Frente a la provocación como política de Estado, hay que tomar partido

El país se ha convertido en una avalancha de noticias, desde hace 17 años.

La estrategia

Sí, no se trata de una novedad de este momento. Recuerdo que cuando todo ésto comenzaba, lo señalábamos en los análisis que hacíamos en la Red de Veedores, como parte de la estrategia del gobierno para disipar fuerzas, dispersar las iniciativas de organización y protesta y, en consecuencia, debilitar todo esfuerzo por articular grupos que hicieran oposición al modelo que trataba de instalarse desde el gobierno.

Sin embargo, ahora, la sensación de bombardeo, con la consecuente asfixia asociada, es más fuerte. Todos nos sentimos más agobiados, porque las noticias se tornan cada vez más espantosas y dolorosas, por el efecto acumulativo que nos indica que no se trata de hechos fortuitos y pasajeros, sino que forman parte de nuestra cotidianidad; y también porque nos llegan mucho más cerca o nos tocan directamente.

Las reacciones

La desesperación lleva a algunos a paralizarse y deprimirse, mientras que otros se aferran a sus creencias y rezan; a otros les da por solo quejarse y también están los que les da por reaccionar peleándose con todo el mundo, así como los que deciden convertirse en jueces y sólo se enfocan en buscar culpables; por otra parte, encontramos a los que deprimidos o no, buscan nuevas opciones de vida y emigran, y los que, por el contrario, deciden quedarse; algunos se organizan para para actuar, mientras que otros actúan sin organizarse; pero también nos encontramos con aquellos que no se dejan llevar por la desesperación y se enfocan en construir, aunque entre ellos están los que lo hacen sólo para garantizar su bienestar, los que lo hacen poniendo el énfasis en el bienestar colectivo y también los que combinan ambos en su empeño.

Seguramente quien lea, podrá identificar su estado de ánimo y tipo de acción, entre estas categorías y reconocer en ellas las de muchas personas de su entorno. Incluso, podrán sentir que se identifican a veces con una y otras veces con otras, pero todos nos podemos sentir retratados en este rompecabezas de emociones y acciones en que se ha convertido actualmente Venezuela.

La estrategia y sus tácticas

Pero más allá de la categoría con la que cada quién se identifique, lo importante es entender que el bombardeo de temas de agenda, de noticias y de asuntos, es una estrategia política con la que hemos convivido durante 17 años y con la que aún, no hemos podido lidiar exitosamente, a pesar de algunos esfuerzos -así sea de una parte del liderazgo y a veces puntuales-, por enfocarnos en fijar y mantener un abanico específico de temas de agenda y una ruta de trabajo.

Pero dentro de esa estrategia, hay varias tácticas. Una es la mentira, el falseamiento de la realidad para hacer creer que los reclamos del otro son sin fundamento. Otra táctica es banalización de temas y situaciones, intentando hacerlos, para los que no son críticos o los desconocen, irrelevantes y lograr así el mismo efecto. Una tercera es el amedrentamiento que está dirigido a demostrar poderío, mientras se trata de generar temor y en consecuencia impotencia. Y una cuarta, es el ataque directo que también está dirigido a demostrar poderío, abusando de mecanismos legales o modificándolos para justificar la acción, con lo que además, de generar indefensión en la población, se construye una institucionalidad paralela que permite y justifica acciones y abuso de poder posteriores.

A veces las acciones son directas y frontales, pero otras, se realizan desde el mundo de la contrainformación, en forma de rumor.

Todas ellas constituyen formas de provocación que tienen como propósitos: sacar de foco al otro, convertir respuestas políticas en emocionales, generar miedo e indefensión, a la vez que ganar espacio en control y reconstrucción institucional.

¿Por qué sigue siendo exitosa?

Pero esta estrategia sigue siendo exitosa, en nuestro caso, por un par de características de la ciudadanía y el liderazgo, que aún están demasiado extendidas y que nos hacen una sociedad poco madura cívica y políticamente.

La primera de ellas es la tendencia a aferrarse a un salvador como única forma de mantener la esperanza de cambio. Esta tendencia es una de las formas en las que se manifiesta el locus de control externo. En nuestro caso, por salvador se debe entender a una variedad de figuras que incluyen las religiosas.

En efecto, ante la adversidad política, algunos apuestan por la intervención de Dios y la Virgen, en el mejor de los casos encarnada en líderes de la iglesia que incluyen al Papa; otros encarnan su esperanza en un líder político específico -aunque en la mayoría de los casos no tengan idea de sus propuestas políticas-, o en la figura popular de turno que, aunque no pertenezca al ámbito político, consideran que pudiera salvarnos; otros siguen esperando que los militares –preferiblemente “institucionales”- aparezcan; y otros le asignan ese poder superior a instancias como la Asamblea Nacional o a mecanismos como la Carta Democrática.

La otra característica, es la manía de poner la reconstrucción del país en “stand by” y en panorámica, como si en lo que nos hemos convertido como país, no fuera nuestro reflejo como personas y producto de la dinámica de nuestras acciones y omisiones, de nuestra conducta ciudadana cotidiana, la de todos, todos los días, por lo que pareciera que estamos esperando que las cosas cambien, para que llegue el momento de reconstruir al país, donde sí vamos a participar.

Cuando Venezuela cambie, por ejemplo:

  • dejaremos de mirar con asco y menosprecio a la gente que no nos gusta porque es pobre o rica o porque tiene costumbres diferentes, por tanto, se acabará el resentimiento como forma de relación entre los venezolanos;
  • dejaremos de ver como enemigo al que piensa diferente y ante un espacio de debate, en lugar de pelear sin escuchar, trataremos de escucharnos e identificando los naturales desacuerdos, construiremos en común a partir de los acuerdos;
  • dejaremos de desconfiar del otro porque consideraremos que todos los intereses, salvo que violen los derechos humanos, son legítimos y que el arte de la convivencia y de la política, está en lograr construir acuerdos incluyéndolos;
  • dejaremos de comernos los semáforos, colearnos, utilizar nuestras redes para saltar procedimientos y requisitos, de pagar soborno o matraca para evitar una multa, hacer un trámite más rápido o tener un privilegio o beneficio fuera de las normas o la ley;
  • dejaremos de hacernos la vista gorda ante las arbitrariedades gubernamentales, sea cual sea la tendencia política del gobernante, o de si circunstancialmente nos “beneficia” o nos “conviene”; pero también dejaremos de hacernos la vista gorda ante la violación de derechos de terceros, así como, ante la violación de las normas por terceros, pensando que “eso no es problema nuestro”;
  • cumpliremos con nuestros deberes ciudadanos y reclamaremos cuando se nos violen nuestros derechos y los de los otros.

Estos, son sólo algunos ejemplos de conductas, que, de asumirlas en la cotidianidad, nos ayudarían a tener desde ahora, una Venezuela diferente, porque el país lo reconstruimos todos, en cada acción ciudadana, y en cada minuto de cada día.

Cada acción ciudadana incide en el cambio institucional y político del país

Pero hay otro nivel de cambio también necesario que, aunque no lo parezca, se construye cada día y al que, como ciudadanos podemos contribuir en primer lugar comprendiéndolo y en segundo lugar, sumando acciones concretas para abonarlo.

Se trata del cambio institucional y político que garantice que el país también tendrá un gobierno diferente y de evitar que el que venga, en lugar de seguir destruyendo, reconstruya institucional, económica y políticamente a Venezuela.

Muchas de las acciones necesarias que están en nuestras manos, como ciudadanos, son las descritas arriba, pero ellas deben estar acompañadas, al menos de otra: tomar partido. Sí, aunque a muchos les suene extraño o les pueda parecer contradictorio con lo dicho hasta el momento, les invito a que piensen que sólo a partir de reconocer las diferencias, podemos trabajar tomando como base las coincidencias y para ello, tenemos que definir, como ciudadanos, cuál es la Venezuela que queremos.

