Un domingo “electoral”

Quienes me conocen, saben muy bien que, por vocación democrática, he votado en todos los procesos electorales, incluyendo el del año 2005, cuando algunos decidieron y sin consulta impusieron, que no había que votar.

También saben que, desde el nacimiento de la Red de Veedores, hace casi dos décadas, formal o informalmente, hago observación electoral.

Hoy no podía ser diferente: apegada a mis principios democráticos decidí no participar como votante, es decir, no votar, porque éste es un proceso viciado de nulidad, al ser convocado por la Asamblea Constituyente, un ente ilegítimo que usurpa funciones a los organismos del Estado.

Y digo “no participar como votante“, porque, dada la ilegitimidad del proceso, decir que decidí “no ejercer mi derecho al voto” sería muy contradictorio con mi posición.

Lo expreso en estos términos, porque ayer, conversando con unos amigos, cuando expresé mi posición, uno de ellos, dijo: ah, “es una posición principista“, como si actuar en apego a los principios, le restara valor a una acción política.

Obviamente, también decidí hacer una vuelta de observación, pero muy informal, para verificar, de primera mano, lo que los medios y algunos amigos, estaban contando que veían en los centros.

Pero antes de contarles el resultado de mi recorrido, quiero agregar algo más al comentario de mi amigo sobre el motivo de mi decisión.

El país que tenemos

En el país, en este momento, la sociedad está más fracturada y entrópica que nunca. El liderazgo en todos los grupos está dividido y enfrentado. Las pugnas por el control del poder y del no poder (o de la ilusión de poder), son múltiples y simultáneas. Todos, en el gobierno y en la oposición, están jugando al control de sus espacios, cada quién como puede y como su ética política le dicta que debe o puede hacer.

En el oficialismo, se dan algunas batallas y pugnas internas que parecen favorecer los espacios de incidencia de la oposición, y en la oposición, se mantienen las pugnas por el poder de influir en las decisiones sobre la estrategia y las tácticas, que facilitan el control de los espacios por parte del gobierno.

La situación es inédita y muy complicada. Quien crea que tiene “la solución” a lo que estamos viviendo y que, por su método puede convencer o forzar al resto de reconocerla o asumirla, parece que no ha evolucionado desde 1999, ni en los términos de análisis, ni en la comprensión de lo que estamos viviendo.

También están los que descubrieron el análisis de los procesos similares en otros países, como fuente o insumo para la comprensión y la toma de decisiones en Venezuela, pero no entienden que lo nuestro es inédito, por lo que los aprendizajes de las otras experiencias pueden ser valiosos, pero relativos, así que tomar otras experiencias, al pie de la letra, no garantiza que lo que hicieron en ellas, funcione.

Otro elemento que influye en la entropía en la que nos hemos convertido como sociedad, es la adopción mejorada y generalizada de dos prácticas nefastas para el funcionamiento de sociedades democráticas: el clientelismo político, heredado de las prácticas de Acción Democrática en sus gobiernos y repotenciado por la magnitud y su combinación con el miedo, por el chavismo; y la “operación política” que es una especie de “componenda-macolla forzada” en la que eran muy duchos, históricamente, los masistas, pero que ahora se ha convertido en una práctica recurrente de muchos grupos políticos. La operación política, fuerza “acuerdos” sin debate de argumentos, en operaciones de “incidencia” en la toma de decisiones, construyendo falsas “mayorías”, al momento de decidir.

Es más que evidente que, dicho ésto, no voy a decir que yo si tengo la solución o si sé cuál es la ruta a la salida de lo que estamos viviendo, porque sería contradictorio y ridículo.

Lo que sí voy y quiero decir, es que para que podamos aspirar a tener una Venezuela diferente, requerimos transformar unos elementos de fondo, Algunos de ellos, asociados al comportamiento de la dirigencia política, y otros, asociados a la ciudadanía.

Requerimos una ciudadanía consistente entre el discurso y la práctica, que sea capaz de involucrarse, más allá de las manifestaciones, en las acciones políticas y ciudadanas necesarias para construir un cambio de fondo. Pero también, una ciudadanía que se distancie de las prácticas disfrazadas de “conveniencia”, que asuma una ética ciudadana basada en el respeto al otro y a las normas, que se expresa en cosas tan elementales y sencillas,  como seguir los procedimientos y no comerse los semáforos. Una práctica en la que las acciones de desobediencia, sean eso y no en la que el esquivar las normas sólo contribuya a la entropía magnificada y vacía de contenido. Una ciudadanía que no esté esperando que aparezca un nuevo “mesías” a resolver sus problemas y que tampoco espere que, ante este adversario, las estrategias y tácticas políticas, se debatan abiertamente en los medios o en las redes sociales.

