A falta de pan… ¡guerra!

Cuando tenía 3 años mi familia se mudó a Villa de Cura, en aquel momento, la puerta del llano, pueblo fundado por Juan de Bolívar y Martínez de Villegas -o Bolívar y Villegas para nosotros los villacuranos, y abuelo del Libertador para los libros de historia.

(#BTW cada vez que releo algo de la vida de Simón y su familia, -como hice ahora para recordar el nombre completo de su abuelo-, no puedo evitar preguntarme si alguno de los que está o ha estado en este des-gobierno, se ha leído o, al menos, tiene una vaga idea de quién era y de dónde venía Bolívar)

Llegamos a La Villa, porque mi padre quiso apoyar el emprendimiento de mi abuelo materno, Neptalí que decidió meterse en ese pueblo para trabajar una panadería -fíjense que digo “para trabajar una” y no “para trabajar en una”, porque se trataba de su emprendimiento.

Con  Neptalí estaba Machillo, -que hoy pudiera haber sido llamado “Neptalí Segundo” o “Junior”- mi tío serenatero y buena nota que, por su inmensa generosidad, tenía más ahijados que monedas en el bolsillo, que cantaba, guitarra en mano, como los dioses y que hacía las tortas y dulces más divinos de toda la región.

Les hablo de la Panadería Bolívar, ubicada en la calle Bolívar de Villa de Cura.

En Cagua, una rama cercana de la familia, tenía un similar emprendimiento, de la mano de Pepe, alias, Pepito un simpático gigante con cuya familia nos criamos como hermanos.

Y como las panaderías son emprendimientos familiares, mi mamá dejó su puesto de contadora en una petrolera, para irse a la Villa, y trabajar, entre otras, atendiendo el mostrador.

Hija, nieta y sobrina de panaderos y pasteleros, mis recuerdos de infancia y adolescencia están llenos de referencias de trabajo.

(A ver “revolucionarios”, repitan conmigo: T-R-A-B-A-J-O, ahora todo junto “TRABAJO”, con mayúsculas y no por gritado. Obviamente, ellos no conocen su significado, pero al menos, “por ahora”, sabrán como se deletrea).

Comprar y pagar los insumos para preparar el pan, -se que decir “comprar y pagar” parece redundante, pero algunas personas no entienden mucho que se “compra” invirtiendo dinero, pagando por lo que se obtiene-, contratar, formar y administrar personal, hacer inventario, preparar los insumos y equipos, -comprar y mantener estos últimos también-, limpiar, atender al público, hacer caja, llevar la contabilidad, pagar impuestos, comprar y cambiar bombillos, pintar paredes, pagar la luz y el agua, y hasta cargar sacos de harina, forman parte de las actividades que se realizan en una panadería.

Los dueños de una panadería, se levantan de madrugada para ir a prender el horno, lo que garantiza que esté a la temperatura adecuada para hornear el primer pan de la mañana. Mientras el horno se calienta, preparan los insumos para hacer la masa y comienza el proceso de producción.

La Panadería Bolívar abría a las 6 am, por lo que mi abuelo y mi tío, a veces con mi abuela, debían estar allá cerca de las 4 para poder calentar el horno y arrancar el trabajo. La panadería la abría mi papá a las 6 y la cerraba, con mi mamá, a las 10 de la noche.

La Panadería Bolívar

¡Así era la elaboración del pan en la Panadería Bolívar! En la foto, que seguramente tomó mi papá, mi abuelo es el que alza la tabla de pan. De espaldas, mi abuela y mi tío.

(Había panaderías en las que el horno debía ser pre-calentado en la noche, para lo que el emprendedor, salía de su casa, a esas horas, para prenderlo y apagarlo y así, además de evitar accidentes, garantizar que la temperatura que lograda al inicio de la mañana, fuera la adecuada).

Preparar la masa para hacer pan -y más en las cantidades en las que se produce en las panaderías-, no se reduce a mezclar harina con agua y ponerle un poco de levadura para que levante. Implica hacer la mezcla adecuada y de acuerdo a los tipos de pan que se quieren producir, amasar, dejar en reposo y dependiendo del tipo de pan, volver a amasar, cortar, amasar, cortar, moldear -incluyendo “simpático” el corte del pan en el lomo, colocarlo en las bandejas enharinadas, dejar reposar el tiempo suficiente y luego hornear, con el cuidado y la temperatura correcta, para que el pan esté listo, sin quemarse, secarse o quedar crudo por dentro. En algunos casos, el pan amasado y casi listo, se puede guardar un tiempo en una cava, a la temperatura adecuada para que mantenga la calidad y la frescura, pero en ese caso, hay que sacarlo de la cava con suficiente antelación, para que se “caliente”, antes de ser metido al horno.