¿Ya tomaste partido?

No se trata de enunciar un par de frases con lugares comunes o vacías, sino de pensar en qué tipo de sociedad queremos vivir. ¿Qué tanto Estado y cuánto libre juego o mercado? ¿Estado para qué? ¿Qué tantos impuestos? ¿Cómo y en qué se deberían invertir? ¿Quién debe decidir qué y cómo relacionarnos con los que toman las decisiones? ¿Qué tipo de educación obligatoria y común queremos como ciudadanos? ¿Cuáles son nuestros derechos y nuestros deberes? ¿Hasta dónde llegan? (ésto por no hacer una larga lista)

Tomar partido nos permite saber qué queremos de nuestro liderazgo político y qué proyectos y prácticas son realmente compatibles y nos acercan a esa visión, y cuáles, por atractivas que nos parezcan en un momento, nos alejan de ella. Pero también, tomar partido nos permite identificar coincidencias y diferencias con nuestros familiares, vecinos y concuidadanos, para poder construir con ellos, a partir de acuerdos, una Venezuela en la que efectivamente nos veamos reflejados todos.

Pero, así como “salir de esto” o cambiar de gobierno, no son eventos mágicos o de efecto inmediato, tampoco lo son tomar partido, identificar acuerdos y diferencias con el otro, así como tampoco construir una Venezuela en la que efectivamente nos veamos reflejados todos.

Tomar partido es un evento personalísimo que requiere de la reflexión e investigación de cada quien, en el que puede ayudar conversar y discutir con otras personas para escuchar puntos de vista y aclarar y afinar ideas. También sirve acercarse a los partidos políticos existentes y aunque no se tenga como pretensión inscribirse en ellos para militar en sus filas (cosa que nos haría mucho bien al país, a los partidos y a los ciudadanos), puede ser de utilidad conocer a sus políticos y planteamientos para enriquecer las ideas propias y definirse.

Pero tomar partido, no es sinónimo de volvernos iluminados y portadores de la verdad, y como ya sabemos la Venezuela que queremos, y es fantástica, nos dedicaremos a convencer a los otros de que tenemos la razón. Es decir, tomar partido no significa que podamos cambiar la fórmula de “lograr el éxito por arte de magia”, por la imposición como forma de acción política y ciudadana. Eso, de lo que deberíamos estar cansados por las prácticas de estas últimas décadas, nos impediría pasar a construir con otros. Tampoco es sinónimo de desarrollar y presentar una excelente batería de argumentos que nos suenen convincentes para lograr el apoyo de otros.

Y construir viabilidad

La visión de construcción o reconstrucción política y ciudadana tiene que incluir la noción de viabilidad política que para muchos no es familiar y a otros tiende a sonarle a chanchullo.

Toda acción política debe ser viable para ser exitosa, toda estrategia y visión a largo plazo, también. Pero la viabilidad no es una propiedad de las acciones, estrategias o visiones, es una condición del momento y contexto en el que se plantea que se construye y que implica manejo del poder y entendimiento, y toma tiempo, depende de los actores y su capacidad de acción y de negociación, así como de su credibilidad y el apoyo con el que cuenten.

Analizar la viabilidad de nuestras propias acciones políticas, nos permite entender y diseñar estrategias para modificarlas, modificar la acción y las condiciones en las que se da para incrementar su viabilidad. Analizar las de otros actores, nos permite comprender y actuar en consecuencia.

Pero lo más importante, dejar de esperar al “salvador”, tomar partido y comenzar a actuar como nos imaginamos que lo haríamos en esa Venezuela en la que efectivamente nos veamos todos reflejados, nos aclara cómo analizar e incidir en la viabilidad política de las acciones de cambio que, como sociedad nos proponemos.

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Entre gallos y fantasmas: ¡Estado de Excepción!

Como es costumbre “revolucionaria”, a última hora del viernes, entre gallos y fantasmas, Nicolás se encadena y anuncia un “Decreto de Estado de Excepción y Emergencia Económica“.

Con su cara muy lavada y sin pudor, declara:

“He decidido aprobar un nuevo Decreto de Estado de Excepción y Emergencia Económica que me dé el poder de derrotar la guerra económica y derrotar las amenazas internacionales y nacionales” (Para los que quieran leer la reseña completa, la cita la tomé de aquí)

Lo dice como si:

  • el desabastecimiento acompañado de las kilométricas colas para comprar alimentos;
  • el deterioro de los hospitales que incluye ausencia de insumos para la atención y contaminación de áreas clave;
  • la desaparición de medicamentos que afecta a la población en general, pero con mayor riesgo a los que padecen enfermedades crónicas o de medicación especial;
  • el racionamiento y la falta de agua reiterado en muchas partes del país combinado con el suministro de agua contaminada en otras;
  • los apagones, cortes programados y no programados por racionamiento eléctrico;
  • las suspensiones de clases en las escuelas por cortes de luz, por decreto de racionamiento, por inseguridad o por falta de alimentación y agua;
  • el desmantelamiento de las universidades y centros de investigación por los ataques reiterados y la falta de presupuesto, con la consecuente fuga de talentos y los intentos de sustituirmos con espacios dedicados a la “formación de cuadros”;
  • el descarado desfalco del presupuesto del país y las reservas internacionales por corruptos y tráfico de influencia, enchufados y empresas de maletín;
  • el incremento de bandas de delincuentes y mafias asociadas al narcotráfico que azotan a la población, convertiendo al país en una colcha de retazos formada por ghettos;
  • el desmantelamiento de aparato productivo, incluyendo la destrucción, quiebre y cierre de empresas nacionales y privadas, incautadas y expropiadas;
  • la transformación de las policías y la Guardia Nacional en grupos de choque, represión y de custodia de los civiles y los alimentos, y de la Fuerza Armada en un grupo beligerante y partidista al servicio de la “revolución”, acompañada por la designación de funcionarios militares en cargos de administración pública;
  • la desprofesionalización del ejercicio público en todos los ámbitos con la mediocridad y pésima gestión, como consecuencia directa;
  • la sumisión de los poderes públicos al caprichoso servicio del ejecutivo;
  • y el desmantelamiento institucional producto de la recurrente violación de la Constitución y las leyes,

no fueran el producto de estos 17 años de gestión, de la implantación de un modelo anarco-guerrillero-milico-militarista que no conoce sino la lógica de guerra y la sumisión como forma de relación gobierno-pueblo; con un equipo que no tiene idea, ni de gestión pública ni le interesó tenerla mientras gastaba los abundantes recursos de la renta petrolera.

Su declaración a esa hora y un viernes, como bien lo sabe, genera incertidumbre, inquietud y zozobra en la población. Lo sabe y lo hace, sin presentar el texto del decreto para el conocimiento de todos como parte de la estrategia, como la lógica de guerra lo indica, sembrar temor para intentar paralizar a la mayoría.

El anuncio, en esta oportunidad, le agrega un término a la denominación del decreto que incrementa las suspicacias. Ahora, en lugar de ser un “Decreto de Estado de Emergencia Económica” como fue el 2.184 del 14 de enero, prorrogado el 11 de marzo por el 2.270; se trata de un “Decreto de Estado de Excepción y Emergencia Económica“.

¿Estado de Excepción, en este momento y en este contexto?

Nicolás y algunos de sus ministros, en su estilo de comunicacional combinando cadenas con tuits, expusieron algunas razones y consecuencias que podemos encontrar en la prensa y en sus TL en twitter.

Sin embargo, como sus razones estaban plagadas de fantasmas en conspiración y como mi salud no me permitió salir a manifestar hoy (con las ganas que tengo de poder salir a manifestar), me puse a hacer una mi colección de hechos de estos tiempos y anuncios de ayer, que dibuja el panorama en el que se hace el anuncio.