Y requerimos una dirigencia que asuma con humildad la complejidad y lo inédito de nuestra situación y que por tanto, no se erija como el nuevo portador de “la solución”, con la prepotencia del un “salvador” pre-claro. Sino entienda que puede tener razón en lo que aprecia y lo que dice, pero que la complejidad de lo que sucede amerita construir con otros, una visión más completa y acordar una estrategia que se desprenda de allí. Que entienda que es posible equivocarse, porque no estamos jugando solos y en muchos casos, estamos jugando temporalmente, desfasados, por lo que analizar el potencial error en la táctica es lo normal y conveniente, y el error no enviste de “sabiduría” y en consecuencia de “poder” al que alertó sobre su posibilidad de ocurrencia, en un momento específico.

Pero, lo más importante, es que requerimos que, sin asumir que eso signifique ingenuidad en el análisis o la acción, esa dirigencia construya una ética política diferente, en la que cualquier forma de clientelismo y de operación política sea desterrada. Si no logramos eso, siempre volveremos a tener una especie de “más de lo mismo”.

Actuar con base a principios no puede ser entendido, ni como una camisa de fuerza que hay que evitar, ni como una posición excelsa e infalible. Es imprescidible construir una ética política que permita flexibilidad en la acción, pero que no se convierta en tramoya y macolla, evadiendo los principios para lograr el control del poder a toda costa.

Comentario político-electoral

Antes de salir a mi paseo por el domingo “electoral”, intercambiando con unos amigos y escuchando los reportes del “Servicio de Información” (un valioso resumen de noticias que me llega por WhastApp en notas de voz), supe que un par de candidatos en la “contienda” estaban haciendo intensas denuncias sobre irregularidades en el proceso, que incluían la presencia de puntos rojos en las cercanías de los centros electorales y el voto “asistido” (diría mejor, amedrentado) y que decían tener documentación que las respaldaban.

En ese momento, recordé unos de los grandes vacíos que sentí durante el período de campaña: las denuncias de las irregularidades provenientes de los comandos de campaña de los candidatos. Varias organizaciones de derechos humanos y voceros políticos, de organizaciones e independientes, que no estaban participando en la contienda, hicieron denuncias, algunas documentadas y otras no, pero todas ponían en evidencia los delitos electorales recurrentemente cometidos por el oficialismo, que hizo gala de su abuso de poder, antes y durante la campaña.

En ese contexto, se apreciaron unas tímidas y pocas menciones a dichos abusos, por las organizaciones y personas participando directamente en el proceso, pero ni suficientes para el tenor del abuso y la violación de las normas, pero tampoco con la intensidad de hoy.

A beneficio de inventario, habrá que analizar este comportamiento y meterlo, como dato en el análisis de algún potencial escenario electoral.

Mi paseo por el domingo “electoral”

Como se trató de una pequeña vuelta de observación y sin credencial, no entré en los centros y me remití ver el comportamiento de la gente en las afueras de los centros, en la zona donde tengo años ejerciendo mi derecho al voto.

Mi centro electoral y los más cercanos en la zona, 6 en total, estaban totalmente vacíos. En 4 de ellos, pude pasar por las entradas y me llamó la atención que dos de ellos, estaban custodiados, como de costumbre por un par de Guardias Nacionales del Plan República, pero los otros dos tenían la puerta entrecerrada y del otro lado de la reja había mujeres milicianas. En las inmediaciones de esos 4 centros, había unos pocos carros, unos 2 o 3 en los custodiados por las milicianas. En mi centro, había 6 y en el otro centro, ninguno.

En los dos centros a los que no pude pasar, tenían cerradas las calles, en un caso con las mesas de un aula de la escuela y en el otro, con una cinta. En ninguno de los dos se veía cola en la entrada. Bueno, ni cola, ni gente esperando en la calle o curioseando como es costumbre en estos procesos, pero en ambos casos había un punto rojo muy cerca de la entrada del centro. Uno de los puntos rojos tenía tres mesas para el escaneo del “carnet de la patria” (eso decía un papel pegado al borde de la mesa) y había un par de personas paradas debajo del toldo, aunque ninguna de ellas parecía estar en el proceso de “escaneo”. El otro punto rojo tenía una sola mesa, había unas 4 personas sobre ella (y una saliendo), por lo que parecía que estaban en plena acción de “escaneo”. Como no tenía credencial, no me acerqué tampoco a conversar con ellos.