Amasar es todo un arte, pero también es un trabajo duro y rudo. ¿Alguna vez has amasado a mano para hacer pan? Si no lo has hecho, y consigues harina, prúebalo, es una muy buena experiencia.

(Si consigues harina, dije, porque sin harina no hay pan. Esa es otra de las cosas que reiteradamente parece desconocer este gobierno).

La preparación de los dulces también es una tarea ardua y delicada. En ella hay mucho de arte y el proceso tiene tantas variantes como diversidad tenga la oferta de la panadería. En la Bolívar, los dulces eran riquísimos todos. Eso ya lo dije, ¿verdad?

Pero una panadería no está completa, sin unas mesas, un buen café y excelente trato de los que están detrás del mostrador. Así que el trabajo de todos, realmente importa.

Si preparas café o jugos, además del trabajo de preparación, tienes que lavar y mantener limpias las tasas, los platos y los vasos. Si calientas un cachito o preparas un sándwich, debes tener la plancha a la temperatura adecuada, el plato limpio y la servilleta lista para entregarlos al cliente. Hoy se usan platos de cartón y vasos plásticos, lo que reduce un poco el trabajo, pero no lo elimina.

En las panaderías siempre hay cestas para botar la basura y esas también deben mantenerse limpias y, preferiblemente, vaciarlas con mucha frecuencia.

En la Panadería Bolívar, también hubo helados que se servían en copa, gracias a una inversión hecha por mi papá en una gran máquina de hacer helado que estaba a la vista de todos, a la altura del mostrador.

El café, en la Panadería Bolívar era mundial, especialmente, los domingos en la tarde, cuando estaba jojota y me dejaron aprender a usar la greca, -bueno, lo de “mundial” es un modismo contemporáneo y algunos amigos de la familia que iban a pasar un rato por la panadería, decían que les gustaba que les preparara el café.

En la Bolívar creció, como trabajador Saúl . Saúl y Julieta, son una muy querida pareja que aprendieron cómo trabajar una panadería, y que posteriormente se bautizaron como emprendedores, en el otro extremo de la Avenida Bolívar, con la Panadería la Romana. Ellos, como mis abuelos, tíos y padres, saben el significado de la palabra “trabajo”. Ellos aprendieron lo que significa trabajar, con la experiencia y el ejemplo.

Muchos recuerdos afloran en mi mente -más inquieta y triste que de costumbre- desde que a este gobierno se le ocurrió inventar como excusa la “guerra del pan” para atacar a los emprendedores, dueños y trabajadores de las panaderías, con regulaciones absurdas y descabelladas amenazas.

Ahora tenemos a las milicias y a las personas que distribuyen los CLAP, haciendo de “inspectores” de las panaderías, para que el gobierno pueda cumplir con la arbitraria amenaza de “transferir a los CLAP” las panaderías que “no cumplan” con un “instructivo” elaborado por el gobierno, para regular su producción.

Cuando a uno lo agarra la hora del desayuno, o la del almuerzo, en la calle y no te dio tiempo de llevarte la comida en una lonchera, ni te da tiempo para otra cosa, no hay nada mejor que meterte en una panadería y comerte un cachito de jamón, o de su nueva versión que es de jamón y queso paisa.

Pero, ahora, tampoco podrás hacer eso, porque el gobierno, en su “infinita sabiduría”, decidió regular cuanta harina tendrán mensualmente las panaderías y en qué cosas se puede emplear. Eso en los casos en los que las panaderías sigan al pié de la letra la absurda regulación establecida en el “instructivo”, porque aquellas que, por alguna razón, no logren cumplirla, habrán dejado de ser panaderías y pasarán a ser locales desde los que los CLAP, con su “impecable preparación de maestros panaderos y comerciantes”, estarán aprovechándose de un nuevo negocio “ocupado temporalmente” por el gobierno y en consecuencia, condenado a la quiebra y el fracaso.

Obviamente, este gente no tiene idea de lo que es trabajar, ponerle empeño a algo, emprender, construir. Prefieren inventar fantasmas y excusas, robar, arruinar y destruir.

Esta nueva declaración de guerra gubernamental, es un ejemplo de cómo se maneja la dinámica de una sociedad sustentada en el control absoluto del Estado, en la anulación de todos los derechos de los ciudadanos y en las relaciones de poder basadas en la lógica y en el lenguaje de la guerra, tal como se establece en el llamado “Plan de la Patria”.

Hoy, frente a esta nueva acción gubernamental, podemos decir: así es como se ve y como se vive, lo que en el “Plan de la Patria” se denomina “unión cívico-militar” y “guerra popular prolongada”.

Cuando el caldo de cultivo es resentimiento y prepotencia, y la dinámica social invocada es la guerra, se consagra el miliciano como brazo ejecutor de la tiranía.