El panorama, hasta el momento, me queda así:

1. Defensa ante supuestas amenazas externas: Uribe y USA, y prevención/proteccion ante la posibilidad de aplicación de la Carta Democrática.
2. Prevención ante avance de enjuiciamiento por corrupción a gobernantes de otros países, como Cristina y Dilma.
3. Amedrentamiento para paralizar a la crítica interna, en las filas de su partido, con despidos a funcionarios que firmaron el revocatorio.
4. Paralización de la oposición y descrédito a su liderazgo con anuncios del revocatorio en el 2017 y retraso del calendario.
5. Criminalización del liderazgo político y de defensores de DDHH, vinculando a los primeros con la promoción de violencia en la calle y a los segundos con conspiración y recepción de fondos de gobiernos extranjeros.
6. Neutralización de la Asamblea Nacional a través de saboteo directo con ataques a diputados, de ausencia del oficialismo en las sesiones, de criminalización por acusaciones a diputados e intento de destituir a la directiva por el TSJ.
7. Intimidación a la población con militarización de zonas populares e incremento de la presencia y el control militar en lugares de distribución de alimentos.
8. Continuación de la estrategia de OLP para intimidar a unos y atajar la guerra interna que tienen sus clanes y mafias.
9. Neutralización de las protestas con bloqueos a manifestaciones, no otorgar permisos, represión, ataques a manifestantes por parte de grupos violentos y organismos de seguridad, y detenciones arbitrarias.
10. Invalidación de los partidos opositores por supuesta falta de requisitos ante el CNE.
11. Incrementos de ataques contra medios y periodistas, incluyendo uso de la violencia contra periodistas en el ejercicio de sus funciones y decomiso y destrucción de equipos.
12. Importante aumento de precios de productos de la canasta básica.

Este es el panorama en el que Nicolás hace su anuncio.

Seguramente me faltaron hechos, amenazas y anuncios, pero con los colectados, hasta el momento, lo que me queda muy claro, es que el “decreto” persigue proteger al ejecutivo y su élite, mientras desarrolla una nueva fase en su estrategia de guerra que incluye profundizar el control del poder y continuar con la desinstitucionalización, corrupción y el abuso, apostando a la sumisión y paralización de la población, a la neutralización del liderazgo opositor -y también al liderazgo que se declara oficialista pero se considera alterno y crítico- e intenta inhibir las iniciativas de apoyo internacional.

¡Así es que un “revolucionario” gobierna!

¡Ésta es la guerra de Nicolás contra el país, contra el pueblo!

Dejar de volar ¿vértigo o comodidad?

Viendo cantar a Nina, mejor dicho, viendo como Nina se vacilaba la canción, la energía y significado que con cada frase expresaba y quería comunicar y como asomaba reiteradamente esa sonrisa irreverente y retadora; no podía dejar de recordar a San Feliz ayer, lo sucedido y las diversas explicaciones y pronósticos asociados, recordar las miles de quejas y llamados a la acción y reacción de otros de todos los días, los innumerables mensajes en torno al tema de moda en nuestra “apropiada” dinámica de polarización “¿es más valiente o responsable o patriota o útil, el que se va o el que se queda?”

Veía a Nina, recordaba que vivimos todo eso sobre una cama de horas de colas, de miradas de desconfianza, de caras de terror y paranoia y de llantos de desesperación y muertes, y me preguntaba:

¿en verdad, como país y como ciudadanos, queremos ser libres, o es demasiada la responsabilidad de asumir las riendas de nuestras vidas, de producir para afrontar nuestros gastos, de elegir probidad a la viveza?

¿Querremos descubrir que podemos volar y hacerlo, sin esperar que alguien nos cuente como se ve el mar desde el cielo o mueva las alas por nostros, para garantizar que no nos vayamos a pique?

Volar alto puede dar vértigo, pero a veces no se deja de volar por vértigo, sino por comodidad.

Vean a Nina Simone…

(Tomado en préstamo del muro de Kelly)

Tendencia Irreversible

Tendencia irreversible, como título, sin estar en época electoral, debe sonar un tanto extraño, pero en diciembre de 2013, fue aprobado y promulgado lo que debería ser -de acuerdo al artículo 187, numeral 8, de la Constitución- un plan de desarrollo económico y social de la nación.

Sin embargo, no fue eso lo que se aprobó, sino algo denominado “Líneas Generales del Plan de la Patria, Proyecto Nacional Simón Bolívar, Segundo Plan Socialista de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2013-2019”, que de acuerdo al decreto publicado en Gaceta Oficial Extraordinaria número 6.118 del 4 de diciembre de 2013, tiene efecto jurídico, y es de obligatorio cumplimiento en todo el territorio nacional.

El texto aprobado, porque tuvo versiones previas en tiempo de campaña, ha sido mi lectura en estos días de Semana Santa. Decidí releerlo, ahora con más detenimiento y detalle, dada la “Consulta Educativa” que adelanta el Ministerio de Educación.

Tal como recordaba, a pesar de que en el cuarto considerando del decreto legislativo con el que se aprueba, dice que el plan “se fundamenta en los principios y valores de la Carta Magna”, hay dos cosas que resaltan en este texto: la primera, es una serie de objetivos que contravienen lo establecido en varios aspectos de la Constitución, por lo que atentan contra la ya precaria  institucionalidad que tenemos; y la segunda, totalmente consustancial con la primera, es que buena parte de este texto, no es más que un plan de trabajo del partido que está en el gobierno para consolidar un modelo político-cultural que pretende imponer a la sociedad.

Y es que como ya sabemos, el modelo de ejercicio de poder que tienen los que hoy están en el gobierno, establece un solapamiento entre Estado, gobierno, partido que hace que, entre muchas cosas, se utilicen tanto los recursos, como las instancias gubernamentales, para beneficio de la parcialidad política que ocupa los cargos públicos. Es la lógica de ejercicio de la hegemonía del Estado-gobierno-partido, sustentada en la legitimidad de origen del gobierno.

Sin embargo, la legitimidad de origen, que no es otra que la que se le confiere a un gobierno, por haber ganado unas elecciones -una o 19, a los efectos del modelo, es la misma cosa- no le da derecho a tomar por asalto el poder violando, de hecho y con cada hecho, lo establecido en la Constitución. Esa legitimidad no lo faculta para cambiar de facto la Constitución a través de leyes, ni de actos legislativos, judiciales y políticos de cualquier índole.

Dicho ésto, volvamos al texto del “plan”.

Desde el lenguaje presuntuoso y rimbombante, con el que este “plan” promete desde consolidar el proceso revolucionario en Venezuela hasta salvar el planeta y a través de sus 5 “objetivos históricos”, -desarrollados en 24 “objetivos nacionales” y éstos a su vez, en múltiples objetivos “estratégicos y generales”- se revela un modelo político-cultural basado, entre otras cosas, en un esquema de “guerra popular prolongada y asimétrica“.

La doctrina de seguridad y defensa nacional, la ética revolucionaria, el control efectivo del Estado, el desarrollo del “poder popular” consustanciado con las milicias, el empleo de las milicias en las funciones de apoyo al desarrollo nacional, el desdibujo de las organizaciones gremiales, la organización del pueblo para su participación en la defensa integral de la nación, la formación de cuadros, la modificación curricular para incluir estrategias de formación de valores socialistas y patrióticos, la irrupción de un “Nuevo Estado Democrático y Social, de Derecho y de Justicia”, la construcción colectiva del nuevo Estado Socialista, bajo el principio de “mandar, obedeciendo”; son elementos que dibujan, a lo largo del texto, un modelo que se sustenta en un enfoque belicoso de relación entre ciudadanos. (Para los resabiados, advierto que también el texto habla de paz y convivencia, pero una paz y convivencia construidas a partir de la identificación con el modelo revolucionario y forjadas en la guerra popular prolongada).

Podría dedicarme a citar punto por punto los elementos que constituyen este modelo y que están expresados en el plan, pero este texto quedaría innecesariamente largo. Además, no hay nada como leerlo de primera mano y descubrirlo de forma progresiva. (*)

Apuesto que, a esta altura, más de uno y con razón, se preguntará ¿qué tiene que ver el título con el texto? ¿por qué hablo del modelo político-cultural que promueve este plan y lo asocio con una tendencia irreversible?