La diferencia en la dinámica social entre las zonas, sí fue notable. En la primera zona que incluye dos urbanizaciones de la zona de la Trinidad, no había casi personas en las calles. En la segunda, que es el pueblo de Baruta, había mucha gente en la calle. En la mayoría de los casos, especialmente en el casco, la gente estaba haciendo compras y actividades que no parecían tener relación ni con el centro electoral, ni con el punto rojo. Saliendo del casco, en la principal de Baruta, había mucha gente en colas esperando transporte público. Pero en las inmediaciones del otro centro electoral de Baruta, no había casi gente, y la mayoría de la poca que pude ver, estaba en el punto rojo.

Por cierto, mientras estaba dando la vuelta para salir de esa calle, porque estaba cerrado el paso, como les comenté, pude ver a un motorizado que creo que estaba en las mismas que yo, porque se paró miró el centro y el punto rojo, pero en su caso, llamó por teléfono, quizás para hacer un reporte. (Comentario de especulación pura)

Otra cosa que llamó mi atención, fue que, aproximadamente a la 1 pm, un grupo de entre 12 y 14 motorizados, sin identificación visible, pero en grupo, pasaron por la zona, atravesando la principal de la Trinidad y devolviéndose en el semáforo de la Procter (haciendo un cruce ilegal, por cierto), rumbo a la autopista.

El uso político-partidista del sistema educativo

Antes de cerrarles el recuento sobre mi paseo por el domingo “electoral”, debo comentarles que he recibido mensajes que han circulado por los chats de dos zonas educativas, los chats oficiales, los que usan los supervisores y el jefe de zona para comunicarse con los directores de las escuelas. En ambos casos, el tema de hoy es el mismo: preguntar si habían cumplido con su voto y su cuota de votantes.

En uno de los casos, la solicitud estuvo acompañada con un regaño-amenaza, el propio jefe de zona dijo en un audio, que al mediodía, la mayoría de los directores de ese Estado no había reportado, ni siquiera su propio voto, y que eso no era posible porque el “presidente Maduro” les había dado un “bono de compensación”, por la labor que ejercen.

De acuerdo a lo dicho por el jefe de zona, parece que el bono no estaba relacionado con su labor como directores de escuela, sino como militantes de una opción política, porque, con la frase “amor con amor se paga”, continuó el regaño y la solicitud de que los directores informaran a sus salas situacionales -sí, las del sistema educativo- y a los acompañantes circuitales, cuántos de ellos y cuántos de sus trabajadores “chavistas” han ido a votar.

El audio continuó con la amenaza. Sí, el jefe de zona dijo: “tenemos mecanismos para saber cuando ustedes votan”.

Luego expresó su preocupación por saber lo que estaba pasando y por saber “dónde están” las asambleas patrióticas de maestros y maestras, así como, la organización que tienen en las escuelas.

Y finalizó con el engaño siguiente: “necesitamos amarrar todos los votos, ningún voto está de más” (…) “vamos a triunfar, pero ese triunfo tiene que ser con contundencia”.

Como verán, toda una colección de delitos electorales y al ejercicio de la administración pública en un solo audio.

De vuelta al paseo

Ahora sí, para cerrar mi paseo por el domingo “electoral”, les dejo estas 3 fotos. No tomé más, porque no estaba en labores de observación formal.

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Centro electoral en la Unidad Educativa Monseñor Lucas Castillo, en Baruta, frente al Cementerio

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Punto rojo en las inmediaciones del centro electoral que está en la Unidad Educativa Monseñor Lucas Castillo, frente al Cementerio de Baruta

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Centro electoral ubicado en el Instituto Arturo Michelena en La Trinidad.

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Preguntas a los profetas del “cambio inevitable”

#TuitAnticlimático (bueno, o mejor dicho #HiloAnticlimático)

Cuando leo: “Entramos en un momento (o proceso) de cambio inevitable” referido a la vida política del país, pregunto:

1. Dada la dinámica de las sociedades, ¿no estamos en un proceso de transformación permanente?

2. Si entendemos cambio como el paso de un estado a otro y sabemos que los cambios se producen por la combinación de modificaciones pequeñas, ¿no es obvio que a veces, por su magnitud, podemos apreciar las señales de cambio, pero otras no?

3. El cambio siempre es inevitable. Lo que se puede intentar controlar, o en lo que se puede incidir, es en la dirección, profundidad y cualidades del cambio. En lo que se puede incidir y en lo que consciente y organizadamente hay que trabajar.

Dicho ésto, pregunto a los profetas del “cambio inevitable”:

¿no hemos experimentado una secuencia de cambios políticos que nos han traído desde una democracia débil a una peculiar dictadura controlada por mafias? ¿es a su profundización a lo que se refieren?

En términos de la relación gobierno-sociedad, ¿no hemos experimentado la transformación del clientelismo partidista, a un esquema de clientelismo-sumisión, con miedo como agravante, que rige la administración de las políticas sociales? ¿se refieren a la profundización de éste?

