntos pueden superarla?

2. Los ciudadanos ¿conocemos y comprendemos de qué se trata esa desesperanza?

¿Tenemos idea de cómo funciona y qué la origina y la refuerza en cada caso?

¿Sabemos dónde y con quién podemos hablar para comprender lo que nos pasa y poder lidiar con ello?

3. ¿Hay politólogos, psicólogos sociales y sociólogos, que hayan estudiado a fondo este fenómeno y puedan ayudar al país a comprenderlo, manejarlo y superarlo?

4. ¿Hay algún caso en el mundo, en el que se haya logrado superar la desesperanza aprendida, durante el proceso de liberación de una población, o sólo se han registrado casos de cambios sociopolíticos sin superación de la desesperanza, o con superación posterior?

Bueno, esas son las preguntas que se me ocurren a mí, por el momento, ¿tienes alguna respuesta o se te ocurre otra pregunta?

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Lógica “económico-revolucionaria”

Pasamos 17 años sin hacer planificación, mantenimiento ni renovación del sistema eléctrico, sin mantener ni construir nuevas represas, sin cuidar los bosques ni reforestar y sin explorar ni emplear nuevas tecnologías para producir energía eléctrica, ni crear incentivos para que los empresarios en algunas áreas se autoabastezcan.

Cuando se necesita racionamiento, se reduce el horario de suministro a los centros comerciales que son consumidores de un bajo porcentaje de electricidad en las ciudades, pero que albergan a muchos comerciantes, especialmente medianos y pequeños que son buenas fuentes de empleo, y grandes comercios del sector alimentación,  que proveen a pesar de la escasez producida por la “política económica” revolucionaria.

Con horario reducido de suministro, los centros comerciales y los comercios que albergan, se ven obligados a reducir la jornada laboral y a aumentar inversión en vigilancia, dada la galopante inseguridad que tenemos y la ineficacia de los cuerpos de seguridad.

La disminución de los ingresos forzada por ésto, es el peor incentivo para lograr la inversión en fuentes de energía para autoabastecerse.

En su lugar, se quiebran comercios, se produce más desempleo y se reducen las opciones para comprar productos escasos.

La “causa revolucionaria” será que los empresarios no se autoabastecen de electricidad.

Lectura deseada: Dar luz a los centros comerciales para evitar estas consecuencias, sería quitar la luz a los pobres para dársela a los ricos.

¡Menos mal, regresó la normalidad!

Leo algunos mensajes en twitter y facebook que advierten el peligro, o plantean el temor, de que la gente deje las calles y el país vuelva a la “normalidad“. También leo mensajes de algunos oficialistas que celebran, con la llamada “toma militar de Altamira“, el regreso a ella.

Quienes tienen ese temor, o esa satisfacción, dependiendo del caso, creo que no entienden que ésta, la dinámica de protestas y represión que vivimos, es la nueva normalidad” que tenemos y tendremos, es la única “normalidad” posible en la Venezuela “revolucionaria”, la única “normalidad” viable para garantizar la supervivencia de quién excluye y desconoce al que piensa diferente y sólo sobrevive cuando logra asfixiar, hasta desaparecer, toda disidencia.

Si cesaran las protestas o cediéramos la calle, lo que vendría no sería jamás una vuelta a una “normalidad” precedente. Ni a la pasada reciente que esperan algunos oficialistas, ni a la pasada remota que añoran y desean algunos opositores.

Lo que vendría sería una evolución de la “normalidad” que vivimos, que obviamente, representaría una involución mayor en nuestra vida republicana.

En esa “normalidad” seguiría profundizándose la crisis económica, las empresas seguirían quebrando, los anaqueles estarían más vacíos, las colas se harían más incómodas y recurrentes y la gente se pelearía por agarrar el pollo que le corresponde esa semana, de acuerdo a lo que dice su tarjeta de racionamiento.

Nuestros jóvenes seguirían emigrando, pero lo harían por tierra, ya que sería más difícil conseguir pasaje en los pocos vuelos que entren y salgan de Venezuela. Mientras tanto, los “enchufaos” de turno pasearían por el mundo con dólares preferenciales o haciendo derroche de recursos mal habidos.

La delincuencia seguiría desatada, pero sentiría el reimpulso de la impunidad renovada, que le daría haber sido protagonista y artífice del éxito oficialista, a puños y tiros, en algunas de las batallas de esta guerra que el gobierno tiene con el pueblo. La Guardia Nacional y la Policía Nacional seguirían en las calles, en las salidas de los metros, en las paradas de buses, en las puertas de las universidades y en las esquinas, “sembrando paz“, requisando a todo el que circula y susurrando temor a sus oídos para que no se le ocurra pensar diferente.