Lo hago, porque creo que, dado el tenor de los acontecimientos que hemos vivido en estos días, hay una peligrosa tendencia que pudiera estar convirtiéndose en irreversible: la muerte de la Política y el predominio de la lógica de guerra como sustento de la dinámica social y de las relaciones de poder entre las personas. Creo que sobre eso tenemos que reflexionar.

Veamos algunos ejemplos:

Un día, los paramilitares del gobierno se meten en una Asamblea en la Facultad de Arquitectura de la UCV y persiguen, amedrentan y vejan a los estudiantes. Días más tarde, los mismos u otros paramilitares más descarados y mejor organizados, se instalan dentro de la UCV a sabotear una manifestación estudiantil y desnudan y vejan a un estudiante, agreden y roban a reporteros, siembran el terror en la Tierra de Nadie.

Al poco tiempo, un grupo de personas obstinadas por la falta de seguridad en Montalbán, agarran, vejan y desnudan a un ladrón, para luego entregarlo a las autoridades. Y algo tan reciente como ayer, un grupo de manifestantes o vecinos o ciudadanos indignados ante el atropello de un borracho oficialista a una señora que manifestaba pacíficamente, deciden tomar la justicia en sus manos, propinarle unos golpes al agresor y destrozarle su camioneta.

Unos con más argumentos que otros, con más indignación que otros, más organizados que otros, más armados que otros, con apoyo del gobierno o sin él, con el beneficio que da la impunidad o con la amenaza de ir presos, en algunos casos protegidos por un escapulario o un rosario y en otros, bajo la protección de la corte malandra; agreden, vejan y toman la justicia, o la venganza en sus manos. Formas muy similares que toma esta guerra popular prolongada, en la que consciente o inconscientemente, hay muchos participando.

Veamos otro ejemplo:

Un día una conocida y querida amiga, sale de su casa y encuentra una barricada, se baja del carro para quitar los obstáculos que le impiden pasar, es agredida por sus vecinos sin mediar razón, porque ellos se sienten propietarios de la calle y asistidos por la verdad de los nobles objetivos de la lucha. Ella, tan opositora y activa como ellos, pero participante de otra estrategia de lucha, responde con igual indignación que sus vecinos, porque si ellos tienen derecho a obstaculizar, ella tiene derecho a pasar. En todo caso, no medió previamente ningún acuerdo, por tanto, a unos y otros parece asistirlos el derecho, a circular y a protestar, al mismo tiempo. Gritos, insultos, empujones y amenazas mediante, hemos visto y conocido escenas como esa en múltiples ocasiones. El fondo de este desencuentro, revela la poca disposición de unos y otros para debatir y coordinar acciones y el entendido, nos guste o no, de que si creemos que nos asiste la razón, tenemos el derecho de imponerle la misma y sus consecuencias a los otros.

Si seguimos escudriñando cómo afloran los matices de esas premisas y esa conducta y nos trasladamos un rato a las redes sociales, encontramos una de sus mayores y más floridas expresiones de ejemplos, que van desde el “despierta” y “sal de tu indiferencia”, que presume que quién no nos acompaña en las acciones que consideramos adecuadas, son indiferentes o están dormidos y no se enteran de lo que sucede en el país (estas agresiones son simultáneas, por cierto, al uso, con mucha frecuencia, de imágenes de jóvenes mujeres “guerreras” y de estudiantes encapuchados en plena “batalla”, para identificar la conducta heroica y a la calificación de todo aquel que emprende una acción para la que parece imprescindible tener coraje, como alguien que sí tiene bolas); pasando por el “colaboracionista” en múltiples tonos y volumen, por el que se supone que todo el que emprende una acción que otro considera que puede favorecer al gobierno, está actuando en complicidad con el mismo y para obtener beneficios personales; hasta llegar a las múltiples y diversas acusaciones de culpabilidad que explican por qué, después de 15 años, aún seguimos con este gobierno.

Y en esta última variante, hay una expresión que se basa en la defensa de unos, a los que se considera que se están atacando injustamente, mediante el ataque férreo a otros, que alguna vinculación tienen o se presume que tienen con los que consideramos que están atacando a quién defendemos. Parece un trabalenguas, ¿verdad?

Pero no, se trata, entre otras combinaciones posibles, de los que defienden a Capriles o a la MUD, atacando con furia a Leopoldo o a María Corina y viceversa. Ataques que van y vienen, como si alguien tuviera una especie de “legitimidad” otorgada por la “lucha” para desconocer el esfuerzo y sacrificio que todos, con sus errores, garrafales o menores, esporádicos o reiterados, le han dedicado al país hasta este momento.

A esta altura, si aún se mantienen leyendo, es posible que muchos estarán arrechos con mi postura, y se preguntarán cómo se me ocurre comparar una cosa con la otra y meter todo en el mismo saco, pero creo que así debemos verlo, que hemos perdido la capacidad para ver la violencia y la lógica de guerra en nosotros, y por eso nos resulta tan fácil y sin cuestionamiento, jugar el juego del gobierno, el mismo juego que adversamos, el de la “guerra popular prolongada y asimétrica”.

Y antes de que se vayan a arrechar más, no se trata de no reconocer el sacrificio de todos y las vidas que han dado estudiantes y manifestantes, así como tampoco, ignorar que en el país hace tiempo que no hay justicia, que los malandros siempre salen premiados y que si los llegan a agarrar, los sueltan, mientras que a nuestros manifestantes, los agarran, los meten presos, los torturan y hasta los violan; que no tienen miramientos con los médicos y los abogados que sólo hacen su trabajo; que cada día las cosas se ponen más difíciles y que la última medida es que, para evitar que se divulgue lo que aquí está pasando, la orden es quitar los celulares a quienes manifiestan o andan por la zona; que estos tipos violan la Constitución a diestra y siniestra, usan el ventajismo y la impunidad para violar nuestros derechos y para que sus grupos paramilitares y los órganos de seguridad del Estado puedan amedrentarnos.

Tampoco se trata de desconocer que nuestros líderes, dentro y fuera de los partidos, excluidos de la toma de decisión formal en la MUD, o incluidos y aprovechándose de ello, han abusado de la confianza de la gente, y que a falta de espacios de entendimiento, en este tiempo todos, sin ninguna excepción, han participado en una batalla de agendas en los medios y en la calle, porque creen, a la vieja usanza, que quién impone la agenda en la calle, logra imponer los temas y la conducción de la agenda. Unos apuestan a un discurso más racional y otros a una acción más “contundente”, pero todos usan el mismo mecanismo de guerra para dirimir la agenda opositora, para lograr imponer liderazgos y estrategias, pero el resultado es la exclusión, cuando deberíamos estar construyendo un liderazgo colectivo y una estrategia coordinada, que se ha demostrado, son nuestros mejores fuertes.

Teniendo claro de qué se trata y de qué no, tenemos que preguntarnos si en efecto y hasta qué punto, la lógica de guerra nos tiene invadidos, si vamos a avalar a quiénes emulan lo que adversan con sus acciones, si esa es nuestra única posible respuesta.

La lógica mediante la que se lucha y por la que se toma del poder se sustenta en el mismo modelo ético-político con el que se ejerce el poder cuando se tiene. Pensemos si eso es lo que queremos para Venezuela.

Mirémonos en el espejo de aumento que tenemos hoy en el gobierno. Muchos de ellos, hace 3 décadas hacían guerrilla urbana para tomar el poder y hoy, atacan con grupos paramilitares para mantenerse en él; otros conspiraban en los cuarteles para tomar el poder y hoy, reprimen brutalmente a todo el que manifiesta.