No es por dármelas de crítica-antipática, pero creo que hay muchas cosas de los cambios que estamos experimentando desde los 80’s, que parece que es más fácil ignorar que asimilar, incorporarlos al análisis y aprender de ellos, a ver si alguna vez comenzamos todos a reconstruir.

A falta de pan… ¡guerra!

Cuando tenía 3 años mi familia se mudó a Villa de Cura, en aquel momento, la puerta del llano, pueblo fundado por Juan de Bolívar y Martínez de Villegas -o Bolívar y Villegas para nosotros los villacuranos, y abuelo del Libertador para los libros de historia.

(#BTW cada vez que releo algo de la vida de Simón y su familia, -como hice ahora para recordar el nombre completo de su abuelo-, no puedo evitar preguntarme si alguno de los que está o ha estado en este des-gobierno, se ha leído o, al menos, tiene una vaga idea de quién era y de dónde venía Bolívar)

Llegamos a La Villa, porque mi padre quiso apoyar el emprendimiento de mi abuelo materno, Neptalí que decidió meterse en ese pueblo para trabajar una panadería -fíjense que digo “para trabajar una” y no “para trabajar en una”, porque se trataba de su emprendimiento.

Con  Neptalí estaba Machillo, -que hoy pudiera haber sido llamado “Neptalí Segundo” o “Junior”- mi tío serenatero y buena nota que, por su inmensa generosidad, tenía más ahijados que monedas en el bolsillo, que cantaba, guitarra en mano, como los dioses y que hacía las tortas y dulces más divinos de toda la región.

Les hablo de la Panadería Bolívar, ubicada en la calle Bolívar de Villa de Cura.

En Cagua, una rama cercana de la familia, tenía un similar emprendimiento, de la mano de Pepe, alias, Pepito un simpático gigante con cuya familia nos criamos como hermanos.

Y como las panaderías son emprendimientos familiares, mi mamá dejó su puesto de contadora en una petrolera, para irse a la Villa, y trabajar, entre otras, atendiendo el mostrador.

Hija, nieta y sobrina de panaderos y pasteleros, mis recuerdos de infancia y adolescencia están llenos de referencias de trabajo.

(A ver “revolucionarios”, repitan conmigo: T-R-A-B-A-J-O, ahora todo junto “TRABAJO”, con mayúsculas y no por gritado. Obviamente, ellos no conocen su significado, pero al menos, “por ahora”, sabrán como se deletrea).

Comprar y pagar los insumos para preparar el pan, -se que decir “comprar y pagar” parece redundante, pero algunas personas no entienden mucho que se “compra” invirtiendo dinero, pagando por lo que se obtiene-, contratar, formar y administrar personal, hacer inventario, preparar los insumos y equipos, -comprar y mantener estos últimos también-, limpiar, atender al público, hacer caja, llevar la contabilidad, pagar impuestos, comprar y cambiar bombillos, pintar paredes, pagar la luz y el agua, y hasta cargar sacos de harina, forman parte de las actividades que se realizan en una panadería.

Los dueños de una panadería, se levantan de madrugada para ir a prender el horno, lo que garantiza que esté a la temperatura adecuada para hornear el primer pan de la mañana. Mientras el horno se calienta, preparan los insumos para hacer la masa y comienza el proceso de producción.

La Panadería Bolívar abría a las 6 am, por lo que mi abuelo y mi tío, a veces con mi abuela, debían estar allá cerca de las 4 para poder calentar el horno y arrancar el trabajo. La panadería la abría mi papá a las 6 y la cerraba, con mi mamá, a las 10 de la noche.

La Panadería Bolívar

¡Así era la elaboración del pan en la Panadería Bolívar! En la foto, que seguramente tomó mi papá, mi abuelo es el que alza la tabla de pan. De espaldas, mi abuela y mi tío.

(Había panaderías en las que el horno debía ser pre-calentado en la noche, para lo que el emprendedor, salía de su casa, a esas horas, para prenderlo y apagarlo y así, además de evitar accidentes, garantizar que la temperatura que lograda al inicio de la mañana, fuera la adecuada).

Preparar la masa para hacer pan -y más en las cantidades en las que se produce en las panaderías-, no se reduce a mezclar harina con agua y ponerle un poco de levadura para que levante. Implica hacer la mezcla adecuada y de acuerdo a los tipos de pan que se quieren producir, amasar, dejar en reposo y dependiendo del tipo de pan, volver a amasar, cortar, amasar, cortar, moldear -incluyendo “simpático” el corte del pan en el lomo, colocarlo en las bandejas enharinadas, dejar reposar el tiempo suficiente y luego hornear, con el cuidado y la temperatura correcta, para que el pan esté listo, sin quemarse, secarse o quedar crudo por dentro. En algunos casos, el pan amasado y casi listo, se puede guardar un tiempo en una cava, a la temperatura adecuada para que mantenga la calidad y la frescura, pero en ese caso, hay que sacarlo de la cava con suficiente antelación, para que se “caliente”, antes de ser metido al horno.