PS 1: ¡Gracias a mi hermana Marisol por la foto!

PS 2: o aclaratoria innecesaria para los resentidos de siempre -opositores incluidos-, mi familia vendió la Panadería Bolívar antes de que murieran mi papá, mis abuelos y mi tío, que murieron hace décadas.

Patrimonio intangible: Entre Villa de Cura y San Francisco

Nada como despertarse un domingo y dirigir la atención -sin anestesia, ni desayuno- a twitter y de allí, al país.

Un elefante y para colmo enfermo, es la imagen recurrente con la que @Leonardo_Padron, en su crónica -magnífica como siempre pero irremediablemente triste- nos entrelaza relatos que deben sonarnos a todos cotidianos. Entre ellos, llama mi atención la despedida de alguien que deja el país por falta de oportunidad.

Una hora más tarde, me descubro con los ojos pegados al texto del Proyecto de Ley Orgánica de Cultura que, amablemente, compartió @giselakozak en su cuenta de twitter esta mañana. Después de una primera lectura y sin ánimos de análisis, mi vista se pasea entre los artículos 3, 4 y 42.

Entre ellos se lee que “la cultura venezolana es multiétnica, pluricultural, diversa, intercultural, dinámica”, (art. 3) que por ello, el Estado y los particulares tenemos el deber de fomentar el diálogo intercultural para lo que “todas las culturas populares constitutivas de la venezolanidad serán especialmente protegidas y promovidas, reconociéndose y respetándose bajo el principio de igualdad de las culturas”, (art. 4) y si alguien osara dañar “Patrimonio Cultural tangible e intangible de la nación” será sancionado moralmente (art. 42)

Mientras hacía ese recorrido recurrentemente, varias imágenes vinieron a mi memoria:

La casa de Inocencio Utrera, una especie de sabio que vivía frente a la Panadería Bolívar en Villa de Cura.  Recuerdo que era una persona tranquila y pausada y que su casa parecía un oscuro e inquietante laberinto lleno de cosas, entre las que resaltaban libros por todas partes y unas viejas máquinas de escribir. Más allá de su casa, Inocencio era un personaje respetado y admirado por la comunidad de la Villa.

A unas cuadras de allí, también en el mundo de las palabras, quedaba la oscura Librería Principal. El librero, el Sr Echeverría, un vasco -conocido como el comunista- era un hombre muy simpático con una conversa muy interesante.

Los domingos, después de misa, se citaban en una mesa de la Panadería Bolívar, los tres curas del pueblo, el Padre Marcos, el Padre Felipe y el Padre Salvador, este último el artífice de los Niños Cantores de Villa de Cura, los tres promotores de la escuela artesanal y de un par de excelentes escuelas en la Villa -una ellas tenía un internado en el que becaban a jóvenes que no tenían recursos para que pudieran estudiar. La retórica usada en sus sermones y algunas conversas en la panadería, tuvieron como consecuencia que me declarara “atea” a los 9 años. A pesar de ello, siempre contaron con mi respeto y admiración por su trabajo.

En esa misma panadería, otras tardes, recuerdo prepararle el café a los amigos de la familia que pasaban de visita, mientras Saúl, un villacurano que comenzó como ayudante de panadero y terminó comprando la panadería, colocaba los dulces en la nevera. Preparar café, poner la cantidad de café adecuada, compactada dependiendo del tipo de café; calentar la leche y sacarle espuma sin el exceso de vapor que la pusiera “aguada”; aprender la combinación y el gusto de cada cliente-amigo; era un arte que se me daba bien, al decir, entre otros, del Sr Silva -un simpático amigo portugués, dueño de una ferretería, de ojos verde claros y conversa inteligente.

Nadia, una amiga de la familia, creo que libanesa, pasaba de vez en cuando por la casa con su maleta repleta de “trapos” para la venta. Si querías comprar muebles, ibas a la mueblería del Sr Jorge, que era Sirio o Libanés, pero si de hacer mercado se trataba, lo que salía era ir al supermercado chino.

El Señor Marcos, esta vez no el cura sino el del transporte que nos llevaba a la escuela, tenía 23 hijos de su propia cosecha y de la misma madre. En su autobús, con Waleska Hernández y su pequeña hermana Sarahy, aprendí a tocar cuatro y a cantar hermosas tonadas; también aprendí muchas canciones -tonadas, pasajes, joropos y valses- en clases y fuera de ellas con las “Señoritas” Tibisay y Gisela, las maestras de quinto y sexto grado de mi escuela primaria. Gracias a ellas, por cierto, salíamos de parranda en navidad -tocando y cantando- en la parte de atrás de un camión por toda la Villa -que peligro-. Mientras en casa, al compás del Laud de mi padre, aprendí a tocar guitarra y timple, a cantar isas, folías, malagueñas canarias, así como a apreciar la música clásica y hasta la pop del momento, pegada del tocadiscos de casa, con la colección de discos de mis padres. A cantar serenatas aprendí con mi Tío Neptalí, un tremendo serenatero de gran corazón y piel aceitunada, con una aterciopelada voz y una buena guitarra. Unos años más tarde, de la mano del maestro Bino Ruta, aprendí a tocar piano y conocí a maravillosos acordeonistas italianos como Salvador y María Pía Vona.