Pensemos que ese modelo político-cultural que declara enemigo a todo con el que no estoy de acuerdo, no es exclusivo de los que se encuentran ejerciendo el gobierno en este momento. El odio se expande del que piensa diferente y apoya al gobierno, al que piensa diferente pero apoya a otro dentro de la oposición, que no es al que yo apoyo. El odio se expande en la medida que crece y se internaliza la práctica del maniqueísmo, de dividirnos en buenos y malos.

Mientras tanto, la inseguridad y el desabastecimiento crecen, así como crecen las restricciones y las horas haciendo cola. Aparecen dos muertos en el Guaire desechados en bolsas negras. Cada día caen más estudiantes presos, más tiempo pasa para los presos políticos que tienen meses y años en la cárcel.

Deberíamos estar todos solicitando la nulidad del “plan” por inconstitucional, pero, en su lugar, pareciera que el comportamiento que se desprende del modelo político-cultural que lo sustenta, representa, para muchos, una tendencia irreversible.

(*) Si no se lo ha leído, o se leyó una versión previa a la aprobada, aquí lo tiene para que lo pueda revisar en detalle.

¡Menos mal, regresó la normalidad!

Leo algunos mensajes en twitter y facebook que advierten el peligro, o plantean el temor, de que la gente deje las calles y el país vuelva a la “normalidad“. También leo mensajes de algunos oficialistas que celebran, con la llamada “toma militar de Altamira“, el regreso a ella.

Quienes tienen ese temor, o esa satisfacción, dependiendo del caso, creo que no entienden que ésta, la dinámica de protestas y represión que vivimos, es la nueva normalidad” que tenemos y tendremos, es la única “normalidad” posible en la Venezuela “revolucionaria”, la única “normalidad” viable para garantizar la supervivencia de quién excluye y desconoce al que piensa diferente y sólo sobrevive cuando logra asfixiar, hasta desaparecer, toda disidencia.

Si cesaran las protestas o cediéramos la calle, lo que vendría no sería jamás una vuelta a una “normalidad” precedente. Ni a la pasada reciente que esperan algunos oficialistas, ni a la pasada remota que añoran y desean algunos opositores.

Lo que vendría sería una evolución de la “normalidad” que vivimos, que obviamente, representaría una involución mayor en nuestra vida republicana.

En esa “normalidad” seguiría profundizándose la crisis económica, las empresas seguirían quebrando, los anaqueles estarían más vacíos, las colas se harían más incómodas y recurrentes y la gente se pelearía por agarrar el pollo que le corresponde esa semana, de acuerdo a lo que dice su tarjeta de racionamiento.

Nuestros jóvenes seguirían emigrando, pero lo harían por tierra, ya que sería más difícil conseguir pasaje en los pocos vuelos que entren y salgan de Venezuela. Mientras tanto, los “enchufaos” de turno pasearían por el mundo con dólares preferenciales o haciendo derroche de recursos mal habidos.

La delincuencia seguiría desatada, pero sentiría el reimpulso de la impunidad renovada, que le daría haber sido protagonista y artífice del éxito oficialista, a puños y tiros, en algunas de las batallas de esta guerra que el gobierno tiene con el pueblo. La Guardia Nacional y la Policía Nacional seguirían en las calles, en las salidas de los metros, en las paradas de buses, en las puertas de las universidades y en las esquinas, “sembrando paz“, requisando a todo el que circula y susurrando temor a sus oídos para que no se le ocurra pensar diferente.

Las cárceles seguirían en franco deterioro y los presos, políticos y no políticos, hacinados y con sus derechos humanos violados, frente al descarado y creciente privilegio que seguirían teniendo los pranes y sus mafias.

Las escuelas seguirían, algunas en terribles condiciones y otras remachadas y retocadas, pero en todas los docentes se verían obligados a aprender y replicar la religión-política, que coloca a Hugo Chavez a la derecha de Dios Padre, o en su lugar, según sea la tendencia.

Los hospitales seguirían sin insumos y las colas de enfermos esperando tratamiento u operaciones, crecería en medida inversamente proporcional a sus esperanzas.

En su esfuerzo por apagar toda opinión libre y disonante, veríamos más intentos de borrar la presencia de las voces disidentes en la Asamblea, allanando la inmunidad parlamentaria de nuestros diputados e imputándoles cargos de traición a la patria por defender nuestros derechos; también seríamos testigos todos los días, de esfuerzos para anular la acción de las personas y organizaciones encargadas de defender los derechos humanos; seguiría la confiscación del poder de las instancias de gobierno de los Estados y Municipios donde no ganó el oficialismo, a través de la reducción de sus presupuestos y de la instrumentación de mecanismos inconstitucionales de “gobierno” paralelo; y continuaría la expansión del monopolio gubernamental de los medios de comunicación, aumentarían las horas de amenazas e insultos en cadena nacional y se incrementaría la mordaza que se impone a periodistas y medios que se atreven a contar al país o al mundo, algo de lo que aquí realmente sucede.

Los empleados públicos seguirían siendo obligados a bajar la cabeza, a vestirse de rojo y a profesar lealtad a la “revolución” apoyando sus actos públicos y privados; terminaríamos de entregar la soberanía y el petróleo a Cuba y tendríamos comisarios políticos y soplones, cubanos y venezolanos, por todos lados. Crecería el número de “beneficiados” por las misiones, pero, por falta de recursos, su instrumentación apelaría a un método de asignación intermitente que dejaría a todos con la esperanza de que su cheque o su beneficio, saliera efectivamente en la tanda siguiente.

En esa evolución de la “normalidad” revolucionaria, se seguiría tejiendo, con la práctica, una instrumentación de la Constitución a la medida, que terminaría violando toda letra que resultara incómoda a la “revolución“; la renovación de los poderes públicos se haría con la señal de costumbre, dejando en los cargos de confianza a los que corresponda, según lo largo del enroque, o a nuevos militantes, tan leales a la “revolución” o más, que sus ocupantes precedentes.

En ella, el odio y la división se profundizarían y el enfrentamiento sería convenientemente callado, por el terror de las armas.

Aparentemente, nada cambiaría, pero todo sería progresivamente diferente.

Así que con la normalidad que tenemos o con la que le seguiría, en la lógica “revolucionaria“, sería imposible volver a algo que se le pareciera a la “normalidad” que unos desean o la que otros recordamos, con o sin nostalgia, porque el pasado, es pasado y ya no vuelve y porque la única “normalidad” posible con esta “revolución” es una que esté alineada a sus ideas y alineada con la sumisión.

Sin embargo, si asumimos al presente y al pasado como oportunidades de aprendizaje, hay una “normalidad” diferente, que sería posible y que, entre todos, podemos construir y hacer viable.

Una “normalidad” en la que Venezuela sean en efecto una República, con ciudadanos responsables y gobernantes, eficaces, eficientes, probos y éticos; con una institucionalidad, en teoría y práctica democrática; un país productor, próspero y creativo, con un Estado que garantice los derechos de todos, sin distingo, que trabaje a fondo por eliminar las desigualdades y la división social y que se encargue de promover una elevada calidad de vida para todos.

Construir esa “normalidad” requiere tiempo, dedicación y esfuerzo, entrega y sacrificios; requiere mantener nuestra voz de protesta, y simultáneamente, reconocer, respetar y aceptar al otro, para iniciar un cambio profundo juntos; requiere, en la intimidad, revisarnos en detalle y dejar los viejos hábitos que constituyen la “viveza del venezolano“; requiere salir a la calle día tras día a ser y construir un país diferente.

Que tengamos una u otra “normalidad“, de nosotros depende.

¡Nos vemos en la calle!

PS: Tal como dicta la “normalidad” y por sugerencia de algunos lectores, hice unos cambios en la “vista” del blog, pero las limitaciones de las plantillas disponibles, no dieron los resultados esperados, así que seguiré buscando opciones y mientras, disculpen el grotesco tamaño del encabezado y de las letras.

La barbarie que nos ha alcanzado

Ayer, Caracas amaneció trancada, para variar.