Amasar es todo un arte, pero también es un trabajo duro y rudo. ¿Alguna vez has amasado a mano para hacer pan? Si no lo has hecho, y consigues harina, prúebalo, es una muy buena experiencia.

(Si consigues harina, dije, porque sin harina no hay pan. Esa es otra de las cosas que reiteradamente parece desconocer este gobierno).

La preparación de los dulces también es una tarea ardua y delicada. En ella hay mucho de arte y el proceso tiene tantas variantes como diversidad tenga la oferta de la panadería. En la Bolívar, los dulces eran riquísimos todos. Eso ya lo dije, ¿verdad?

Pero una panadería no está completa, sin unas mesas, un buen café y excelente trato de los que están detrás del mostrador. Así que el trabajo de todos, realmente importa.

Si preparas café o jugos, además del trabajo de preparación, tienes que lavar y mantener limpias las tasas, los platos y los vasos. Si calientas un cachito o preparas un sándwich, debes tener la plancha a la temperatura adecuada, el plato limpio y la servilleta lista para entregarlos al cliente. Hoy se usan platos de cartón y vasos plásticos, lo que reduce un poco el trabajo, pero no lo elimina.

En las panaderías siempre hay cestas para botar la basura y esas también deben mantenerse limpias y, preferiblemente, vaciarlas con mucha frecuencia.

En la Panadería Bolívar, también hubo helados que se servían en copa, gracias a una inversión hecha por mi papá en una gran máquina de hacer helado que estaba a la vista de todos, a la altura del mostrador.

El café, en la Panadería Bolívar era mundial, especialmente, los domingos en la tarde, cuando estaba jojota y me dejaron aprender a usar la greca, -bueno, lo de “mundial” es un modismo contemporáneo y algunos amigos de la familia que iban a pasar un rato por la panadería, decían que les gustaba que les preparara el café.

En la Bolívar creció, como trabajador Saúl . Saúl y Julieta, son una muy querida pareja que aprendieron cómo trabajar una panadería, y que posteriormente se bautizaron como emprendedores, en el otro extremo de la Avenida Bolívar, con la Panadería la Romana. Ellos, como mis abuelos, tíos y padres, saben el significado de la palabra “trabajo”. Ellos aprendieron lo que significa trabajar, con la experiencia y el ejemplo.

Muchos recuerdos afloran en mi mente -más inquieta y triste que de costumbre- desde que a este gobierno se le ocurrió inventar como excusa la “guerra del pan” para atacar a los emprendedores, dueños y trabajadores de las panaderías, con regulaciones absurdas y descabelladas amenazas.

Ahora tenemos a las milicias y a las personas que distribuyen los CLAP, haciendo de “inspectores” de las panaderías, para que el gobierno pueda cumplir con la arbitraria amenaza de “transferir a los CLAP” las panaderías que “no cumplan” con un “instructivo” elaborado por el gobierno, para regular su producción.

Cuando a uno lo agarra la hora del desayuno, o la del almuerzo, en la calle y no te dio tiempo de llevarte la comida en una lonchera, ni te da tiempo para otra cosa, no hay nada mejor que meterte en una panadería y comerte un cachito de jamón, o de su nueva versión que es de jamón y queso paisa.

Pero, ahora, tampoco podrás hacer eso, porque el gobierno, en su “infinita sabiduría”, decidió regular cuanta harina tendrán mensualmente las panaderías y en qué cosas se puede emplear. Eso en los casos en los que las panaderías sigan al pié de la letra la absurda regulación establecida en el “instructivo”, porque aquellas que, por alguna razón, no logren cumplirla, habrán dejado de ser panaderías y pasarán a ser locales desde los que los CLAP, con su “impecable preparación de maestros panaderos y comerciantes”, estarán aprovechándose de un nuevo negocio “ocupado temporalmente” por el gobierno y en consecuencia, condenado a la quiebra y el fracaso.

Obviamente, este gente no tiene idea de lo que es trabajar, ponerle empeño a algo, emprender, construir. Prefieren inventar fantasmas y excusas, robar, arruinar y destruir.

Esta nueva declaración de guerra gubernamental, es un ejemplo de cómo se maneja la dinámica de una sociedad sustentada en el control absoluto del Estado, en la anulación de todos los derechos de los ciudadanos y en las relaciones de poder basadas en la lógica y en el lenguaje de la guerra, tal como se establece en el llamado “Plan de la Patria”.