Con una mezcla de tiempos, a lo largo de mi infancia, esas y otras muy parecidas, eran las imágenes de mi pueblo, la Villa de Cura en la que crecí. En ella, a un lado de la Iglesia, hay o había un busto de Bolívar y Villegas, el abuelo del Libertador; muy cerca por cierto, de la casa del Santo Sepulcro donde se dice que se vio alguna vez a Zamora y del lado opuesto de la iglesia al que se encuentra la gruta donde se dice que la Virgen de Lourdes apareció una vez y por la que miles de peregrinos, todos los años, se dan cita en el pueblo.

Alternando con esas imágenes, recuerdo un par de opuestos ríos de gente cruzándose diagonalmente en una esquina al cambiar el semáforo.

Una imagen imponente que nos dejó congelados contemplándolos.

Desde el primer peldaño de la escalera del autobús que nos llevó del aeropuerto al hotel, tenía la impresión de estar en la India, en China, en Ecuador o Bolivia, en algún país europeo, en Japón, todo mezclado e intermitente.

Así fue mi llegada a San Francisco. No de Asís que quedaba a pocos kilómetros del Villa de Cura, sino a San Francisco en Estados Unidos.

Los pocos días que estuve allí, los dediqué a las reuniones y actividades del curso por el que llegué a aquellas tierras y a recorrer la ciudad a pié que es como mejor se conocen los lugares y su gente. En mis paseos por San Francisco, tenía la misma sensación que cuando vivía en Villa de Cura, pero obviamente magnificada por las dimensiones de la ciudad, por el tipo de actividades y su nivel de desarrollo y también porque la gama de su diversidad cultural era mucho más amplia. Se que suena loco o extraño, en el mejor de los casos, pero es cuestión de esencias.

(Aquí va mi confesión en este post: desde que comencé a escribir me he reído mucho imaginando la cara de algunos lectores, ante mi osadía de comparar a San Francisco con Villa de Cura, aunque no menos de lo que me he reído de mi osadía)

De hecho, pensándolo bien, esa es una de las razones por las que San Francisco me atrae como ciudad, porque, en esencia tiene el mismo atributo que Villa de Cura, es un lugar de encuentro, un espacio de mezcla, intercambio, coexistencia y convivencia, que no es precisamente lo mismo.

Si tuviera que identificar lo que para mi define la venezolanidad diría, sin duda alguna y a los ojos de mi experiencia en Villa de Cura, que la diversidad cultural es una de sus cualidades fundamentales, pero no sólo con el tamiz de los ojos “ancestrales” con el que se ha pretendido acotar en estos últimos años, sino con la riqueza de la construcción y reconstrucción permanente que le han imprimido tanto las oleadas de emigrantes que nos hemos dado cita en estas tierras, como la reconocida “hospitalidad” y “calidez” del venezolano, originario -o emigrante de varias generaciones y con varias combinaciones y mezclas- Esa, que se ha bombardeado a mansalva últimamente, es parte de mi “patrimonio cultural intangible” más preciado.

Pero me refiero a la diversidad en acción, en intercambio, en convivencia, no simplemente en coexistencia que, amable u hostil, no implica ni el reconocimiento y aceptación que la preceden, ni la integración que se requiere para que podamos hablar de una diversidad efectiva.

Esa cualidad existe, a pesar de que está resquebrajada por la evolución de nuestra dinámica socio-política teniendo como consecuencia que, en lugar de ampliarse el espacio de intercambio y encuentro, se profundicen el desconocimiento y el desencuentro.

Esa es una cualidad que se puede identificar como emergente del sistema porque es el producto de la interacción de las diversas culturas que lo conforman y que forma parte importante de la venezolanidad, por lo que debe ser reconocida e integrada en lo que asumamos como “nuestro patrimonio” -con el perdón de las precisiones técnicas y de la UNESCO- o, si lo ponemos en términos de identidad, como nuestra “conciencia histórica” (*).

Esa, que como dije antes, considero parte de mi “patrimonio cultural intangible” más preciado, es la más hermosa imagen que podemos reconocer cuando, como habitantes de esta nación, nos miramos al espejo.

(*) Asumiendo la precisión propuesta por Gisela Kozak @giselakozak y recogida por Michelle Roche @michiroche en su Álbum de Familia, me refiero a la definición de Manuel Caballero.