Esta vez, la causa era una gandola que, ignorando o desconociendo, la regulación de altura del puente de Los Ruices, se empotró y quedó atascada. Esa fue la versión inicial de una de las más terribles noticias que hemos presenciado en nuestra historia contemporánea.

Un poco más tarde, supimos que las autoridades se estaban haciendo cargo de la congestión y estaban organizando la extracción del vehículo atascado. Poco después nos enteramos de que, antes de llegar las autoridades, un grupo de “necesitados” se habían dado a la tarea de “saquear” la carga del camión, mientras un grupo de malandros, se ocupaba de atracar a los carros que quedaron atrapados en la tranca.

Hasta ahí, la noticia era realmente inaceptable e indignante para cualquier persona con un mínimo de espíritu cívico o que se precie de llamarse ciudadano. Pero ahí no quedó la noticia. Posteriormente, nos enteramos que, mientras ocurría el saqueo, el conductor estaba muerto, o aún muriendo, en la cabina.

En esta foto publicada en su cuenta por @dnnymdn podemos ver como los saqueadores tenían que subirse a la cabina para poder robarse la mercancía. Literalmente, tenían que montarse en los hombros del conductor y pisarlo, contribuyendo con la presión de la carga que le ocasionó la muerte.

¿Qué le pasó a esa gente que no fue capaz de conmoverse y tratar de sacar al conductor antes de iniciar su destemplado saqueo? ¿A dónde carajo fue a parar la incondicional solidaridad de los venezolanos?

Muchas fueron las reacciones de indignación ciudadana que pude leer en las redes -no así, por cierto, las de dirigentes políticos y las autoridades-. Muchas, aunque, para la importancia de lo sucedido, absolutamente insuficientes. Finalmente, frente a la parálisis colectiva, nos alcanzó la barbarie.

Mientras trataba de procesar lo sucedido, y comentaba una nota publicada por la actriz Carlota Sosa en su muro de Facebook, se plagó mi memoria de escenas que me permitieron recordar que esa barbarie que vimos expresarse ayer, existía en el país hace más de 20 años. Entonces, era sólo una minúscula partícula de barbarie latente que mostraba su cara todos los jueves en las puertas de la UCV, ante la mirada atónita e indignada de buena parte de la comunidad universitaria, siempre de mano de la capucha que ocultaba a alguno de los que hoy nos gobiernan.

Con frecuencia secuestraba y saqueaba camiones de pollo; amenazaba a transeúntes, policías y estudiantes, por igual; y afortunadamente, no con tanta frecuencia, aunque demasiada para mi gusto, se llevaba la vida o la salud de alguien, en la punta de una bala. A veces se trataba de uno de los suyos que “utilizaba como carne de cañón” y quedaba atrapado en medio del fuego en algún enfrentamiento, otras, las más terribles, se trataba de algún inocente que se atravesaba la trayectoria de las balas, sin querer. Por cierto, uno de los sitios preferidos de “manifestación” de estos bárbaros, era la entrada de la UCV que llevaba al clínico.

Esa minúscula partícula de barbarie, tenía sus réplicas en la UDO, en LUZ y en la ULA -los principales o preferidos espacios del “foquismo” “revolucionario” que vivimos en décadas pasadas- desplegaba llamaradas en sus reiteradas quemas de cauchos y se paseaba por las manifestaciones estudiantiles con sus morrales llenos de bombas molotov, esperando la orden de su “dirigencia” para romper filas, torcer la ruta de la marcha y provocar el tan ansiado y “revolucionario” “enfrentamiento” con la policía.

Todos conocíamos sus intenciones y, por supuesto, su existencia. Algunos se hacían la vista gorda por miedo, otros por complicidad o conveniencia y unos pocos, los confrontábamos sin tapujos en las reuniones nacionales de coordinación de las instancias de representación estudiantil, en las asambleas nacionales, o en las “ocultas” reuniones de “factores políticos” que se daban paralelas a las oficiales, antes de las marchas, en las que siempre la “negociación” se planteaba en los convenientes términos: “si la marcha pasa de tantas personas, seguimos hasta el ministerio”

Esa minúscula partícula de barbarie que se expandía por momentos para luego volver a su acostumbrada latencia, tuvo su máxima expansión en febrero de 1989 cuando presenciamos el horror de la violencia y el saqueo generalizado, pero recibió luz verde desde el inicio del gobierno pasado, cuando el recién electo presidente Hugo Chavez, dijo en los Próceres que estaba bien robar, si se hacía por necesidad y continuó su “oficialización” con el espaldarazo dado a las organizaciones armadas, “frentes liberadores”, colectivos y malandros en general, que hacen vida -“política” y delincuente- a plena luz, bajo la mirada cómplice y alcahueta de los organismos de seguridad del Estado y de las instancias de gobierno con competencia en la materia.

Esa que fue sólo una minúscula partícula de barbarie latente; hoy, expandida, desplegada y apoyada, contamina nuestra cotidianidad y nos resquebraja de tristeza los ojos del alma.

Mientras trataba de procesar lo ocurrido, también leí una publicación en el blog “Panfleto Negro, titulada: “Apuntes sobre la humanidad, o la falta de que desde aquí pueden leer y recordé una publicada en la madrugada del 9 de diciembre de 2009, en mi antiguo blog Ciudadanía Política“, a raíz del asesinato de un estudiante, que a continuación les copio.

miércoles, diciembre 09, 2009

Intentando exorcizar el escalofrío de la violencia

A la memoria de Gonzalo Jaurena y
de Jesús Eduardo Ramírez Bello,
dos caras de una triste moneda

 

Días como hoy hacen presente el escalofrío sentido cuando nos enteramos de la “masacre de tazón” en 1985, el mismo sentido unos años más tarde cuando la policía detuvo manifestando a Gonzalo Jaurena, lo torturó y devolvió a su familia asesinado.

El escalofrío que en esa época sentimos muchos, ante la terrible muerte del “Hippie” quién fue víctima de sus amigos, los encapuchados, que lo entusiasmaron, a quiénes inocente y románticamente acompañó, y quiénes, sin proponérselo, le quitaron, de un tiro, la vida.

El mismo que también sentimos, cuando un salvaje pesado merideño, cegó de un tiro la vida a un estudiante, sólo porque se atrevió a orinar en la esquina de su casa.

O también el sentido cuando fuimos al Congreso Nacional y coincidió nuestra visita con la denuncia de unos torturados por razones políticas, quienes mostraban a Diputados y Senadores sus torsos morados, porque fueron molidos a coñazos en la DISIP.

También fue el mismo escalofrío sentido cuando nos apuntaba una pistola de la DIM a la cabeza, mientras un agente de civil nos pedía la cédula y nos dejaba seguir porque, creemos nosotros, no cabíamos en el Jeep en el que se llevaron detenidos a 4 de nuestros compañeros, que por largas horas no existían para los cuerpos de seguridad y sólo supimos dónde estaban detenidos, gracias a la amable y solidaria intermediación del Rector de la USB y de unos Diputados masistas.

Por cierto, nada diferente al escalofrío sentido cuando metieron preso a Tony y lo golpearon para tratar de que contara algo sobre lo que nada sabía.

Ese escalofrío que sigue grabado en mis recuerdos, también debería estarlo en muchos de los que hoy justifican o taparean salvajadas similares desde el gobierno.

Claro, ese escalofrío, pero más profundo, está también grabado en mis recuerdos del primer día en el que los grupos violentos del oficialismo decidieron que tenían derecho a atacar cualquier manifestación de protesta que en el país se hiciera. Ese día estábamos en el TSJ, acompañando al Sr Merhi en una huelga de hambre y llegó Lina Ron con sus grupos a atacarnos. Era como si pretendieran marcar el territorio y tomarlo por la fuerza. Y de hecho eso hicieron!

Ese día se instauró la violencia en las calles y la ciudad comenzó a fraccionarse en especies de ghettos.