Hoy, frente a esta nueva acción gubernamental, podemos decir: así es como se ve y como se vive, lo que en el “Plan de la Patria” se denomina “unión cívico-militar” y “guerra popular prolongada”.

Cuando el caldo de cultivo es resentimiento y prepotencia, y la dinámica social invocada es la guerra, se consagra el miliciano como brazo ejecutor de la tiranía.

PS 1: ¡Gracias a mi hermana Marisol por la foto!

PS 2: o aclaratoria innecesaria para los resentidos de siempre -opositores incluidos-, mi familia vendió la Panadería Bolívar antes de que murieran mi papá, mis abuelos y mi tío, que murieron hace décadas.

El gen de la corrupción

Hace un par de días entré a un supermercado a comprar cacao. Aprovechado que lo conseguí -cosa que, como sabrán, no sucede con frecuencia- tomé una cestita, agarré plátanos, cambures, ajo, una botella de agua y busqué la caja para clientes con pocos productos, para pagar.

Como no era hora de mucha gente, ninguna caja estaba habilitada para clientes con pocos productos. Por cierto, me llamó la atención que tampoco había una habilitada para la atención de personas con necesidades especiales, de hecho, sólo había 3 cajeros, cada uno con una larga cola.

En todas las colas había una mezcla de personas con un carro lleno y personas con 2 o 3 productos, de clientes jóvenes y adultos mayores, de gente sola haciendo su recorrido y de parejas haciendo cola y buscando productos a la vez.

Vistas las semejanzas, escogí una. El último de la fila escogida, ahora el penúltimo -sólo por 3 minutos- era un señor, como de mi edad, con un carrito ocupado a un cuarto de capacidad. Minutos más tarde, apareció una señora con un par de productos, los agregó al carrito y se fue a continuar la compra. Ellos eran de los hacían mercado juntos: mientras ella colectaba productos con calma, él “adelantaba” haciendo la cola.

La cola ocupaba todo el pasillo a lo largo, casi no se movía, y cuando avanzó un poco, ya tenía varias personas atrás. La chica que me seguía, solo llevaba de compra, un par de bandejitas.

En esta oportunidad y a diferencia de otras, estas eran colas silenciosas. Casi nadie hablaba, incluyendo los que iban en grupo o en pareja.

Ya a dos personas de pagar, apareció un hombre alto, flaco y con un casco en brazos, se acercó a la mujer de la pareja que me precedía y le pidió bajito que lo dejara pagar primero porque él tenía un sólo producto.

Mi mente de ciudadana ilusa, se imaginó la negativa de la mujer, acompañada de la invitación al personaje del casco, a que consultara al resto de las personas que estábamos en la larga cola, -varios con muy pocos productos, como la chica de las dos bandejitas- si estábamos de acuerdo con dejarlo pasar. Sin embargo, ella le dio permiso para colearse. Para ninguno de los dos parecía importar ese detalle a la hora de decidir y ni hablar de su acompañante, que no se dio ni por enterado.

Como era de esperarse, protesté directamente dirigiéndome a los dos. El hombre del casco se volteó hacia la caja y se hizo el loco para no darse por aludido. La mujer sólo atinó a repetir que lo hacía porque él tenía un solo producto que pagar y no lograba incorporar en la ecuación para su permiso de coleo, que la cola era larga, que todos teníamos tiempo haciéndola y que en ella había personas con también con pocos productos que, dado su criterio, también deberían pasar primero que ella.

El hombre del casco, para sentirse apoyado en su solicitud, le contó, también bajito, a una supervisora del supermercado que iba pasando, que él se iba a pagar sin hacer cola, porque tenia una sola cosa que comprar. La supervisora escuchó y no dijo nada como si le hubiera hecho un comentario irrelevante sobre el clima.

Durante la argumentación de mi protesta, una Señora que estaba como cuatro  puestos detrás de la chica de las dos bandejitas, y que obviamente pensaba que lo sucedido sólo era mi problema, me sugirió que aprovechara la disposición de la pareja precedente y que también pagara primero.

Ante ese comentario, me detuve a observar la cola y pude apreciar que había gente a la que le daba lo mismo la coleada, gente a la que le molestaba pero prefería no decir nada y gente, como la señora, a la que le parecía que lo justo era que yo también me coleara.

Por cosas como estas es que tenemos el país como lo tenemos, fue la frase más repetida y a la vez más incomprendida que repetí en mi conversa-protesta en la cola. La chica de las dos bandejitas, me daba la razón y hacía comentarios de protesta también bajitos, bueno, realmente, sólo los conversaba conmigo.