Las cárceles seguirían en franco deterioro y los presos, políticos y no políticos, hacinados y con sus derechos humanos violados, frente al descarado y creciente privilegio que seguirían teniendo los pranes y sus mafias.

Las escuelas seguirían, algunas en terribles condiciones y otras remachadas y retocadas, pero en todas los docentes se verían obligados a aprender y replicar la religión-política, que coloca a Hugo Chavez a la derecha de Dios Padre, o en su lugar, según sea la tendencia.

Los hospitales seguirían sin insumos y las colas de enfermos esperando tratamiento u operaciones, crecería en medida inversamente proporcional a sus esperanzas.

En su esfuerzo por apagar toda opinión libre y disonante, veríamos más intentos de borrar la presencia de las voces disidentes en la Asamblea, allanando la inmunidad parlamentaria de nuestros diputados e imputándoles cargos de traición a la patria por defender nuestros derechos; también seríamos testigos todos los días, de esfuerzos para anular la acción de las personas y organizaciones encargadas de defender los derechos humanos; seguiría la confiscación del poder de las instancias de gobierno de los Estados y Municipios donde no ganó el oficialismo, a través de la reducción de sus presupuestos y de la instrumentación de mecanismos inconstitucionales de “gobierno” paralelo; y continuaría la expansión del monopolio gubernamental de los medios de comunicación, aumentarían las horas de amenazas e insultos en cadena nacional y se incrementaría la mordaza que se impone a periodistas y medios que se atreven a contar al país o al mundo, algo de lo que aquí realmente sucede.

Los empleados públicos seguirían siendo obligados a bajar la cabeza, a vestirse de rojo y a profesar lealtad a la “revolución” apoyando sus actos públicos y privados; terminaríamos de entregar la soberanía y el petróleo a Cuba y tendríamos comisarios políticos y soplones, cubanos y venezolanos, por todos lados. Crecería el número de “beneficiados” por las misiones, pero, por falta de recursos, su instrumentación apelaría a un método de asignación intermitente que dejaría a todos con la esperanza de que su cheque o su beneficio, saliera efectivamente en la tanda siguiente.

En esa evolución de la “normalidad” revolucionaria, se seguiría tejiendo, con la práctica, una instrumentación de la Constitución a la medida, que terminaría violando toda letra que resultara incómoda a la “revolución“; la renovación de los poderes públicos se haría con la señal de costumbre, dejando en los cargos de confianza a los que corresponda, según lo largo del enroque, o a nuevos militantes, tan leales a la “revolución” o más, que sus ocupantes precedentes.

En ella, el odio y la división se profundizarían y el enfrentamiento sería convenientemente callado, por el terror de las armas.

Aparentemente, nada cambiaría, pero todo sería progresivamente diferente.

Así que con la normalidad que tenemos o con la que le seguiría, en la lógica “revolucionaria“, sería imposible volver a algo que se le pareciera a la “normalidad” que unos desean o la que otros recordamos, con o sin nostalgia, porque el pasado, es pasado y ya no vuelve y porque la única “normalidad” posible con esta “revolución” es una que esté alineada a sus ideas y alineada con la sumisión.

Sin embargo, si asumimos al presente y al pasado como oportunidades de aprendizaje, hay una “normalidad” diferente, que sería posible y que, entre todos, podemos construir y hacer viable.

Una “normalidad” en la que Venezuela sean en efecto una República, con ciudadanos responsables y gobernantes, eficaces, eficientes, probos y éticos; con una institucionalidad, en teoría y práctica democrática; un país productor, próspero y creativo, con un Estado que garantice los derechos de todos, sin distingo, que trabaje a fondo por eliminar las desigualdades y la división social y que se encargue de promover una elevada calidad de vida para todos.

Construir esa “normalidad” requiere tiempo, dedicación y esfuerzo, entrega y sacrificios; requiere mantener nuestra voz de protesta, y simultáneamente, reconocer, respetar y aceptar al otro, para iniciar un cambio profundo juntos; requiere, en la intimidad, revisarnos en detalle y dejar los viejos hábitos que constituyen la “viveza del venezolano“; requiere salir a la calle día tras día a ser y construir un país diferente.

Que tengamos una u otra “normalidad“, de nosotros depende.

¡Nos vemos en la calle!

PS: Tal como dicta la “normalidad” y por sugerencia de algunos lectores, hice unos cambios en la “vista” del blog, pero las limitaciones de las plantillas disponibles, no dieron los resultados esperados, así que seguiré buscando opciones y mientras, disculpen el grotesco tamaño del encabezado y de las letras.