Desde ese día, lo queramos aceptar o no, los violentos, guapos y apoyaos, nos declararon abierta y descaradamente la guerra.

Desde ese día el escalofrío es una sensación casi permanente y mi corazón se declaró de luto porque agonizan la paz y la democracia.

Pero ese día también tiene sus antecedentes en aquellos días de mediados a finales de los años ochenta, cuando el escalofrío lo sentíamos por el abuso de poder de los gobiernos, pero también por las manifestaciones que vaticinaban lo que hoy tenemos, el abuso de la fuerza y de la violencia.

Abuso que nos hizo sentir un profundo escalofrío la noche que estábamos en la FCU de la UCV en una reunión nacional y llegó un compañero con la cabeza reventada gracias a un cachazo que, por arrechera, le propinara uno de los miembros del violento grupo Venceremos que, en ese momento, hacía vida en esa casa de estudios.

O que sentían a diario los estudiantes de la UCV cuando los encapuchados armados caminaban libre y retadoramente por los pasillos o por la tierra de nadie, amedrentándolos sólo para demostrar que ellos eran los que mandaban en esos predios.

O cuando los llamados “los 12 del patíbulo” celebraban sus episodios de “foquismo”, sus capítulos de su “lucha armada”, regularmente los jueves… de ellos, recuerdo con especial escalofrío, el día que hirieron a Ingrid quién, estudiaba en la UCV, pero por precaución y porque no pudo entrar a tiempo, estaba viendo la manifestación desde afuera, detrás de la policía y a quién, desde su alma máter, alcanzó una revolucionaria bala.

Ellos, los que siempre se defendían diciendo que no tenían armas, protagonizaron el evento que, de todos esos, recuerdo con más escalofrío: el día que, en medio de uno de los tristes “capítulos de la lucha armada”, la herida fue una niña de 8 años, a quién la bala le llegó, como a Ingrid, desde dentro de la casa de estudios, pero le pegó por la espalda.

Allí estaba el germen de lo que vivimos en estos días y quizá, algunos no recuerden el escalofrío porque no lo sintieron y también quizá, para muchos otros, el escalofrío que compartimos, sólo lo sintieron porque, en ese momento, estaban de este lado de la cerca.

Olga Ramos
09122009 (en la madrugada)

La lluvia, como la tristeza, no cesa.

Como si fuera día de elecciones, me desperté este domingo de madrugada.

Aún no había salido el sol y el sonido de la lluvia, el de un torrente aguacero, me trasladó a mis días de infancia.

Sin salir de la cama, para variar, porque debo confesar mi adicción a la información, me puse a revisar el twitter y las noticias, mientras me preguntaba si estaban a buen resguardo los libros en la Feria de la Lectura de Altamira y pensaba, como de costumbre cuando llueve, en cómo estarían quiénes no tienen un buen techo para resguardarse o aquellos cuyo techo está ubicado en zonas con riesgo de derrumbe o inundación.

Amaneció y se develó un cielo del mismo gris nube-aguacero que tantas veces disfruté, en otro tiempo, pero a la misma hora, en Villa de Cura.

Sin embargo, a diferencia de aquellos días, la de hoy es una mañana triste.

Triste porque paseando por los 140 caracteres de mis panas, encontré el video que documenta la agresión a la Red de Observadores Electorales de Asamblea de Educación (@observa14a), el día de las elecciones. En él, reconozco el talante paciente y pacífico de mis colegas, especialmente el de José Domingo Mujica que, como se ve en el video, fue el que salió desde el principio a ver qué pasaba y trató de “negociar” paz en tan inaceptable incursión. Lástima que no se grabó el audio, porque las imágenes no dicen los mismo sin él. Al final, les dejo el video para que Ustedes lo vean.

Triste también, porque pensando en esa agresión, tan extraña y fuera de lugar el día de las elecciones, no podía sacar de mi mente las imágenes del Diputado Suplente del PSUV, arremetiendo a “coñazo” limpio y con furia desmedida a sus colegas opositores. Ese “carajito” como diría mi padre, es “docente”, preside el Sindicato Nacional de la Fuerza Unitaria Magisterial en el estado Aragua , (Sinafum), y es villacurano, -aunque a la luz de los hechos, creo que le sale más decir que es “villano”- para vergüenza de todos los que, aunque no oriundos, nos criamos o pasamos por ese pueblo, el del Santo Sepulcro y el abuelo de Bolívar.

Triste porque ese episodio fue la “respuesta” que la bancada oficialilsta pudo dar, ante el reclamo por un hecho que, por sí sólo, revestía una gravedad inconmensurable: la decisión reiterada del Diputado Presidente de la Asamblea Nacional, de volarse la institucionalidad para “silenciar” a buena parte del país, negando la intervención en el debate a los diputados opositores, en una clara y flagrante violación a nuestros derechos políticos.

Y finalmente, para no hacer la lista más larga, triste porque iniciando el Día Mundial por la Libertad de Prensa, fue asesinado un periodista, Johny González reportero del diario Líder, saliendo de su trabajo al terminar su guardia. Triste la pérdida, tristes las condiciones en la que se produjo, pero más triste e indignante la reacción de Nicolás con sus declaraciones poco serias y “paranoicas” a juro, vieja estrategia castrista por cierto, totalmente fuera de lugar en el país, en éste y todo momento y que produjo una oleada de indignación en mucha gente, recogida y reconocida, cuando #ECDTMNM se convirtió en TT en twitter anoche. Afortunadamente, frente a este hecho, hay muchas posiciones razonables, entre las que se encuentra la reacción de su gremio.

Termino de escribir y la lluvia, como la tristeza, no cesa.

El video

Al que no le guste, que se vaya!

Hoy tuve el placer de escuchar una maravillosa tertulia, con la excusa del libro Armando el rompecabezas de un paísde @EdicionesBVzla, entre Cesar Miguel Rondón @cmrondon, Colette Capriles @cocap y Alberto Barrera Tyszka @Barreratyszka.

Como una buena tertulia puso a danzar varias ideas al ritmo de la necesidad de comprensión y profundidad. Tuvimos mucha suerte los que allí nos citamos, pero espero que alguien la haya grabado formalmente –además de un par de chicas que lo hacían con sus celulares-, la transcriba y la ponga a disposición de todos, para que muchos más tengan la oportunidad de pasearse por esas reflexiones y permitan que les orienten las propias.

En mi caso, hay un par de hipótesis que tengo y que quiero comentar.

1. No podemos confundir polarización política con identidad nacional fracturada

La polarización política, en este momento, ha cobrado la forma de dos grandes opciones electorales, dos grupos casi iguales de electores, en magnitud. Esta expresión es el producto, por una parte, de la evolución del proyecto personal de Chavez y por la otra, del esfuerzo por concretar una alternativa de gobierno fraguada desde la mesa de la unidad. La primera con una cohesión que se ha puesto en alto riesgo a partir de la desaparición física de Chavez y la segunda, con una cohesión en consolidación, a partir de la emergencia de un liderazgo claro y reconocido encarnado en el candidato presidencial y los principales voceros de la unidad.

Hablo de opciones electorales y no de visiones de país, porque creo que, a pesar de que ahora está mejor dibujada la unidad opositora en términos de la visión nacional que persigue, aún no se trata de un proyecto de país, claro, sólido y compartido por todos, por una parte; y porque, por la otra, dentro de las filas del oficialismo, con la desaparición física de Chavez, se perdió la cohesión en torno a un grupo de ideas que por muy desestructurado y contradictorio que haya resultado durante estos 14 años, constituía un proyecto político, personalísimo, pero que dibujaba algunos rasgos de un país deseado.

Hasta aquí podemos decir que tenemos dos grupos electorales en pugna por el poder, con visiones de país en construcción o en destrucción, según el caso.