La mujer artífice del permiso para colear,  que en su esfuerzo por no sentirse cuestionada, paseaba su vista por el supermercado, detuvo horrorizada la mirada, cuando vio algo que le llamó la atención y que le parecía oportuno para hacer un comentario crítico.

En ese momento, se volteó y me dijo, también en voz baja.

– Mira, el tipo del supermercado le está entregando, encaletado, azúcar a un Guardia Nacional.

Lo dijo con cara y con tono, de “eso” es lo que tiene el país así. Y agregó un par de frases más que reforzaban la idea.

Como la estantería obstaculizaba mi ángulo de visión, me asomé al final del pasillo y pude ver la triste escena: un hombre, ataviado con el uniforme del supermercado estaba agachado detrás de unos muebles sacando unos paquetes de azúcar y efectivamente, entregándoselos a otro hombre con uniforme de la Guardia Nacional.

En ese momento, pensé que si se tratara de una venta previa que el GNB había dejado guardada allí, mientras trabajaba, seguramente estaría guardada en bolsas del supermercado y las habría reclamado en la taquilla correspondiente, factura en mano, por lo que, la escena, tal cual como se desarrollaba, resultaba demasiado sospechosa.

Pensé también que lo lógico, antes de concluir que no se trataba de una compra previa guardada, sino de una entrega encaletada, habría sido preguntar y una vez puesto el abuso en evidencia, elevar una clara y diáfana protesta.

Mientras me lamentaba mentalmente por haberme quedado sin pila en el celular para tomar una foto de esa curiosa escena y ejerciendo mi lógica plena, me volteé hacia la mujer y le dije, en voz clara y entendible, hasta por los protagonistas de la escena azucarada:

– El que el señor del supermercado le dé azúcar encaletada a un Guardia Nacional, es en el fondo, exactamente lo mismo que Usted deje que ese señor del casco se colee y eso es lo que tiene al país, como como lo tenemos.

Ella se volteó a la caja y todos guardaron silencio.

Me volví a asomar para ver como iba la entrega, pero ya el GNB y el trabajador del supermercado, habían terminado su faena y hecho mutis.

Mientras caminaba del supermercado un par de cuadras, hasta el estacionamiento en el que había dejado el carro, pensando en lo sucedido, decidí que iba a escribir un post sobre ello.

Al día siguiente, cuando comencé a ordenar las ideas para hacerlo, me tropecé por twitter con una extraña noticia “a Wilmito le disparan mientras pasea con su familia por Margarita”.

En ese momento, ante una frase como esa, mi mente, acostumbrada a usar los diminutivos por cariño, asoció la frase a la imagen de una familia, de un niño -“Wilmito”-, probablemente con hermanitos y de manos de papá y mamá. Así que decidí hacer una pausa en la tarea autoimpuesta, e investigar.

“Wilmito” resultó no ser un inocente niñito, resultó ser un “pran” -de acuerdo a la nota de Runrunes, el primero que existió en Venezuela- que estaba en Margarita de “vacaciones” con su familia.

En cualquier país, -sin saber que ese señor ha estado detenido en varias cárceles (Vista Hermosa, Tocuyito y Tocorón) como se recoge en la nota que, al respecto, hace El Nacional-, la gente se podría preguntar con absoluta naturalidad: ¿cómo puede ser que una persona que está presa, aparezca en otro estado, en una isla, a la que, para llegar necesitas tomar un avión y por tanto, pasar por los controles de la seguridad del Estado, sin ser detectado y detenido? ¿cómo pudo suceder ésto?

Bueno, para algunas personas, la explicación también la recoge la reseña previa: en diciembre, “Wilmito” fue “beneficiario” de un “régimen de confianza”, otorgado por la Ministro Varela (*).

Me imagino que, tal como recoge la noticia en la reseña hecha por el Efecto Cocuyo -citando información del Correo del Caroní- el fundamento de la decisión, además de lo que dice el documento, estará asociado a las características de su “gestión”: “su pranato se ha caracterizado por mantener una “paz armada” dentro de la cárcel, así como una amplia red de extorsión en el comercio local. Eran conocidas sus recurrentes entradas y salidas del penal, su trabajo para humanizar el centro de reclusión con actividades de esparcimiento y recreación, y hasta por tener una columna de opinión en un diario nacional”. (**)

Sin embargo, me llamó poderosamente la atención de que ese “régimen de confianza” incluyera vacaciones en la isla, por lo que me fui a los artículos citados en el documento y encontré que, de acuerdo al artículo 161, “Wilmito” debió haber sido “ubicado” en “una unidad de producción o un área especial del recinto penitenciario” en el que se encontraba cumpliendo la condena, por lo que, a menos de que exista una “unidad de producción” en Playa Parguito, el “régimen de confianza”, no le permitía andar de paseo vacacional con su familia, tranquilamente.

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Pero además, imagino que el paseo por Playa Parguito, si no se considera una fuga, al menos debe contar como “falta disciplinaria”, por lo que, de acuerdo al artículo 164, en este momento, se considerará terminado ese “régimen de confianza”, en consecuencia, “Wilmito” habrá perdido los “privilegios” ganados y sólo conservará los que como “pran” antes tenía.

Y a esta altura, quizá algún lector se preguntará porqué echo estos dos cuentos en el mismo post. ¿Qué tienen en común lo sucedido con “Wilmito”, con la historia de la mujer que colea al señor del casco y que se queja de la entrega de azúcar encaletada que hace un trabajador del supermercado a un GNB?

Pues que los tres eventos están signados por “el gen de la corrupción”.

Notas:

(*) El documento en el que queda registrado este acto, lo puedes ver en la imagen publicada por la periodista @MachadoSabrina en este tuit

(**) Para los que quieran leer un par de notas que amplían la información sobre “Wilmito”, dejo noticias publicadas en el Correo del Caroní: Noticia 1 y Noticia 2

PS: Muy agradecida al amigo @cnietopalma que después de publicar, me pasó este enlace del portal Runrunes, con muchos más detalles del caso

La lluvia, como la tristeza, no cesa.

Como si fuera día de elecciones, me desperté este domingo de madrugada.

Aún no había salido el sol y el sonido de la lluvia, el de un torrente aguacero, me trasladó a mis días de infancia.

Sin salir de la cama, para variar, porque debo confesar mi adicción a la información, me puse a revisar el twitter y las noticias, mientras me preguntaba si estaban a buen resguardo los libros en la Feria de la Lectura de Altamira y pensaba, como de costumbre cuando llueve, en cómo estarían quiénes no tienen un buen techo para resguardarse o aquellos cuyo techo está ubicado en zonas con riesgo de derrumbe o inundación.

Amaneció y se develó un cielo del mismo gris nube-aguacero que tantas veces disfruté, en otro tiempo, pero a la misma hora, en Villa de Cura.

Sin embargo, a diferencia de aquellos días, la de hoy es una mañana triste.

Triste porque paseando por los 140 caracteres de mis panas, encontré el video que documenta la agresión a la Red de Observadores Electorales de Asamblea de Educación (@observa14a), el día de las elecciones. En él, reconozco el talante paciente y pacífico de mis colegas, especialmente el de José Domingo Mujica que, como se ve en el video, fue el que salió desde el principio a ver qué pasaba y trató de “negociar” paz en tan inaceptable incursión. Lástima que no se grabó el audio, porque las imágenes no dicen los mismo sin él. Al final, les dejo el video para que Ustedes lo vean.

Triste también, porque pensando en esa agresión, tan extraña y fuera de lugar el día de las elecciones, no podía sacar de mi mente las imágenes del Diputado Suplente del PSUV, arremetiendo a “coñazo” limpio y con furia desmedida a sus colegas opositores. Ese “carajito” como diría mi padre, es “docente”, preside el Sindicato Nacional de la Fuerza Unitaria Magisterial en el estado Aragua , (Sinafum), y es villacurano, -aunque a la luz de los hechos, creo que le sale más decir que es “villano”- para vergüenza de todos los que, aunque no oriundos, nos criamos o pasamos por ese pueblo, el del Santo Sepulcro y el abuelo de Bolívar.

Triste porque ese episodio fue la “respuesta” que la bancada oficialilsta pudo dar, ante el reclamo por un hecho que, por sí sólo, revestía una gravedad inconmensurable: la decisión reiterada del Diputado Presidente de la Asamblea Nacional, de volarse la institucionalidad para “silenciar” a buena parte del país, negando la intervención en el debate a los diputados opositores, en una clara y flagrante violación a nuestros derechos políticos.

Y finalmente, para no hacer la lista más larga, triste porque iniciando el Día Mundial por la Libertad de Prensa, fue asesinado un periodista, Johny González reportero del diario Líder, saliendo de su trabajo al terminar su guardia. Triste la pérdida, tristes las condiciones en la que se produjo, pero más triste e indignante la reacción de Nicolás con sus declaraciones poco serias y “paranoicas” a juro, vieja estrategia castrista por cierto, totalmente fuera de lugar en el país, en éste y todo momento y que produjo una oleada de indignación en mucha gente, recogida y reconocida, cuando #ECDTMNM se convirtió en TT en twitter anoche. Afortunadamente, frente a este hecho, hay muchas posiciones razonables, entre las que se encuentra la reacción de su gremio.

Termino de escribir y la lluvia, como la tristeza, no cesa.

El video