En términos de visiones de país, la opción opositora construye su cuerpo de ideas en un espacio de debate signado por el pluralismo político. Esta construcción, dada la diversidad ideológica presente, no ha resultado muy fácil, pero se ha identificado un grupo de ideas base. En ésta, los millones de electores que la forman, aún no tienen unidad sobre las ideas identificadas. Sin embargo, el liderazgo emergente de su candidato presidencial y de sus principales voceros, ha marcado algunas importantes pautas. La cohesión está dada por la existencia de un liderazgo claro y reconocido.

Por su parte, la opción oficialista, que hasta hace poco derivaba su cuerpo de ideas de lo dicho por su líder máximo, ahora, en ausencia de una plataforma pluralista que reconozca y legitime sus facciones, se revuelve en pugnas internas, que formalmente, no hace aguas, mientras la necesidad de defender su permanencia en el poder los obliga a mantenerse cohesionados en contra de los opositores. En este grupo, las ideas de país en sus bases, se mantienen alineadas con las promesas, incumplidas, pero idealizadas del proyecto vendido por quién fuera su líder máximo. La fuente de cohesión se perdió y ahora se trata de mantener, a duras penas, por la fuerza.

Está claro entonces que existe polarización y fuerte fractura política, sin embargo, en términos de identidad nacional, la cosa es de otro tenor.

2. Vivimos un esfuerzo de imposición de una nueva narrativa

Al respecto voy a comenzar diciendo que concuerdo con Colette cuando afirma que vivimos la intención de imponer, por parte del grupo que detenta el poder, una nueva identidad nacional que desconoce y excluye todo lo que le resulta diferente e inconveniente.

Sin embargo, particularmente pienso, que este esfuerzo más que intentar construir e imponer nuevos rasgos de una identidad nacional, plantea la imposición de una nueva narrativa sustentada en una re-lectura o una lectura fabricada nuestra historia y de los rasgos constitutivos de nuestra cultura, que no recoge aspectos muy relevantes de lo que somos, porque solamente está dirigida a sustentar la polarización política y no tanto a producir una real transformación social, a partir del reconocimiento e inclusión en nuestra identidad de rasgos y fragmentos integrantes de la venezolanidad que también definen lo que somos, pero que han sido recurrentemente excluidos.

Esta narrativa, está concebida como una nueva interpretación de nuestra estructura y dinámica social que, por su afán polarizador, está constituida por la confrontación de dos facciones, fabricadas para sustentar la polarización y la división política, los pobres excluidos contra los traidores a la patria vendidos al imperialismo.

Esta narrativa no asoma, ni por equivocación, la complejidad de nuestra estructura socio-cultural, producto, entre muchas otras cosas, de nuestra larga tradición de migraciones, ni nuestra intrincada dinámica social y política, signada por un toque de adolescencia en nuestro nivel de madurez republicano-ciudadana. No las asoma, y mucho menos las refiere como base necesaria para comprendernos y a partir de ellas y de otras, reconstruir la idea de venezolanidad.

Pero insisto, es más una narrativa a la que, recientemente se le ha respondido con otra narrativa mucho más consistente con la lectura de nuestra dinámica social y política cotidiana, que una identidad nacional nueva, aunque en dicha narrativa se apele a algunos ingredientes que podrían formar parte de un referente de identidad.

3. La anti-identidad como identidad nacional

Como dije antes, el asunto de la identidad nacional, es de un tenor diferente tanto al de la polarización política, como al de la narrativa que pretende sustentarla. De hecho, el tema de la identidad nacional es tan complejo que sería pretencioso tratar de plasmar su problemática en pocas líneas. Por ello, sólo voy a esbozar un par de ideas que creo debemos considerar en el debate.

La primera es que, después de mucho tiempo y de haber tenido unos claros rasgos con los que orgullosamente la mayoría de los venezolanos nos identificábamos, actualmente, una de nuestras mayores coincidencias, en términos de identidad, es que nos sentimos extranjeros en nuestra patria, ya sea que nos sentimos extranjeros gran parte del tiempo o que nos sentimos así en parte importante de su territorio. Es decir, nos define la “no pertenencia” como cualidad de vinculación con el territorio y su gente.

Esta “no pertenencia” es propia de la estructura de guetos que experimentamos de forma generalizada durante los últimos años y que, a pesar de que una parte de la población que se encontraba excluida podía haberla experimentado desde hace muchos más años, se convirtió en un rasgo generalizado, bajo el impulso de la polarización política. Esta, que, en un primer momento, hacía que nos sintiéramos extranjeros en partes específicas del territorio, con el tiempo, se ha magnificado y hemos terminado sintiéndonos ajenos al país.

Este rasgo es más importante en algunos grupos sociales que en otros, pero todos sufrimos una especie de desarraigo de la patria, porque, en este momento, no se parece a la que ninguno de nosotros soñó. Ese desarraigo, constituye un nivel de escisión de la identidad muy profundo y personal porque no está construido por grupos de personas cohesionados que se identifican entre sí, pero que no se reconocen en grupos distintos, sino que se desprende de una ruptura de cada persona con su sueño de país que, a falta de proyectos compartidos, se produce desde la intimidad del ser.

La segunda es que, a esa sensación de no pertenencia nueva para algunos y de vieja data para otros, se une el vacío por la inexistencia de una “idea” compartida que nos dé un nuevo sentido de identidad nacional, esa especie de engrudo que nos permite tener cohesión como país, a pesar de la diversidad y las diferencias. Pero la inexistencia de una “idea” compartida, buena parte de ese vacío que sentimos, creo que es más el producto del empeño en desconocer y menospreciar al otro que de la real ausencia de elementos que puedan constituirse en esa “idea” de nos compartida; empeño que, por cierto, a pesar de que ya existía como un rasgo latente en nuestra idiosincrasia, se ha exacerbado, extendido y arraigado como una más de las consecuencias de la polarización política.

Así tenemos como identidad un sentimiento de no pertenencia, unido a un rechazo al otro al que soy incapaz de reconocerle virtudes aunque tenga las mismas que yo me reconozco y de paso, le achaco todos los males y le endilgo todos mis defectos sin reconocerme reflejado en ellos; es decir, “ni pertenezco” “ni me identifico” se perfilan contradictoriamente, como dos de los rasgos comunes de identidad que tenemos actualmente los venezolanos.

No obstante, si pudiéramos mapear socio-cultural y geográficamente a nuestra sociedad, podríamos dibujar un mapa de grupos con rasgos culturales diversos, distribuidos en guetos a nivel espacial, que no se reconocen mutuamente, pero en los que podemos identificar superpuesta una red de valores y de creencias compartidas y cruzadas. Obviamente, aun cuando en términos espaciales están bastante claros los bordes, en términos socio-culturales, no podríamos identificarlos con tanta claridad, porque la superposición los permea y los trasciende, como también los traspasa la sensación de no pertenencia.

Finalmente, la tercera idea, es que a pesar de que no nos gustan y de que no las queremos reconocer como propias, en este momento hay una serie de creencias que son en las que coincidimos con mayor fuerza y las que, de hecho, podemos reconocer como parte de nuestra identidad. Creencias como: “Las reglas del juego están hechas para ser violadas cuando no me convengan, pero si las viola otro, y eso me afecta, lo considero una afrenta y reclamo su no cumplimiento”; y “Venezuela es un territorio en disputa, el que gane se queda y el que pierda, se asimila y si no le gusta, se va”; son creencias que están de diversa manera y con distintos niveles arraigadas en nuestro pensamiento, que se manifiestan, más de lo que aceptamos, cotidianamente y muchas veces en acciones que pasan desapercibidas porque no nos resultan relevantes. Pero son creencias que están ahí y si ponemos atención podremos sentir su presencia abrumadora.

La “no pertenencia”, la “no identificación” y nuestro “lado oscuro”, lamentablemente, son ideas comunes que actualmente, aunque no queramos, nos identifican y sobre ellas tenemos que actuar, comenzando por reconocer su existencia, para poner la reconstrucción de la identidad nacional en otro plano y poder comenzar efectivamente a trabajar sobre ella.